Con los pantalones remendados con parches de colores, como un payasito, José Bastidas en su niñez iba a recoger los premios de dibujo que ganaba representando a la escuela 10 de agosto, de Otavalo. Tenía 7 años, y desde ese momento ya sabía qué quería hacer el resto de su vida. Pero no fue fácil. Nació en un hogar en donde faltaba el dinero. Su madre tuvo que hacer las funciones del ausente padre, que murió meses después del nacimiento de José. Así fue cómo los cuatro hermanos conocieron lo que es estudiar con hambre. En su infancia, el artista tuvo días que no comía, y otros que comía poco. 

Años después, el mayor anhelo de Bastidas era entrar al colegio Daniel Reyes, en Ibarra, pero su pobreza se lo impedía. Por suerte, la mano solidaria del profesor Bolívar Cerón le ayudó con la inscripción. Ya en el colegio, Bastidas tuvo la necesidad de trabajar para costear los gastos necesarios. Fue así que compró un cajón para lustrar zapatos. Con las pinturas y los betunes solía manchar las hojas, hacer experimentos, explorar, inventarse una estética personal, tal como lo había hecho con las anilinas que su tío compraba.

Pasaron los años y cuando cumplió 14 ya había sido aceptado con dos obras en el salón Mariano Aguilera. En 1979, con algunos compañeros formó el grupo Innovación siglo XXI, y participó en el último salón del Banco Central con un mural de 8 metros. Así partió, desde entonces cada triunfo lo ha tomado con humildad.

Ha expuesto en varios países del mundo, tan lejanos como Egipto, tan ajenos como Suiza, tan anhelados como Estados Unidos. Siempre ha tenido algo en cuenta: ayudar a los niños que menos tienen.

José Bastidas, nacido en Otavalo en 1960, dona lo que recauda con su trabajo pictórico. Ayuda a los niños de bajos recursos. Pero nunca da dinero en efectivo, sino que compra ropa o útiles escolares, incluso ha comprado computadoras para los niños de Imbabura. En Bolivia ayudó a operar a los papás de varios niños indígenas a quienes el gobierno no les tomaba en cuenta; en México se preocupó de los hijos de varios presos; en Egipto dio talleres de pintura y subastó las obras para caridad. En Ecuador, ha apadrinado a algunos canillitas para enseñarles a pintar y para que no dejen los estudios.

Les dice que no deben robar, que no deben coger lo que no es suyo, que si quieren algo deben pedir y trabajar por ello. Les dice lo mismo que su madre de 90 años le ha repetido toda la vida. Hay que andar por el camino del bien. Ahora Bastidas le agradece a su madre por esas enseñanzas, por lo dura que fue, y por la convicción de saber cuál era el camino correcto.

Y el camino de este artista ha sido ayudar con su trabajo a los que no tienen. Para hacerlo, ha necesitado adaptar sus horarios. Es profesor de colegio en la mañana; de universidad, en la tarde; y solo cuando llega la noche, a eso de las 22:00 hasta las 03:00 se dedica a materializar sus anhelos en sus pinturas.

Han sido 30 años de docencia y 32 de pintura. Cree que ya es tiempo de dedicarse con más ahínco al arte para seguir ayudando, para no parecer un ingrato, para recordar a quienes lo ayudaron cuando iba con los pantalones remendados como payasito, pero bien limpiecito, tal como le enseñó su madre.


Fuente: Revista FAMILIA. “Bastidas, el pintor de utopías” Revista FAMILIA, 2010. Web. Acceso 25 de Junio, 2011.