Alejandro Plazas Dávila nació un primero de diciembre de 1902 en Otavalo, hijo de don Manuel Plazas y doña Josefa Dávila. Heredó de su padre la vocación musical y vivió por y para la música; perfeccionó este arte con el maestro Luciano Morales, quien lo cultivó en el arte del clarinete. Plazas fue autodidacta, disciplinado, trabajador y estudioso.

A los 16 años integraba una banda de pueblo e inició con éxito su producción musical, misma que estaba conformada por 21 socios. Transita por lo más variado del pentagrama musical, dominando en su creación, el ritmo alegre y bailable, lo que se conoce como aire típico, música que incita al festejo y que aglutina varios ritmos y personaliza la música autóctona de determinados lugares.

Bajo su dirección se creó una orquesta de enorme prestigio como fue la La Lira Otavaleña, que aglutinó a músicos muy conocidos de la época como Manuel Mantilla, Jorge Lema, Luciano Morales, Carlos Paredes, Amable Paredes, Gonzalo Paredes y Gabriel Beltrán. Posteriormente se incorporaron Manuel Gómez, Humberto Dávila, Guillermo Paredes y Gonzalo Gómez. Esta banda tuvo un triunfo rotundo en 1938, cuando en el Teatro Sucre de Quito, se presentaron junto a 32 orquestas del país.

Por varios años fue director de la Banda Municipal, compositor de más de dos centenares de piezas y llevadas a grabación más de medio centenar de ellas. Entre las canciones más populares están: Las tres Marías, Esperancita, Dulzuras, y No hay como Otavalo.

Sus fuentes de inspiración

Don Alejandro aprovechó su talento para escribir sus canciones sobre la cotidianidad de los pueblos serranos y andinos, sobre lo que la tierra produce en música, como los sanjuanitos que recogen los latidos del hombre indígena y mestizo.

Su música canta a la vida, al campo, al maíz. Su máxima creación es la composición No hay como Otavalo, que la hizo en 1927. Esta canción nació el 9 de agosto en un encuentro de fútbol, cuando un equipo de la localidad ganó y Plazas exclamó ¡no hay como Otavalo, no hay como mi tierra!, y se le ocurrió componer una pieza musical que estaba en su memoria.

El 10 de agosto con la partitura correspondiente don Alejandro hizo repasar la melodía a la banda de música, hasta lograr la perfección y por la noche fue tocada frente a varios otavaleños, quienes pedían que se repitiera una y otra vez el tema musical.

Esta canción se ha convertido con el transcurso de los años en el himno popular de Otavalo, esto se debe al profundo sentimiento de otavaleñidad de uno de los más connotados músicos del cantón como es Plazas Dávila.

Las Tres Marías se la dedicó a sus hijas: María Esperanza, María Leonila y María Fabiola, como regalo en el día de su onomástico.

Alejandro Plazas es considerado como huella y espejo de la otavaleñidad, hombre y artista muy popular, que por su gran talento musical se lo ve como un ícono de Otavalo. Por su gran capacidad musical dejó muy en alto el nombre de la provincia a nivel nacional. Compuso varias canciones para sus hijos y nietos recordando de esta manera su niñez.

El presidente de la Casa de la Cultura, Hernán Jaramillo, señaló que

Alejandro Plazas es símbolo de la música otavaleña. A él se lo recuerda con cariño en Otavalo, por cuanto demostró con su música el apego por el lugar que lo vio nacer y llevaba en su ser el sentimiento de otavaleñidad.

Recibió varias condecoraciones como reconocimiento de su infatigable labor.Con la demostración de este talento, Alejandro Plazas Dávila dejó un reto a las presentes y futuras generaciones para que continúen preparándose y demuestren las habilidades con que cuenta Imbabura, porque con sus canciones la muerte se hace vida.


Fuente: La Hora. “Orgullo y talento del arte musical imbabureño.” Diario La Hora. 26 de diciembre de 2002. Web. 19 Junio de 2016.