Fin de semana, temprano en la mañana. Fuera de la casa un jeep TOYOTA Land Cruiser FJ40 está encendido. En medio de la oscuridad una sombra acarrea hacia la cajuela maletas con cámaras, trípodes, cables, filtros y baterías. Está muy abrigado porque las mañanas de Otavalo son frías. Se asegura que el mapa vial esté a mano. Se pone frente al volante, enciende las luces y el rugido de la máquina le llevará de una calle adoquinada hasta trochas pocas veces visitadas. La doble tracción de las llantas y los 4200 rpm de potencia del motor alcanzan para sobrepasar huecos y lodazales inesperados. Va en búsqueda del sitio y la hora ideal para disparar su cámara.

Hoy presentamos a Marcelo Quinteros Mena, un fotógrafo aficionado otavaleño cuyas andanzas le han llevado por innumerables lugares del Ecuador. Su colección digital ha sido visitada 3.400.000 de veces, contiene 7.200 fotografías multiplicadas por los numerosos elogios a  cada una de ellas. Algunas han sido transformadas en posters, otras adornan sitios en internet. Todas destilan lindeza.

FOTO © Marcelo Quinteros Mena

El nació en Otavalo el 6 de mayo de 1958, el tercero de seis hermanos. Comenzó la educación primaria en la Escuela Católica Ulpiano Pérez Quiñones y terminó en la Escuela José Martí. Recuerda que su niñez “estuvo marcada por temporadas hermosas viviendo en la ciudad y en el campo ya que mi padre fue administrador de varias haciendas pertenecientes a Otavalo. Quizás en esa parte de mi vida se impregnó la sensibilidad por los paisajes cuando paseando a caballo, mi papá me hacía notar las gotas de agua de lluvia que quedaban suspendidas en las hojas, los colores del arco iris, los matices de luz cambiantes con la distancia, el hermoso espectáculo cuando el sol despunta en las mañanas o las tardes que se pintan con el color de las naranjas antes de ocultarse el sol detrás de las montañas; es esa magia que le atrapa a uno como esas historias que nunca deberían acabar”.

Dice haber sido un niño normal: amiguero, travieso, curioso, preguntón, con muchos amigos. La educación secundaria la hizo en el Colegio Jacinto Collahuazo. Entonces sus horizontes se habían ampliado a excursiones a sitios más lejanos, lagunas, otras provincias y cumbres de montañas. 

Como miembro de la Comunidad Internacional Bahá’í participó en la organización de la primera estación de radio Bahá’í en Otavalo y luego trasladó esa experiencia a radio emisoras en Chucuito, Puno, Perú; en Caracollo, Oruro, Bolivia; en Labranza, Temuco, Chile; David, Chiriquí República de Panamá. Trabajó 16 años en esta labor que influyó profundamente en su filosofía para entender la vida. 

Desde hace 26 años forma parte del personal administrativo de Pontetresaroses, una compañía de producción y exportación de rosas al exterior.

Le preguntamos acerca de sus inicios en la fotografía y nos cuenta que fue una inclinación que la tuvo siempre: ”rebuscando los álbumes familiares y otras veces haciendo diabluras con la vieja cámara que guardaba celosamente mi padre. Cuando tuve la oportunidad compré mi primera cámara de marca Fuji de las que se podía insertar un rollo de 12 o 24 exposiciones y tenía un cubo flash que permitían cuatro disparos en la oscuridad y posteriormente para ver los resultados había que enviarlo a revelar en Quito”.

Añade que “la fotografía es una de mis aficiones –no es mi modo de vida-, que me motivan a plasmar un instante y perennizarlo como la magia que admite que el tiempo se estanque y el espacio se borre; hay tantos detalles que la gente ve, pero no los observa. Más allá de los colores hay una gama infinita y sensible que atrapan,  embelesan,  cautivan al observador”.

En FLICKR y en las páginas de FACEBOOK, comparte sus imágenes bajo el nombre de “Ecuador Andariego”. La fotografía le permite difundir una parte de lo que es el Ecuador, la gente que aquí vive, sus tradiciones, su gastronomía, su cultura, sus ciudades y pueblos. 

Relata que el alias “andariego” es un legado de su madre que solía regañarle porque siempre estaba de salida con sus amigos a las lagunas de Mojanda, a la cumbre del Fuya-Fuya, o desaparecer  en tantos lugares bonitos cercanos a Otavalo.

Las cámaras tienen una vida útil entre 10.000 y 15.000 disparos. Al preguntarle por el número aproximado de fotografías que ha tomado, hace el cálculo de tres cámaras NIKON que expiraron en sus manos y algunas más que van por el mismo camino. Sin embargo, dice que “sería injusto no mencionar que detrás de cada fotografía de “Ecuador Andariego” hay personas que de manera anónima son parte de aventuras, viajes, alegrías, restricciones, cansancio, sudor, frio y hasta limitaciones, de esperas largas de mi familia en casa sin saber dónde estoy, todo para lograr una imagen que lo presentamos diariamente con aprecio”. Es una señal de magnanimidad que raramente se encuentra y que en Marcelo es lo habitual. 

No puede elegir con un solo lugar que no le haya impactado por su hermosura. El elige TODOS!, Ecuador es un paraíso en sus regiones naturales, los detalles son inesperados o un estallido de impresiones que se pueden coleccionar en imágenes”.

No puede ocultar su preferencia por las montañas, anhela “llegar lo más alto posible, gozar con la hermosura del paisaje, extasiarse hasta donde alcanzan a escudriñar los ojos, o conquistar la cima, mirar hacia los cuatro puntos cardinales, abrir los brazos y acariciar la libertad sintiendo la bendición de vivir en esta tierra”.

FOTO © Marcelo Quinteros Mena

Desea difundir la belleza natural del Ecuador, “sus paisajes, la gama vistosa de nuestras regiones, una parte de la fabulosa Cordillera de Los Andes que atraviesa el Ecuador como si fuese su columna vertebral para formar valles donde se asientan las ciudades, lugar de vertientes, lagunas y cascadas; el inquietante y misterioso paraíso verde de nuestro oriente,  la exuberancia; la dinámica y vistosidad de nuestra región litoral, el recuerdo de tantas vivencias que pasan por la vida de las personas, muchas cosas que van evolucionando o deteriorándose con el paso del tiempo, el recuerdo de mi juventud que se transforma en una riqueza que la guardo como necesaria”.

En toda esta crónica, él ha fotografiado especialmente a Otavalo desde todos los ángulos innumerable veces, ¿qué puesto ocupa Otavalo en su vida de trotamundos? “Mi raíz, la tierra de mis padres, mi cuna, la tierra de mis amores, el lugar de mi familia donde se prolongó mi existencia, es el sitio de las personas que amo, el lugar natal al que siempre regreso como el remedio para mis penas. Es esta pequeña ciudad viviendo al pie de los volcanes convirtiéndose en parte del paisaje que más quiero. Otavalo es el lugar que sin esforzarse le envuelve en un manto de ternura, es el lugar en el que quiero morir”, nos responde con toda la naturalidad que solo una persona amante de su tierra puede aseverar.

Finalmente le pedimos un mensaje hacia sus seguidores y estas fueron sus palabras: “Cada uno puede aportar desde su esfera de utilidad hacia el desarrollo del país, lo que sabe hacer hágalo con amor. El peor pecado es la indiferencia, porque genera inercia y abandono. No podemos cambiar el mundo, pero podemos cambiar nuestro pensamiento, mejorar nuestra manera de ser, y deseo que cada día al despertar podamos ser mejores personas que las que fuimos ayer”.

Recordamos a Hugo Cifuentes (1923-2000), el fotógrafo que perpetuó momentos trascendentes de Otavalo, sus obras en blanco y negro son reconocidas como un arte entre la luz y las sombras. Con Marcelo Quinteros Mena y la era digital, sus fotografías poseen el embrujo de colores disperdigados en momentos imprevistos. Su talento no es fruto del azar, es el resultado de una afición constante que sigue evolucionando. Es nuestra aspiración que sus imágenes mantengan el objetivo descrito por Ansell Adams (el fotógrafo paisajista por excelencia), “hay siempre dos personas en una fotografía: el fotógrafo y el observador”. El rol del capturador de imágenes lo dejamos a Marcelo, a nosotros los observadores nos corresponde disfrutar su exquisita habilidad con la cámara. 


Fuente: Quinteros Mena, Marcelo. Comunicación personal. 14 de julio de 2020.