La música de Arturo Mena es reencuentro con épocas tempranas, con épocas ya desaparecidas, y, sin embargo, latentes en nuestra sangre mestiza. Es serenata de amor al monte, al lago, a las suaves hondonadas y a los riscos parameros. Es viaje imaginario a la estética de la naturaleza que Dios nos legó. Es comunión permanente con el viento, el susurro del agua y el crecer de la hierba.

Cuando brotan los sonidos musicales de su flauta cósmica nos esposamos más a la tierra, a sus secretos y a sus misterios. Y de allí extraemos el anhelo de vivir, de gozar, de luchar por lo que nos pertenece. De recuperar el tiempo perdido para hacer de Otavalo el añorado “pueblo testimonio”, que sepulte ese ‘mercado de pulgas’ que es ahora.

Tejiendo y destejiendo tristezas

Arturo Mena en confesión apasionada y aprisionada, dice:la flauta es dulce, tierna, a veces triste; es como una mujer, porque para interpretarla requiere de la leve caricia y del débil soplo que semeja un susurro.

El maestro Arturo Mena fue gran intérprete de la flauta y del rondador. Músico -para estar de acuerdo con el lenguaje actual- intercultural. Él, mestizo, la flauta india y en su interior todas las sangres que manan por sus venas. Nació, en 1912. Su padre Rafael Toapanta. Su madre Rosita Mena, panadera, amasando ternuras y desvelos. Estudió en la Diez de Agosto, dirigida con talento e innovación por Fernando Chaves Reyes. Por pedido de su madre se hizo sastre. Se inició con Manuel Andrade Almendáriz. Fue a Quito a estudiar Corte y Confección. Allí, luego de un periplo en destacadas sastrerías, especialmente de otavaleños, montó la suya, en un sitio que adquirió renombre en coterráneos y artistas, en la García Moreno y Olmedo, lindante con la sala de baile del conocido Patio Andaluz. Y paralela a esta línea artesanal -prestigiosa y que prestigiaba- se reencontró con su vocación cultivada desde niño, la música. Itinerario cultural relevante, que le llevó al reconocimiento nacional e internacional. Murió en Quito, el 200l. Dejando una familia de concertistas brillantes, que hoy -en su mayoría- viven en Europa. Y otros son egresados del conservatorio. Con su esposa Floria Flores vivieron, en medio de hijos, nietos, música y amor. Oteando lunas y luciérnagas, desde ese hermoso balcón capitalino de San Juan.

Verónica Falconí Gallo, en su opúsculo Plazuela de Quito soy, dice: “en la casa más alta de la loma de San Juan fue a vivir un músico otavaleño que, asomado a la ventana, tocaba yaravíes con su rondador y contagiaba de tristeza a la gente que le escuchaba”.

Los Corazas en vivo

La construcción del ferrocarril de !barra a Quito, fue un acontecimiento, no solo económico y tecnológico, sino cultural. Los intelectuales de Ibarra, Otavalo, Cotacachi, a través de publicaciones levantaron la autoestima de los imbabureños para alentar su construcción. Empresa humana que movilizó a cinco mil mingueros hasta Pinsaquí y -en posta- otros cinco mil hasta Cayambe.

Y la llegada del ferrocarril a Otavalo fue otro suceso. Arribó el Presidente Isidro Ayora y la modernidad a la Sierra Norte, un 31 de Octubre de 1928. La escuela Diez de Agosto, protagónica en estos eventos, deslumbró. El profesor de música y dibujo, el prestigioso y cordial Guillermo Garzón Ubidia, formó una estudiantina, con sus alumnos destacados: Gonzalo Benítez, Gonzalo y Humberto Paredes, Humberto Chaves, el tenor Segundo Rodríguez, y -el bautizo musical- Arturo Mena. Tuna que ilusionó al Presidente Ayora.

Por pedido de Luis Aníbal Granja y de Marco Tulio Hidrova, en 1958, se integró al grupo de Los Corazas, que pronto cobraría popularidad. Destacan Arturo Aguirre, Segundo Guaña, Bolívar, el pollo, Ortiz y brilló Arturo Mena.

A la muerte del talentoso músico cotacacheño Marco Tulio Hidrovo, Arturo asumió la dirección de Los Corazas y reapareció con sus hijos. En 1968 debutan en la Fiesta del Y amor, desde allí las ovaciones se multiplicaron.

El empresario colombiano Hernando Monroy llegó al país en 1964 y le conminó a Arturo ser parte del Ballet Folklórico Grancolombiano que iba de gira a Europa por tres años. Con fervor, pero también con melancolía1 aceptó. Luego se unieron: Arturo Aguirre con su rondador y el Trío Los Imbayas que radicaban ya en España. Cincuenta y cuatro artistas recorrieron trece países del viejo continente y en numerosas melodías Arturo actuó de solista con su exquisito arte. Retornó de esta aventura a los dos años.

La anécdota desde la alegría

El quincenario Síntesis cubría deudas que generaba su publicación con veladas de teatro música y danza en el Bolívar de Otavalo. Por 19621 se presentó Arturo Mena en concierto. Concluído el acto entre otros Vicente Larrea, Efrén Andrade, Edwin Rivadeneira, Jaime Cisneros, Galo Guevara, Jorge Cifuentes fuimos a una sobremesa artística donde la gordita Pinto a celebrar el éxito de la velada. Allí Arturo propuso dar una serenata a la tierra1 pero desde el parque de los ponchos -aún no existía el artesanal-. A las cuatro de la mañana se cumplía su deseo entre un amanecer incendiado de terruñadas y chispas de las tulpas que se prendían y esparcían por los silencios del corazón. Serenata inolvidable. Y para rematar dispuso afectuosamente le siguiéramos a casa de Luchito Ubidia Rubio -entrañable amigo suyo y nuestro- y de doña Carmencita a otra romanza. Su música tenía el don de abrir puertas, corazones y como si fuera poco las buenas cocinas.

Fue presidente por varios años de la Colonia de Otavaleños Residentes en Quito, época donde había otra agrupación, la Asociación de Otavaleños. El pueblo con sutileza moteaba a los de la Asociación, como los de whisky, y a los de la Colonia, como los de puro.

Alguna vez le pregunté, ¿por qué no creó piezas musicales?, me contestó: “no recibí el don de compositor por parte del Creador”. Hice amistad con Arturo, más o menos por el sesenta y dos, cuando compartíamos los sabrosos almuerzos, en el restaurant Allpa Mangade doña Nélida Cháves. Tiempo en que organizó la posta de estudiantes, desde Quito, a festejar a la tierra amada y distante.

Edwin Rivadeneira, estudioso de la vida de este gran intérprete de la música autóctona, lo recuerda: “su buen humor lo tenía para todos y se brindaba íntegro. Era frecuente oírle cuando sacaba el instrumento de carrizo: ésta es una pequeña flautita. Y cuando sacaba, del respectivo estuche, la flauta de metal: ¡ésta es la grandísima flauta!”.

Cuando en la madrugada escuchen música nuestra, sentida, en flauta o rondador, es la sinfonía que nos brinda desde el cielo el querido y admirado Arturo Mena. En cada resurrección, dirá con Octavio Paz “Y al cabo de los años, como piedras, oí cantar a mi sangre encarcelada”.


Fuente: Valdospinos Rubio, Marcelo. “TIERRA NUESTRA, ancestral y diversa.” Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, Núcleo de Imbabura. Colección PICHAVI No. 7, Quito, marzo 2015, pp. 169-174.Copyright © 2019 otavalo.org