En el centro de la Plaza de Ponchos, en Otavalo, se despliega el mercado de artesanías más grande del país. En medio de coloridos textiles, el viajero puede encontrar calabazas decoradas, pinturas de estilo naif, pero también una producción textil que viene de siglos, como las fajas de elaboradas figuras geométricas. 

FOTO © El Telégrafo

Esto se debe a que la tradición artesanal de Imbabura —como bien señala el antropólogo Marcelo Naranjo— no es un hecho reciente, sino que data de la época prehispánica. Precisamente, al darse cuenta las autoridades coloniales de la gran producción de tejidos, en calidad y volumen, instituyeron los obrajes. Estos mecanismos coloniales también eran centros de explotación de los indígenas, con el apoyo de sus propios caciques.

Así, para el caso de Peguche, los operarios entraban a trabajar a las 4 de la mañana, salían a las 6 de la tarde y debían caminar 6 leguas hasta sus casas, por lo que algunos preferían “despeñarse por los caminos para no ir a los obrajes”.

Por eso, la atención que se ha prestado al sector textil colonial se debe, en gran parte, a la importancia que adquirió este en el conjunto de la economía colonial de la Real Audiencia de Quito entre 1560 y finales del siglo XVII, tiempo en el cual se constituyó como el sector económico dominante de la Audiencia, hasta su desplazamiento, un siglo más tarde, por la producción y explotación cacaotera, dice Manuel Miño Grijalva, en la Nueva Historia del Ecuador. Mas, como refiere el estudio, la baja producción obrajera se ha explicado por la “fatuidad” de nobles y plebeyos de consumir tejidos importados o por la competencia que representaron, en el siglo XVIII, los textiles franceses e ingleses de menor precio y mejor calidad.

Estar en el centro de este orbe fue clave para Hernán Jaramillo Cisneros, nacido en 1939 en el barrio El Batán, que evoca a los obrajes, y transversal con la calle Modesto Jaramillo, uno más de sus parientes que se remontan a la fundación de Otavalo, aunque él mira la genealogía como mera curiosidad. Este hombre de sonrisa amable eligió 2 caminos: el primero, prepararse en los mejores centros textiles y por eso, merced a una beca, llegó al Centro Nacional de Tecnología Industrial y Química para quedarse durante 4 años en Río de Janeiro, aquella ciudad que cuenta con el Cristo del Corcovado, la mayor estatua de art decó del mundo, y la pujanza de su industria.

Allí, en la antigua capital de Brasil, no solamente se graduaría como ingeniero textil sino que asistiría al resurgir de una nación, con proyectos emblemáticos como la ciudad de Brasilia, ideada por el maestro Oscar Niemeyer, o la dinámica de un país que, con el tiempo, sería una de las economías más potentes del mundo.

Sin embargo, como bien señala Alvin Toffler, Jaramillo sufrió el shock del futuro, pero al revés: su país, su Otavalo, no estaba preparado —en infraestructura ni en ideas— para lo que este joven inquieto podía ofrecer. Después de laborar algunos años en Quito, en empresas textiles, este lector del portentoso Joaquim Machado de Assis, creador del realismo brasileño, regresó con sus bártulos a la patria chica.

Lo segundo. Se reencontró con jóvenes que seguían los postulados de José Vasconcelos y habían leído Hombres de maíz y Leyendas de Guatemala, de Miguel Ángel Asturias. Estaban listos. Fundaron el Instituto Otavaleño de Antropología (IOA), un pilar para entender —desde las ciencias sociales y no desde la invención o el empirismo— la historia de estas comarcas que tenían al Taita Imbabura como su deidad principal y, antes de la llegada de los incas y los otros conquistadores españoles, comerciaban entre hermanos en los diversos pisos ecológicos. Allí publicaron, y lo siguen haciendo, libros fundamentales para entender quiénes somos, de dónde venimos.

Jaramillo, vinculado a antiguas urdiembres, se decantó por realizar una investigación ardua para la colección Pendoneros, tomos 48 y 49, y después Curiñán(Camino de oro): Motivos decorativos tradicionales en los tejidos de Imbabura, que lo llevó durante 6 años a recorrer la provincia. 

Supo que los tejedores de fajas o chumbi (en quichua) comienzan su aprendizaje con la confección de “cintas”, que usan las mujeres indígenas para envolver su cabello como si estuviera trenzado.

Las fajas son indispensables en la indumentaria nativa y se las lleva envueltas en la cintura sobre otra más ancha llamada mama chumbi, para sostener el anaco, tela rectangular que se usa a manera de falda. Investigó la técnica de teñido ancestral ikat, encontró figuras geométricas pero también de venados y conejos y descubrió que el poncho era una vestimenta del español del siglo XVI. Después, trabajó en Guatemala para el Organización Internacional del Trabajo (OIT), en el tema artesanal, donde contempló al águila bicéfala.

Este amante de las venus de Valdivia, además de ser concejal en su tierra, fue clave —como presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, núcleo de Imbabura— en la construcción del complejo Pilanquí, entregado a los ibarreños.

Sin embargo, como buen otavaleño nunca se fue de sus querencias y escribió Otavalo: pequeñas historias, en el que aún polemiza con la élite indígena, alguna que aún sigue las estrategias de etnicidad al confundir akatu, que según ellos significaría “donde se sublimiza el espíritu”, cuando en verdad Agatose refiere a San Agatón, nacido en 577 en Palermo, Italia, y que, por más señas, en dicha iglesia de la comunidad indígena se mantiene dicho santo.

Como sea, Hernán Jaramillo Cisneros, que ahora lee con fruición en torno al Corregimiento de Otavalo, es parte sustancial de los personajes amantes del terruño. Y más allá, es un americanista, esa cofradía dispersa en el mundo que, como si se tratara del scriptorium en “El nombre de la rosa#, de Umberto Eco, desentraña nuestro pasado, para colocarnos un espejo y mostrarnos quienes somos.


Fuente: Morales, Juan Carlos. “Hernán Jaramillo, un artesano tejedor de textiles geométricos”. Diario El Telégrafo14 de mayo de 2016. Web. 27 de julio de 2016.