DORYS RUEDA
Otavalo, 1961
- ¿Cómo supo que la literatura sería su pasión?
La literatura no llegó a mí de manera repentina. Fue acercándose con el tiempo, en momentos distintos, mientras las historias se iban instalando, casi sin darme cuenta, en mi vida.
El primer recuerdo claro es de cuando tenía ocho años. Mi madre nos reunía y nos contaba, a mis hermanos y a mí, la historia de Quo Vadis, de Henryk Sienkiewicz. Bastaba que dijera: “Y así, en el antiguo Imperio Romano…”, para que dejáramos de estar donde estábamos. De pronto aparecía el Coliseo y el ruido de la multitud lo envolvía todo.
Esa experiencia inicial no quedó solo en la memoria. Con el tiempo, aquella emoción tomó forma concreta. Mi madre me regaló los dos tomos de Quo Vadis, de una edición de 1912, que aún conservo. Cada vez que vuelvo a ellos, no solo releo la novela: regreso a la casa de mis padres, en Otavalo, a ese patio central donde la luz entraba con suavidad y las macetas olían a tierra recién regada.
De derecha a izquierda aparecen Dorys Rueda; su padre, Ángel Rueda Encala; su madre, Angelita Rodríguez; y sus hermanos Miguel Ángel, Soraya y Gladys (†).
Casi al mismo tiempo, se abrió otro camino lector. Mi padre me acercó a los libros de Agatha Christie, su autora favorita. Con esas lecturas descubrí otro tipo de placer: el de seguir una historia paso a paso, observar a los personajes, dejarme llevar por la intriga y avanzar sin querer detenerme hasta llegar al final.
Esa inclinación por las historias no se limitó a los libros. Durante años se fue alimentando en un espacio cotidiano y profundamente afectivo: las sobremesas familiares en Otavalo. Allí, mis padres nos contaban, a mis hermanos y a mí, las leyendas de distintas ciudades del Ecuador, en especial las de la provincia de Imbabura.
Dorys Rueda (de izquierda a derecha) junto a sus padres y hermanos.
Con los años, la mesa familiar se transformó en un umbral hacia lo desconocido. La realidad se desdibujaba y daba paso a mundos cargados de misterio, donde la fantasía y el temor convivían con naturalidad. Criaturas míticas, espíritus errantes y héroes legendarios poblaron esas noches, haciendo que el tiempo pareciera detenerse y que el silencio se llenara de asombro.
Aquellas veladas no solo estimularon mi imaginación, sino que me enseñaron el valor de la tradición oral y la importancia de preservar las historias de nuestro país. Sin saberlo, en cada relato se iba gestando un interés profundo por las leyendas ecuatorianas, sembrado con cuidado por mis padres.
Ese recorrido encontró mayor claridad cuando ingresé a la Facultad de Letras y Literatura de la PUCE del Ecuador. La universidad se convirtió en el espacio donde esa pasión tomó dirección y también en una aliada de mis padres, quienes, al ver mi compromiso con la carrera, me animaron a emprender un desafío que hasta entonces no había considerado: recopilar las leyendas de Otavalo, muchas de ellas al borde de desaparecer.
Una de las veinticinco mujeres otavaleñas más destacadas por su trayectoria (2024)
Fue entonces cuando la historia dio un giro decisivo. Me pusieron en contacto con don Luis Ubidia, el gran maestro otavaleño, quien se convirtió en mi mentor en el mundo de las historias y las tradiciones. Con una generosidad excepcional, me compartió el material que había reunido a lo largo de su carrera docente para que lo estudiara y lo llevara a la escritura, asegurando que ese conocimiento no se perdiera con el tiempo.
Acepté el reto con entusiasmo y aquí sigo, décadas después, con la misma convicción: trabajando para que esos relatos sigan vivos.
Esa labor de recopilación y preservación de la tradición oral del Ecuador me ha llevado a impulsar proyectos colaborativos junto a escritores de Otavalo y de diversas regiones del país. De ese trabajo han nacido libros en los que participo como coautora, obras que buscan reflejar la riqueza cultural de nuestra tierra y dar voz, desde la literatura, a las tradiciones, memorias y sueños que nos definen como pueblo.
Placa conmemorativa de la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, Núcleo de Imbabura.
2. De los libros que usted ha leído, ¿hay algunos que los recuerde siempre?
El Principito es un libro que me ha acompañado a lo largo de distintas etapas de mi vida. Llegó a mí en la niñez, regresó con fuerza en la adolescencia y continúa dialogando conmigo hasta hoy. No ha sido una lectura fija, sino un texto vivo que se transforma con el tiempo y que, en cada reencuentro, me ofrece nuevas preguntas, frases reveladoras y emociones que adquieren otros sentidos según el momento en que lo leo.
En la niñez me hablaba de la amistad, de la imaginación y de la importancia de no perder la capacidad de asombro. En la adolescencia se volvió un refugio y una forma de comprender la soledad, los afectos y las primeras decepciones. Hoy, desde mi mirada adulta y como maestra, me interpela desde otros lugares: la responsabilidad afectiva, la mirada crítica sobre el mundo adulto y la necesidad de enseñar a mirar con el corazón.
Por eso lo recuerdo siempre y vuelve una y otra vez a mis lecturas, como esos libros que no se agotan, porque en realidad nunca dicen lo mismo dos veces.
- El sitio “El mundo de la reflexión” ¿nació con algún objetivo específico?
En 2013, mi esposo y yo, ambos maestros, vimos la necesidad de crear un sitio web gratuito y confiable para el público. Vivíamos un momento en el que la información abundaba, pero no siempre era accesible sin costo. Al mismo tiempo, consideramos fundamental contar con un espacio donde pudiera publicarse el trabajo que yo había recopilado e investigado desde 1980 en torno a las leyendas de Otavalo y del Ecuador.
A esa motivación se sumó otra inquietud: ofrecer a los docentes un lugar para compartir reflexiones sobre su práctica educativa. Creíamos, además, que era importante dar visibilidad a las obras de autores ecuatorianos, no solo para fomentar nuevas voces, sino también para incentivar el amor por la lectura y la escritura.
De esa conjunción de propósitos nació elmundodelareflexion.com, un portal sin fines de lucro. Actualmente soy la directora general del sitio y mi esposo es el productor, a cargo de su financiamiento. Con el paso de los años, el número de usuarios ha crecido de manera sostenida, sin necesidad de publicidad pagada.
Los libros digitales que he publicado hasta el momento se encuentran disponibles en este espacio y pueden descargarse de forma gratuita, como parte de nuestro compromiso con el acceso libre al conocimiento y a la cultura.
Lanzamiento de 4 libros digitales (2024)
Cámara de Comercio de Otavalo
(De izquierda a derecha: Fernando Larrea Estrada, Ramiro Velasco,
Criss Ordóñez, Dorys Rueda, Luis Hernández y Patricio Vásquez)
4. Hemos visto que su actividad literaria es constante. ¿De dónde viene esa energía para realizar los proyectos?
Esa energía nace, ante todo, del gusto por leer y escribir, una pasión que me acompaña desde muy temprano y que vuelve a encenderse cada vez que inicio un nuevo proyecto. Leer y escribir forman parte de mi manera de estar en el mundo: a través de ellas pienso, observo y dialogo con lo que me rodea.
Pero esa fuerza no surge solo de mí. Proviene del amor y la guía de mis padres, quienes me enseñaron a valorar la palabra y a respetar la memoria; del apoyo constante de mi esposo, compañero de camino en cada idea y en cada desafío; y del vínculo profundo que mantengo con mi país y con mi ciudad natal, Otavalo. Sus historias, sus tradiciones y su gente siguen siendo una fuente inagotable de inspiración y el impulso que me anima a seguir creando.
Dorys Rueda con Romel Rojas,
Radio Armonía: Programa “Café en Armonía”
5. Cuando termina de leer un libro, ¿qué es lo que hace después?
Cuando termino un libro, rara vez me quedo en silencio. Casi siempre hay otros dos o tres esperándome, abiertos a la mitad, marcados con una hoja, una nota o simplemente retenidos en la memoria. Leer es parte de mi vida cotidiana, una práctica constante que no se cierra con la última página, sino que continúa resonando y enlazándose con otras lecturas.
Después viene la escritura, que también es un hábito diario. Escribo todos los días, con constancia y sin prisa, para mantener vivo mi sitio web. Allí comparto reflexiones nacidas de lo cotidiano, leyendas que regresan desde la memoria y cuentos que aparecen casi sin avisar. No escribo pensando de inmediato en un libro, sino en la necesidad de seguir dialogando con la palabra.
Con el tiempo, ese ejercicio silencioso y perseverante va tomando forma. Los textos comienzan a encontrarse entre sí, a ordenarse y a pedir un espacio propio. Así han ido naciendo mis libros, de manera natural, según el proyecto que esté en marcha.
Hasta el momento he publicado diecisiete libros, todos fruto de ese trabajo continuo, de la lectura constante y de una relación cotidiana y honesta con la escritura. Actualmente, tres nuevos libros se encuentran en proceso de publicación. Dos de ellos son de mi autoría: Reflexiones, volumen 2 y Cuentos en voz baja. El tercero es un trabajo en coautoría con el poeta Rubén Darío Buitrón, titulado 31 sentidos y un mito.
Feria de libro autores otavaleños, 2025
6. Otavalo, la ciudad eterna para los otavaleños… ¿Qué olores, sonidos e imágenes le provocan nostalgia?
Cuando pienso en Otavalo, mi memoria se dirige de inmediato al antiguo Mercado 24 de Mayo, hoy Plaza Cívica. Durante muchos años fue el corazón de la ciudad y también un espacio muy presente en mi infancia.
Desde la madrugada el mercado ya estaba en movimiento. Las familias llegaban cargadas de productos, abrían sus puestos, se saludaban, y poco a poco el lugar comenzaba a latir. Los colores de las telas, de las frutas y de las verduras llenaban los espacios y hacían que todo se viera vivo. No era solo un sitio para comprar o vender; era un punto de encuentro donde indígenas y mestizos compartían el mismo lugar con naturalidad, como parte de la vida cotidiana.
Guardo con claridad los sonidos de ese espacio: la música que salía de los kioscos, las voces de los vendedores anunciando café, colada o morocho y ese murmullo constante que nunca llegaba a ser molesto. A esos sonidos se sumaban los olores: el café recién hecho, el pan caliente y los productos frescos que llegaban desde las comunidades cercanas.
Con el paso del día, el mercado iba bajando el ritmo, como si también necesitara tomar aliento después de tanto movimiento. El frenesí se suavizaba, las voces se volvían más cercanas y la prisa daba paso a una calma serena. Entonces, las calles quedaban libres para nosotros, los niños, hijos de los vendedores del mercado. Nos bastaba con correr, jugar, saltar e inventar historias; esa era nuestra diversión.
Hoy el Mercado 24 de Mayo ya no existe, pero sigue latiendo con fuerza en mi memoria. No lo conservo solo como un lugar, sino como una experiencia compartida, hecha de rostros, voces y momentos que dejaron huella. Allí aprendí a mirar con atención, a escuchar con paciencia y a reconocer el pulso de la ciudad en sus calles. Ese recuerdo me devuelve siempre a mis orígenes y me recuerda por qué esas raíces siguen siendo tan importantes en mi vida.
Autora del Himno de la Cámara de Comercio de Otavalo (2025)
7. ¿Qué es lo que la mayoría de la gente no sabe de usted?
Quizás la mayoría de la gente no sabe cuánto disfruto cada viaje que hago a Otavalo y a Ibarra. Volver a mi provincia no es solo un desplazamiento geográfico, sino un reencuentro profundo con mi historia personal. Allí entrevisto a personas que guardan saberes, memorias y anécdotas que no suelen aparecer en los libros, y cada conversación se convierte en una oportunidad para seguir aprendiendo y para mantener vivo el vínculo con mi entorno.
Estar en Otavalo refuerza mi sentido de pertenencia. Funciona como un ancla, como un punto de referencia que me recuerda de dónde vengo y por qué escribo lo que escribo. Caminar por sus calles, escuchar las voces conocidas, sentarme a conversar sin prisa y compartir tiempo con mis hermanos, me devuelve una calma difícil de encontrar en otros espacios.
También es poco conocido que uno de mis pasatiempos favoritos es caminar por el centro de Quito y de Otavalo, de la mano de mi esposo. Esos recorridos sencillos se han convertido en un verdadero bálsamo: un tiempo de silencio compartido, de observación tranquila y de descanso para la mente. Esa pausa, lejos del trabajo de escritorio, me permite respirar, renovar energías y volver a mis labores con mayor claridad, entusiasmo y vitalidad.
El Comité Internacional de Fashion Art & People le otorgó el Starlight Award 2025 – Premio Especial, distinción que destaca su compromiso sostenido con la memoria cultural y la transmisión de saberes.
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Fuente: Rueda, Dorys. Comunicación personal, 4 de febrero de 2026.