Jurisconsulto, intelectual. Sus padres: don Adolfo Ubidia y doña M. Rosario Barahona. Estudios primarios en Otavalo, secundarios en el Seminario S Diegode Ibarra, y superiores en la Universidad Central del Ecuador. Abogado y magnífíco orador. Consta en su currículo que se graduó de Abogado con el aplauso del Tribunal y de los concurrentes.

Fue Presidente del Concejo Municipal y concejal por varias ocasiones. Presidente del Club Progreso, del Club 24 de Mayo, Miembro de la Liga de Cultural José Vasconcelos.

Hombre inteligente y de ideas avanzadas, ayudó a los jóvenes intelectuales de la época en sus afanes culturales, convirtiéndose en verdadero suscitador de la cultura otavaleña. Su casa solariega sirvió de hospedaje generoso de personas de prestancia que visitaban Otavalo. Fue un verdadero caballero.

En los últimos días de su existencia, viejo y pobre, el Club Otavalole entregó a medalla en el teatro Bolívar, en ceremonia especial. El Dr. Ubidia, en gesto egregio, después de agradecer de corazón, se negó a recibirla, aduciendo que nada había hecho por su tierra la que tanto quería. Murió el 6 de abril de 1965.

José Ignacio Narváez se refiere a este personaje en los siguientes términos:

“Aurelio Ubidia. Espíritu joven,con esa juvenilidad de los mejores años de una vida, pudo haberse ubicado en otros lares y conquistarse un alto sitial prevalido de los atributos que adornan su personalidad; pero prefirió quedarse en su casona solariega, junto a Otavalo, su muy querida tierra, para servirla con cariño y sacrificios.

Otavalo debe mucho de su progreso a esta voluntad enérgica, emprendedora de Aurelio Ubidia, porque siempre fue obsesión en él, que la ciudad pequeñita se convirtiera en una joya que resplandeciera a los ojos de propios y extraños; de ahí que, desde la curul municipal, cuando en sus manos estuvieron los negocios de la comuna, con transparencia cívica laudable, los llevó por cauces de acierto y de decencia.

Como orador, su fogosidad de conceptos y su dicción elegante, le han dado más de un triunfo resonante en asambleas públicas. Fue de los primeros en ocuparse en la Universidad Central de la cuestión social, cuando en el Ecuador el solo hecho de ser radical era un descrédito.

Como poeta su obra es rica, armoniosa, sentida. Hay algo de paradoja en su emoción lírica, que pone en sus estrofas una dubitación de fatalidad. En “El dolor de pensar y sentir” expresa:

“Angustiado dolor de anhelar infinito, que oprime a la existencia de este afán de vivir es el dolor eterno, dolor triste y maldito, dolor incomprendido de pensar y sentir”.

O deplora en La vida es así:

Y la vida es así, eterna cadena de anhelos y engaños, y va fluyendo el agua de la pena del mismo surtidor… los desengaños!

Implorante, a veces, como en el bellísimo soneto Ecce Homo, deja que el dolor torture su existencia.


Fuente: Jaramillo Cisneros, Hernán (Compilador). “Por las calles de Otavalo. -De arriba abajo-” Revista Sarance -Serie Monografías- No. 1. Instituto Otavaleño de Antropología y Universidad de Otavalo, 2006. Web. 31 de octubre de 2016.