Autor: Juan Freile Granizo

Ya van a ser diez años,
cuando en estas mismas circunstancias alegrísimas,
charlando de Otavalo,
conversando de Bolívar,
decía,
en homenaje humilde y compañero,
que se acepte mi voz,
sencillamente.
Como aquella de un otavaleño de corazón
venido en adopción desde Riobamba: ahora,
después de una larga espera de cuatro años,
en diáspora de sueños y actividades,
y perdón si mi charla es eso
puedo decirles nada más que
he regresado con ansias infinitas de laguna,
con hambre de la luz del Empedrado,
con sed del lmbabura;
Taita amado,
he vuelto,
y es como estar acariciado por la pura cobija para todos los Sarance…
Retorno a la blancura ciudadana
de San Luis, del Jordán, de Monserrate, al agua campesina de San Pablo,
al árbol tutelar, a mis espaldas, de Rey­ Loma.
He vuelto, he regresado, he retornado
al capulí y al saúco,
a la cabuya,
a los cuyes de Quinchinche,
a las carnes coloradas,
al tostado,
al yamor
y al amor por Presencia
de Jonás huido por ahora del vientre de la ballena. He caminado,
sorteando las sutiles inmensidades del Mojanda,
escapando
-con la pálida emoción de la aventura­
de un asalto fatal de los Remache
y sus fantasmas,
por el filo del páramo,
por las lanzas de oro de los pajonales, esquivando chuquiraguas,
desde mi exilio hasta Otavalo:
y he llegado.
Entonces cómo no conversar con las memorias
amables de este pueblo,
con las emociones de esta gente
y un himno pendonero,
o bailar en los Sanjuanes,
y embriagarme de churos y bocinas corriendo por las lomas de danzantes.


He venido,
con la grata bufanda de los sueños
y un poncho de recuerdos
y una trenza transida de trigales,
con las alpargatas peregrinas
y un pantalón blanco hecho de espuna, y un sombrero de paño como antes.


Me he llenado de fajas ancestrales para adornar a mis palabras
con grullas y pumas y llamingos, he escrito mis decires
con gráciles tapices
con anacos
con lligllas,
con shigras
y con guangos. con camisas,
En el ámbito dulce de estos cielos ha contemplado,
después de mi venida, cuando ya había llegado, a
Quinchucajas. Peguche,
San Rafael,
San Roque,
los pueblos y los ayllus,
los caciques
de cuando lo aborigen era reino
y Otavalo era extenso:
de Guayllabamba y sus algodonales
al Guáitara agresivo, profundo, agreste.


Y pese a que no hay Puentes,
y que los Angos ya se han muerto, rememoro:
Urcuquí,
Gualapuro,
Cachumued,
lmbaquí,
Maldonado, Caguasquí, Cotacachi,
Tocagán, Abatag,
Pangabuela,
Atuntaqui,
San Antonio,
Gualchiquichín,
Valenzuela,
Corona Real,
Cayambe,
Taguacundo,
Chalarpuento,
Carpuela,
Malchinguí,
Cochasquí,
Tocachi.
Tantas cosas que vienen, tantas cosas que desaparecen, tantas otras que se van,
las que se han ido,
las que vendrán.
Y he regresado.
En el tótem de tierra primitivo
llamado Puntachil,
rescatado en su larga distancia de mil años
he visto y escuchado,
he sentido, he palpado,
he acariciado
pasillos, yaravíes,
esculturas.
Zapatos, trajes, joyas,
ladrillos,
adobes y pinturas,
ollas, pailas,
fachalinas.
Que grato es conversar con tanto amigo, que entiende y que comprende
y me disculpan
-en cambio yo cuánto os agradezco­
si lo que digo
ha sido solamente
un deshilachado rememorar,
un absurdo sentir,
una canción, un grito,
y no un discurso de orden
que hable de Bolivar
o de esta casa,
de héroes ya muertos
y de otros cadáveres amables,
callemos,
no puede el corazón morder recuerdos tan perpetuamente.
Perdónenme
si he hablado solamente de como siento a Otavalo.

Otavalo, 29 de octubre de 1987
Juan Freile Granizo


Fuente: Freile Granizo, Juan. “Como siento a Otavalo” Sarance, Instituto Otavaleño de Antropología, Año 12, No. 12, 1988.