Eran las seis de la mañana de aquel 13 de Agosto de 1985, cuando llegó mi tía alarmada y llena de lágrimas en sus ojos. En breves momentos comprendimos lo que había pasado, mi abuelo había muerto. Inmediatamente mi mamá salió con rumbo a la casa del abuelo, y una vez allí, impotentes contemplamos la realidad. Mi abuelo yacía pálido y mi mamá y tía rompieron en un llanto incontenible.
En medio de lloros y lamentos fueron por agua al río cercano, en esa agua pusieron hojas de romero. Acto seguido desvistieron a mi abuelo, le soltaron el pelo hecho trenza y en medio del patio le bañaron. Mientras realizaban el baño, en medio de llantos le hablaban al muerto como si les escuchase y constantemente repetían frases en kichua, que decían:
“…¿Qué te ha pasado, papacito?..
¿A dónde vas, papacito?…
Levántate, papacito….
¿Con quién hablaré ahora, papacito?…
¿Quién me aconsejará, papacito?…
¿Qué será de mí, papacito? …
¿Quién me dirá siquiera: ven acá?…
Despierta…
Levántate, papacito”.
Luego de varios minutos terminaron el baño del cuerpo y el cabello, cubrieron el cuerpo con una sábana blanca. Mi tía le peinó el pelo y nuevamente le hizo trenza, mientras mi mamá le vistió con la mejor ropa que mi abuelo había tenido.
Mientras le arreglaban, entre lamentos le hablaban a mi abuelo, diciendo:
“… Irá viendo bien el camino…; mamita ha de estar allí…; nosotros todavía nos quedamos aquí…; no estará triste…; si algo le hace falta avisará para enviarle con alguien…; ayúdenos a cuidar a nuestros hijos…; no nos olvide…”
Este relato del que fui testigo directo y otros más que los vivo en la comunidad de Cotama, cantón de Otavalo, provincia de Imbabura, nos puede sintonizar con el mundo andino de cómo entendemos la muerte los pueblos originarios de la región septentrional del Ecuador.
Según nos cuentan los mayores, no siempre existió la muerte: “Dicen que en la antigüedad no había muerte y por esta causa, como la gente no moría, se llenó la tierra de tanta gente; tanto así que en esos tiempos no había donde vivir, ni donde sembrar por lo que la gente hasta sembró en las laderas más altas de los cerros. La gente de esos tiempos tenían dientes de marfil y por eso podían comer hasta las cosas más duras como la carne con sus huesos. Por falta de espacio para sembrar, buscaron piedras grandes y planas, pusieron tierra encima y hacían producir los granos. Vivía tanta gente que en estas tierras también las malas costumbres crecieron. Ante esto, Apunchik Achill Yaya (1) pidió a las nubes que hicieran llover durante días y noches para que esta gente muriera, pero la gente seguía flotando junto a los troncos de los árboles sin morirse. Nuevamente Apunchik Achill Yaya pidió al Sol que mandara fuego a la tierra. Luego de llover agua llovió fuego, y esta vez sí, murió esta gente. Pero subiendo al cerro Imbabura y escondiéndose en una cueva lograron salvarse una pareja con su perro. Cuando terminó la lluvia de fuego la pareja pidió ayuda a Apunchik Achill Yaya porque tenían hambre, pero no fueron escuchados.
Entonces la pareja decidió comerse al perro, y el animal dándose cuenta de su suerte, porque pensaba y hablaba igual que nosotros, aulló lastimosamente mirando al Hawapacha (2). Al oír esto Apunchik Achill Yaya se compadeció del perro e hizo caer una mazorca de maíz sobre la llapa-mama (3). Al ver esto, la pareja cogió rápidamente la mazorca. Una parte se la comieron, otra parte guardaron para sembrar y solamente la tusa y algunos granos le dejaron al perro. Por eso en la chakra a la mazorca que sólo tiene algunos granos hasta ahora le decimos allku kiru o “diente de perro”. Luego de comer los granos de maíz, la pareja quedó dormida y Apunchik Achill Yaya les quitó de la boca los dientes de marfil y en su lugar puso maíz blanco. Desde este momento existe la muerte” (4).
Con un breve análisis del mito sobre la muerte y los rituales funerarios que persisten en nuestros pueblos, podemos entender que la muerte-wañui es la etapa de transición hacia el chaishuk-pacha (5) o el otro mundo. Vida espiritual para el que nos preparamos durante toda esta vida. En la vida cotidiana siempre estamos conscientes de la muerte. Así en fechas especiales como el 2 de Noviembre, Jueves Santo, San Pedro, Ascensión y también los días Lunes y Jueves de la semana que son dedicados a los muertos, acudimos al cementerio para compartir nuestra comida con nuestros familiares fallecidos.
Un comunero, cuando siente el peso de los años sobre su vida, convoca a todos sus hijos y poniendo de testigos a familiares respetados y a los ancianos de la comunidad, imparte consejos de unidad familiar, de trabajo y de solidaridad. Igualmente hace la repartición de todos sus bienes entre sus hijos.
Existen enseñanzas e indicios naturales que anuncian la presencia de la muerte. Cuando el ave chusik-lechuza lanza chillidos durante la noche en la comunidad presagia muerte próxima de algún comunero. El aullido lastimero y prolongado de un perro también indica muerte próxima. En nuestras comunidades cuidamos y amamos al perro, porque nuestros mayores nos enseñaron que este animal acompaña al difunto hacia el chaishuk-pacha u otro mundo.
Un pájaro que corretea delante de una persona y emite un agudo silbido, presagia una muerte próxima. Los sueños son señas muy observadas. Soñar derrumbes, deslizamientos de montañas y derrumbes de casa indica muerte. Soñar que se le cae un diente pronostica la muerte próxima de un familiar o de un comunero. Soñar viendo carne, es un pronóstico de muerte. Soñar a un sacerdote católico con su hábito también significa muerte próxima de un familiar.
(En el Anexo presentamos 90 sueños anunciadores de la muerte que recolectó Fabián Potosí, originario de Otavalo).
Son muchos los factores de la vida cotidiana que indican al andino de Otavalo la cercanía de la muerte. Cuando finalmente ocurre lo esperado, el baño ritual del difunto es muy importante, para lo que el agua a utilizarse tiene que ser de un río o de una vertiente. Nunca se debe utilizar agua estancada o del grifo, porque estas aguas están muertas. Es necesario utilizar una agua viva.
Las hojas de romero significan la eternidad por lo que es imprescindible poner estas hojas en el agua conjuntamente con hojas de claveles rojos y blancos. El agua utilizada debe botarse en lugares apartados, pero nunca en los ríos ni en las vertientes. El acto del baño equivale a la purificación del difunto para iniciar un nuevo ciclo en su vida. Es limpiarse de las impurezas para iniciar el recorrido hacia el chaishuk-pacha.
Cuando ocurre alguna muerte la comunidad demuestra su solidaridad con apoyo en granos para el velorio. Los familiares del difunto cocinan el champús, comida fúnebre preparada de maíz fermentado que se come solamente el 2 de Noviembre y en los velorios.
Los familiares que acuden al velorio lo hacen en pareja: la mujer cargando la “cena” que consiste en una cantidad considerable de sopa de cualquier grano con papa que se entrega al familiar más cercano al difunto; el hombre llega con un pequeño apoyo económico y también con coronas y ramos de flores, elementos de la cultura occidental que hasta hace pocos años no existían.
Los familiares reúnen toda la comida y reparten a todos los acompañantes para comer junto al difunto. Esta actitud de acudir al velorio es muy importante, ya que es endeudarle al familiar que tiene la obligación de corresponderle de la misma manera y con los mismos presentes que ha recibido.
Pero el velorio de adultos, tomando en cuenta que adulto en nuestras comunidades equivale a una persona casada sea cualquiera su edad, se solicita el aporte del Taita Maestro (6), que es una persona que conoce y sabe los rezos católicos y plegarias propias en idioma kichua. En la tarde del velorio, el Taita Maestro inicia el rito implorando en voz alta por el difunto, mientras la comunidad comparte la comida.
Una vez terminada la comida comunitaria, los acompañantes con la autorización del Taita Maestro comienzan los juegos fúnebres, pero para ello es necesario iniciar con el juego del chunkana (7):
Para el juego del chunkana se forman dos grupos del mismo número, sin límite de cantidad en los jugadores. Cada grupo nombra un cabecilla que dirige el juego para sus partidarios. Mientras tanto el Taita Maestro quema un lado de 6 granos de maíz al fuego de una vela que son katsa (8) o granos mayores y reparte 12 granos de maíz a cada jugador. El cabecilla del grupo reúne los granos de maíz en un sólo montón y se inicia el juego:
Los cabecillas, a manera de dados, lanzan los 6 granos katsa sobre un mantel blanco y según el resultado, se cobra de los granos acumulados del propio montón del jugador. El cabecilla lanza los granos katsa por 3 ocasiones seguidas y cobra el resultado. El juego se hace siempre de izquierda a derecha. Por cada lado negro de los granos se cobra un grano de maíz. Si resulta los 6 granos al lado quemado se llama yana wasi o casa negra y se cobra 6 pares de granos. Si resulta los 6 granos al lado que no está quemado se llama yurak wasi o casa blanca y se cobra 12 pares de granos. Gana el partido el grupo que termine primero los granos acumulados.
Para cambiar, después de cada juego se juega el chunkana. El grupo ganador solicita al Taita Maestro que ordene cualquier juego. Entre los juegos más usados están:
Tanta Ukucha: A uno de los perdedores se le venda los ojos y en esta condición tiene que tratar de atrapar a algún miembro de los ganadores. El que se deja atrapar es el próximo en ser vendado y se reanuda el juego.
Gallo: A uno de los perdedores se le amarra de las manos por la espalda y con una pachallina (9) se hace una especie de cola, para marcar la representación del gallo. Este jugador tiene que imitar al gallo en su cacareo. También se pueden poner a dos perdedores como gallos para que representen una pelea. Otro tercero puede representar a una gallina para que los gallos peleen por ella, empujándose violentamente con los hombros y en ocasiones caen encima de las “gallinas” ocupadas en su pelea.
Kurikinki: A los perdedores se les amarra las manos por la espalda y abriendo las piernas, sin doblar las rodillas, tienen que beber una taza de chicha depositada en el suelo.
Paya: Dos perdedores se disfrazan de viejo y vieja llevando cada uno un recipiente con harina de maíz. Con esta harina los “viejos” soplan en la cara de cualquier jugador desprevenido. En ocasiones el “viejo” hace el simulacro de hacerle el amor a la “vieja” en cualquier lado.
Ayaranza: A dos perdedores se les envuelve con sábanas y fajas desde el cuello hasta las rodillas y se los hace parar frente a frente, uno con la vista al oriente y el otro con la vista al occidente y con la música especial de flauta danzan cruzándose constantemente. Luego se cambia de posición, el uno con la vista hacia el Sur y el otro con la vista hacia el Norte y repiten el baile. Es obligación de los familiares del difunto premiar a los que realizan este baile con un plato de champús, sopa y mote y con un balde de chicha.
Limandero: Se hace un nudo en el poncho y se ata por el hombro de los perdedores como una banda insignia y se baila al son de una música especial ejecutada en flauta. El baile termina cuando los bailadores empiezan a empujarse los unos a los otros y culmina con un simulacro de pelea.
Oso: Se envuelve a un perdedor de contextura fuerte en una sábana de color y se le hace montar a un niño para que represente al mono. El oso especialmente busca a las mujeres para secuestrarlas y pedir recompensa en forma de comida y bebida. En algunas ocasiones cuando logra atrapar a una mujer, el “oso” pone en los hombros su carga y no lo devolverá hasta que le paguen su recompensa.
Micha Sinti: Se pone una botella de lado, en el suelo y el perdedor sentenciado se sienta encima de esta botella. Estira los pies poniendo un pie encima de los dedos del otro pie, toma en una mano una vela encendida y en la otra una vela apagada. El juego consiste en que el jugador tiene que prender la otra vela en la posición señalada sin caerse.
Aguja Yallichi: En la misma posición del juego anterior, el jugador tiene que pasar un hilo por el ojo de una aguja sin caerse.
Batanai: Para este juego, los perdedores por pareja se sientan cada uno en una faja torcida a manera de azote. En esta posición el uno se echa para atrás poniendo los pies al cielo mientras el otro que está sentado le azota con fuerza, acto seguido el que le azota realiza el mismo movimiento mientras el otro también le azota. Este juego puede durar por lo menos 2 minutos por cada pareja.
Conejo: Todos los jugadores, perdedores y ganadores se sientan en círculo poniéndose cada uno un poncho y seleccionan a un perdedor para que sea el cazador del conejo. El conejo es un bulto practicado con la fachalina con dos esquinas salidas que denota las orejas del animal. Este “conejo” recorre de mano en mano por debajo del poncho y los pies de los jugadores por todo el círculo y el cazador tiene que encontrarlo y cogerlo. Mientras el cazador busca, el conejo recorre rápidamente y por detrás alguien le toma de las orejas al conejo y le pega fuertemente al cazador. Este juego culmina cuando el cazador logra atrapar al conejo y el que dejó que atrapara al conejo es el indicado para ser el próximo cazador.
Existen muchos juegos más con los que los acompañantes, especialmente los adultos, juegan hasta el amanecer, en medio de risas y alegrías.
Cabe destacar que en los velorios de adultos no se consume licor, inclusive en nuestros días porque para estos juegos se requiere de mucha habilidad física e intelectual. Los distintos juegos funerarios son coordinados por el Taita Maestro y tienen como propósito alegrar el dolor de los familiares y apoyar el ánimo del difunto para que recorra el camino difícil al chaishuk-pacha.
Por esta forma de realizar velorios, los blancos, los mestizos y los miembros de las sectas religiosas con desprecio nos llaman “ignorantes”, pero para nosotros estos juegos contienen profundos significados religiosos. Es que no podemos estar tristes cuando los familiares del difunto necesitan una terapia para su dolor por la pérdida de un ser querido y el difunto necesita ánimo moral para atravesar el camino hacia el chaishuk-pacha.
A las 5 de la mañana, que es cuando termina la noche del velorio, se hace el Wantiay, el grito ritual, que es el momento culminante de los funerales de adultos en las comunidades de Otavalo. En el wantiay participan todos los acompañantes del velorio. Para ello el Taita Maestro se ubica en el patio y reza en voz alta varias oraciones católicas y unas plegarias en kichua. Luego se lanza en forma prolongada y con toda fuerza el grito:
“¡Wantiay…!” y los acompañantes también gritan a todo pulmón:
“¡Wantiay…!”.
Se repite el grito por cuatro veces, un grito por cada pacha o dimensión. Luego de los cuatro gritos el Taita Maestro continúa con rezos en voz alta y nuevamente repite el grito: “¡Wantiay…!” por cuatro ocasiones con el acompañamiento de los familiares. Es el acto de parar para que surta el efecto esperado. Nuestros mayores nos enseñan que este grito es escuchado en las cuatro dimensiones. En el preciso momento del grito sagrado, todos los espíritus de los antepasados abandonan el chaishuk-pacha y vienen al kai-pacha (10) para llevar consigo el difunto y guiarle por el camino.
Está prohibido pronunciar la palabra sagrada “wantiay” en cualquier momento o en cualquier parte sin motivo alguno que no sea en los funerales de un adulto. Es el término que, al ser pronunciado en comunidad, abre las puertas del hawa-pacha, kaipacha, uku-pacha y el chaishuk-pacha (11) , las cuatro dimensiones del universo según la sabiduría del pueblo andino de Otavalo. Luego del wantiay los participantes comen la primera comida del día para iniciar la salida hacia el cementerio. Luego de la comida, los familiares ponen en el ataúd los elementos necesarios para la vida del difunto en el chaishuk-pacha como:
Plato de barro y cuchara de palo: Le servirán al difunto para que pueda coger la comida que se le dará en el chaishuk-pacha. No es conveniente mandar con el muerto platos y cucharas de metal, porque allí dan de comer comida bien caliente y estos trastes son incómodos y el difunto se quemaría con esta comida a cada momento.
Escobilla de romero: Sirve para que el difunto pueda barrer su casa y mantenerla limpia.
Soguilla de ramos benditos: Le servirán para que el difunto cargue los granos de las cosechas.
Monedas: Le servirán para que pague su contribución en la puerta de entrada al chaishuk-pacha.
Aguja con hilo: Le servirán para que remiende y confeccione su vestido.
Además, se envía al difunto diversos objetos muy queridos por él durante su vida, así por ejemplo si es músico de flauta, se le envía su par de flautas. En algunas ocasiones, los familiares se olvidan de enviar con el muerto algún elemento indispensable. Entonces cuando muere algún familiar pueden mandar encargando este elemento para que se le entregue al llegar al chaishuk-pacha. Para ello al difunto una y otra vez le hablan encargándole que lo entregue a tal alma.
También se nos ha enseñado que durante nuestra vida es necesario tener como obligación al perro, porque este animal en el duro camino al chaishuk-pacha, le ayuda y guía al difunto, y en muchos casos cuando le dan de comer carne de caballo, el perro le ayuda a comer rápidamente, mientras que el gato no puede hacerlo así. Por ello no es bueno tener gatos en la casa sino perros.
Se nos ha dicho también que no es bueno enterrar el muerto en bóvedas porque en el chaishuk-pacha vivirá como prisionero en una cárcel. Por ello hay que enterrarle en la tierra.
Luego de colocar estos elementos indispensables, los familiares sacan el ataúd y dan tres vueltas a la casa como despedida y en el patio con la vista al interior de la casa se arrodillan y salen con rumbo al cementerio.
Luego de ofrecer la misa en honor al difunto en la iglesia de la parroquia respectiva, se llega al cementerio y el féretro es colocado en el centro del cementerio mientras algunos familiares se encargan de cavar la fosa y los demás realizan el intercambio de comidas y la comida comunitaria en honor al muerto. Cuando llega el momento del entierro, los familiares abren el ataúd por breves momentos para que el difunto contemple por última vez el sumak-mundo o este gran mundo. Finalmente, se cierra el ataúd y lo colocan en la fosa común y cubierto con tierra en medio del llanto y dolor de sus familiares.
Pero esto no es el final de todo. Como actos recordatorios se efectúan posteriormente varios rituales complementarios, como por ejemplo la semana karai, las misas para el difunto y el aniversario.
Semana karai: es la ofrenda en honor al difunto que se ofrece a los ocho días en el cementerio. Esto consiste en realizar los mismos rituales del velorio con el Taita Maestro, los mismos juegos, los mismos responsos, la misma misa con el cura y la misma comida comunitaria que se realizó con el difunto presente. Estas misas son realizadas por los hijos del fallecido, todos aportan por igual para este cometido. Este tipo de misas pueden ser repetidas las veces que los familiares quieran y puedan de acuerdo a su condición económica.
Aparte de la misa anual, los muertos son recordados en fechas especiales. Entonces la familia y la comunidad acuden al cementerio a recordar y compartir su comida con los muertos. Así cuando acudimos al camposanto vamos teniendo en mente a toda nuestra genealogía del que somos capaces de recordar, y por cada uno de ellos hacemos rezar oraciones en su honor nombrándolos. Por los que no podemos recordar con su nombre por el tiempo tan largo que pasó, pedimos al final que rece por las almas que ya no conocemos porque sabemos que ellos continúan viviendo y de vez en cuando se comunican con nosotros a través de los sueños y de otros fenómenos.
Para nosotros, la muerte es uno de los aspectos fundamentales de la vida. Para este momento nos preparamos durante toda nuestra existencia. La muerte no es el final de todo. Es el inicio de otra vida. Es el ciclo del fin de la ignorancia y el comienzo de la sabiduría universal. Es el reencuentro con los antepasados y el fin del tiempo y el espacio.
El ritual funerario de los otavaleños aún permanece inexplorado en su real valor cultural para el occidente, donde la muerte “se ha perdido”, causando una patología psicosocial endémica. Lograr que nos escuchen y nos entiendan con nuestra diversidad es una meta que nos hemos propuesto para lograr un mundo unido y enriquecido en la diversidad cultural de los pueblos.
Notas
(1) Apunchik Achill Yaya: Nombre pre-kichua de la Suprema divinidad de los pueblos indígenas de la región septentrional del Ecuador.
(2) Hawa-pacha: El mundo de arriba. Dimensión ubicada sobre este mundo, en la sabiduría indígena de Otavalo.
(3) Allpa-mama: Madre tierra, conocida también como Pachamama.
(4) Cachiguango, José Antonio: Comuna Cotama. Entrevista grabada el 1 de Noviembre de 1997.
(5) Chaishuk-pacha: El otro mundo. Dimensión espiritual, o morada espiritual de nuestros mayores.
(6) Taita Maestro: Persona de amplios conocimientos sobre rezos católicos y plegarias kichuas, así como también de los juegos funerarios. Esta persona recorre casi todas las comunidades con su oficio.
(7) Chunkana: Término kichua que es el nombre del juego principal que decide perdedores y ganadores para ocupar su rol en los juegos funerarios.
(8) Katsa: Grano mayor del juego del chunkana.
(9) Pachallina: Prenda femenina indígena que es utilizada para cubrir el cuerpo o la cabeza.
(10) Kai-pacha: Este mundo. Es la dimensión en la que estamos viviendo.
(11) Uku-pacha: El mundo de abajo. Dimensión en donde viven los espíritus de la naturaleza y los Aya o energías de la naturaleza.
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Fuente: Cachiguango Cachiguango Luis Enrique. “¡Wantiay…! El ritual funerario andino de adultos en Otavalo, Ecuador.” Chungara, Revista de Antropología Chilena, vol. 33, no. 2, 2001, pp.179-186. Web. 23 de abril de 2021. Foto © 2023 Inventario Documental.
