Año 1979, una tarde fría en el estadio Municipal de Otavalo. El campeonato inter-barrial estaba en su fase preliminar. Eran casi las cinco de la tarde y se jugaba un intenso partido entre el barrio Central y San Sebastián. El barrio Central pugnaba por un gol en los últimos minutos pero un contragolpe de San Sebastián provocó una infracción que el árbitro, el señor Carlos García,  dictaminó señalando el punto penal. Los  reclamos al árbitro fueron leves porque la falta fue evidente para todos: una mano dentro del área.

FOTO © Rodrigo Hinojosa

El encargado de cobrar el penal, Rodrigo “mi vida” Hinojosa, cogió el balón y lo acomodó en la tiza. El arquero era Manuel Rosales. Ambos eran compañeros en el equipo que se había coronado campeón nacional amateur pocos meses atrás. Estaban frente a frente el delantero más potente y el mejor de los arqueros. A la hora de cobrar un penal, el jugador mira un arco diminuto con un fantasma gigante cubriendo toda el área. Ahí estaba el delantero, en solitario frente a su compañero vestido de negro.

No hubo el saludo amistoso entre los dos. Rodrigo Hinojosa solo midió cuatro pasos hacia atrás, unos tres metros hasta donde estaba el balón. Normalmente, un segundo de tiempo. Pero el futbol es capaz de detener el tiempo: hasta que se ejecute el penal, transcurrió una eternidad. El delantero se subió las medias y si estaba nervioso, el rostro sudoroso no lo delataba. El arquero estaba impaciente mirando a cada lado del arco, los espectadores conteniendo la respiración. Si el fútbol es una pasión, este momento era una de las razones.

El silbido del árbitro. La corta carrera del jugador y el sonido seco del choque entre el empeine contra el balón, produjo un sonido más apagado al tocar las redes del lado derecho del arco. Gooool! 

El arquero adivinó tardíamente la dirección y apenado recogió el balón preguntándose si no era un misil lo que había salido de la pierna izquierda del delantero. No, no lo era, era el poderoso tiro que poseía Rodrigo Hinojosa y que lo hacían un jugador temible para cualquier defensa. El no era un jugador ligero de modo que derribarle no era una opción y si pateaba el balón cerca del área solo había que rezar para que el balón se vaya a las nubes y no en dirección a la portería.

Cuenta él mismo que en un partido se pitó una falta cerca del área chica. Naturalmente, él se dispuso a ejecutar el tiro libre. El arquero, viendo quien iba a cobrar, se dio por perdido y decidió ponerse de espaldas porque si el “patemula” (así le conocían los rivales) chuteaba, era gol seguro, con arquero o sin él. Si el arquero actuó así, es de imaginar el pavor de los integrantes de la barrera.

Rodrigo Hinojosa nació en Ilumán el 6 de mayo de 1954, el tercero de cuatro hermanos. Sus dos hermanos también eran buenos jugadores de fútbol. Se inició en las filas de un equipo de Otavalo hoy ya desaparecido, llamado Real Madrid.

En su memoria queda la imagen de haber jugado en el club Celtas a la edad de 14 años. Curiosamente, este equipo tenía cinco o seis jugadores con el mismo apellido Hinojosa, parientes entre sí. Se los diferenciaba por los apodos porque en ese entonces las camisetas solo llevaban números. Una tarea complicada al momento de relatar los partidos para los locutores de la Radio Otavalo.

Jugó en la Selección Juvenil de Imbabura en Ambato en 1973. Fue parte de la selección militar durante la conscripción. Integró el formidable Unión de Ilumán. Reforzó en algunas ocasiones al equipo Inka Milma, un equipo de indígenas. Admite haber jugado en casi todos los equipos de Otavalo como refuerzo o invitado. Pero es conocido principalmente por haber jugado como puntero izquierdo en San Sebastián y en la selección de Otavalo.

El sobrenombre

Inquirimos acerca del origen de su apodo. Nos recibió en su casa y tras una breve charla nos respondió.

Antes de ir al cuartel, con sus amigos solía ir a dar serenatas a las pretendidas. Para esta tarea trascendental, primero había que tomarse un canelazo para afinar la voz y vencer la timidez. En una ocasión, en vez de uno, parece que tomaron más de tres canelazos. La timidez desapareció enseguida pero las canciones sonaron mal. Al entonar las canciones románticas, Rodrigo, no cantaba pero entre verso y verso colaboraba con sus gritos apasionados “mi vida”, “mi vida” y escondía la cara para no ser reconocido. Después del chuchaqui, “mi vida” reemplazó al nombre para dar inicio a la leyenda.

A su haber cuenta muchos campeonatos en distintos torneos. Sin embargo, el título que más recuerda es el Campeonato Nacional Amateur obtenido con el club San Sebastián. El club hizo una campaña invicta incluída la fecha final del 25 de marzo de 1979 donde ganaron en una final apretada al club Huracán de Guayaquil. Es hasta ahora un logro inédito en la ciudad de Otavalo. Historia de la cual Rodrigo Hinojosa es protagonista imprescindible.


Fuente: Hinojosa, Rodrigo. Comunicación personal. 28 de diciembre de 2019.