Segundo Joaquín Castro Parreño nació en Otavalo en 1878. Fue profesor autodidacto. Educó a varias generaciones de otavaleños en la escuela Diez de Agostoy, una vez que se jubiló del magisterio fiscal, en la Ulpiano Pérez Quiñones. Sirvió a su ciudad natal como concejal por algunos períodos y alcanzó la dignidad de Vicepresidente del Concejo Municipal. Era conocido por su facilidad de palabra, por lo cual muchas veces presentó la bienvenida a personajes ilustres que llegaban a la ciudad: al presidente Isidro Ayora, cuando se inauguró el ferrocarril en 1928, o al presidente Velasco Ibarra en alguna de sus visitas a Otavalo: Colaboró con el sacerdote José Carlos Jara en la fundación de la parroquia San Rafael de la Laguna. 

Sus conocimientos en el campo de la Jurisprudencia y su dominio del idioma kichwa le peritieron ayudar a los indígenas ante el abuso de las autoridades de ese entonces. Falleció el 9 de abril de 1954.

En noviembre de 1952, los alumnos de la escuela Diez de Agosto, de la promoción de 1928, colocaron una placa en los muros de la escuela y entregaron sendos acuerdos de gratitud a sus viejos maestros: Luis Ubidia Proaño, Paulino Garcés Yépez y Segundo J. Castro; este último, a nombre suyo y de sus compañeros, presentó un sentido agradecimiento, del cual extractamos las siguientes frases:

“Sólo en pechos nobles florece esa rara flor de la gratitud y en los vuestros, la nobleza de sentimientos ha sido la savia generosa que ha hecho que florezca, gallarda, lozana y perfumosa, esta flor casi exótica para los tiempos que corremos, máxime si ella brinda su perfume a un veterano de la educación, campo en el que no cuajan sino las semillas de la ingratitud y del olvido”.

“Otavaleños debéis ser para que la nobleza de vuestros sentimientos os haya impulsado a ejercitar la gratitud y hacerla ostensible en la solemnidad de este acto, con la entrega de este simbólico documento que va a constituir el más legítimo orgullo de mi calidad de maestro, y va a servir como un sedante en la cansina trayectoria del ocaso de mi existencia”.

“Al presentaros con toda la emoción de mi alma las más expresivas gracias por este alto honor que me dispensáis, ya cuando mis fuerzas se han agotado en las faenas diarias de la siembra de la cultura, quiero que este homenaje sirva de elocuente ejemplo para la actual y las futuras generaciones, a fin de que todos aquellos que en los bancos de la escuela han recibido luz para su inteligencia, derrotero de virtud para su corazón, inspiración para el arte y el más sano y sabio consejo para convertir el patriotismo en el culto de adoración a la bendita tierra que nos vio nacer, sepan que todo esto y mucho más se lo deben a la labor paciente, abnegada y silenciosa del apóstol de todos los tiempos: el maestro”.

“Y quiero que este homenaje sirva de ejemplo para todos a fin de que también el maestro, después de agotar las últimas energías de su vitalidad en la siembra del saber, después de consumar el sacrificio de su existencia por la redención de la cultura, después de apurar el cáliz de tantos sinsabores y de todos los olvidos de los que mandan y legislan, como si éstos nunca hubieran cruzado por una aula, después de todo esto, y ya a los bordes del sepulcro, arrojado por la incomprensión y la miseria, hambriento de pan y de justicia, enjugue una lágrima postrera como lo hago hoy, al contemplar una sonrisa de gratitud de quienes llevan en su espíritu algo del espíritu de su maestro”.


Fuente: Jaramillo Cisneros, Hernán (Compilador). “Por las calles de Otavalo. -De arriba abajo-” Revista Sarance -Serie Monografías- No. 1. Instituto Otavaleño de Antropología y Universidad de Otavalo, 2006. Web. 31 de octubre de 2016.