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El Señor de las Angustias

Posted on 2026-04-272026-04-27 by L. Hdez

EL SEÑOR DE LAS ANGUSTIAS
Escrito por Jaime Núñez Garcés

 Empezaré desvirtuando, si cabe el término, la creencia arraigada en un considerable sector de que el Señor de las Angustias llegó hace mucho tiempo en el interior de un cajón sobre el lomo de una mula errante. Más que un hecho histórico, es una narrativa simbólica convertida en leyenda, comparable a otras similares.

Esta portentosa imagen, data aproximadamente del siglo XVIII (alrededor de 1734), es decir que al momento tendría una permanencia de prácticamente tres siglos. Su creación ha sido atribuida a uno de los virtuosos exponentes de la escuela quiteña, movimiento artístico-cultural desarrollado en la Real Audiencia de Quito durante la época colonial, siendo los mayores representantes: Miguel de Santiago, Nicolas Javier de Goríbar y Manuel de Samaniego en pintura y José Olmos, Manuel Chili, más conocido como “Caspicara” en escultura y el posible autor: Bernardo de Legarda.

En el período comprendido entre 1700 y 1750 se sitúa la llegada y posterior consolidación del culto al Señor, cuya advocación, deriva de que este verdadero ícono taumatúrgico, representa el dolor colectivo, de allí la nominación “angustias”. Estimo conveniente, hacer una revisión cronológica del lugar físico donde en su momento, miles de creyentes han ofrendado su devoción y fielmente, persistir en rendir culto.

San Luis, es la iglesia más antigua de nuestro entrañable suelo, cuyo origen se remonta al año 1600, poco después de la consolidación de Otavalo como Asiento fundado por Sebastián de Benalcázar, quien designó patrono a San Luis Obispo de Tolosa, por pedido de dos frailes franciscanos que le acompañaban. No hay un año preciso de construcción porque en aquella época, tales obras eran levantadas por etapas. Los primeros en arribar fueron precisamente frailes franciscanos, quienes erigieron una primera capilla doctrinera, construcción de adobe y madera, con techo de paja como cubierta, estilo típico de las primeras iglesias de evangelización, dirigida prioritariamente a los pueblos indígenas a través de una enseñanza religiosa metódica básica, orientada a fomentar la comunidad y fe cristianas, siendo el primer doctrinero el clérigo Juan Dorado.

Plaza mayor o “plaza de la constitución” con la iglesia de San Luis al fondo. Foto. Archivo particular (inicios del siglo XX).

Considerando que para 1790, esta iglesia había adquirido notoriedad, el coronel Don Jacinto Rodríguez Lavayen y Bejarano, impuso la Orden de Caballero de Santiago. Además de prestigio, el templo estaba ricamente adornado, y la devoción por el Señor de las Angustias, había adquirido fama en todo el virreinato, siendo secularizado en 1753 por el obispo Felipe Nieto Polo del Aguila.

En las postrimerías del coloniaje, el sabio, patriota y mártir originario de Popayán Francisco José de Caldas y Tenorio, describió:

       “En Otavalo, el agua es clara, fresca y de las mejores de la cordillera. Su población está situada en un perfecto plano, cercado de las colinas de que hemos hablado. Yo he formado un plano al paso para dar una idea de la población y de su disposición. Las calles son rectas, de un ancho proporcionado, los edificios de todo como en Quito. Tienen un convento de padres franciscanos en corto número, y mantienen dos curas seculares. La iglesia mal situada, de costado a la plaza principal como las demás destos pueblos”. En efecto, San Luis estaba orientada en sentido sur norte, su fachada sobresalía en la esquina nororiental de la intersección entre las actuales calles García Moreno y Modesto Jaramillo, consecuentemente, la nave central se extendía paralela a la hoy plaza cívica, en aquella época, lugar del descanso eterno. En el sector norte de esta manzana, adjunto al templo, se asentaba la guardianía o convento de los discípulos de “il poverello de Asís”, cuyo ingreso consistente en un arco grande denominado “la alcobilla” se situaba en el lugar que hoy ocupa el torreón. Finalizada la etapa independentista, la administración pasó a manos de sacerdotes diocesanos.

Domingo, 16 de agosto de 1868, hora primera más 15 minutos. Al súbito sacudón trepidatorio de aquella fría madrugada, siguieron los espantosos estruendos provocados por el derrumbamiento de iglesias, casas y tapias.  El sobresalto y la confusión, precedieron a los gritos desgarradores y lamentaciones, el pánico se propagó entre los sobrevivientes. En la quinta de la familia Pérez Quiñonez, sucumbió la fábrica San Pedro recientemente construida, perecieron, su propietario y fundador, Don Pedro Pérez Pareja más doce personas, sobrevivieron su esposa y sus once hijos, entre los cuales encontraron a Fernando, Carlos (Jefe de Estado Mayor, Subsecretario del Ministerio de Guerra y Ministro de Hacienda cuando adulto) y al menor de ellos, Ulpiano, quien llegó a ser Obispo de Ibarra y Riobamba. Tan solo en nuestro cantón fueron en total 6000 las víctimas mortales, incluido el Vicario Foráneo Daniel Tapia. Removiendo los escombros con dificultad el padre José Rodríguez penetró en la iglesia para recoger la custodia y bendecir a los damnificados, entre maderos y adobes Nicolasa Jaramillo encontró intacta a la Virgen del Tránsito. Testigos silentes de esta terrible hecatombe son las campanas que siguen cumpliendo con su misión de acolitar el llamado de Dios. En sus bordes, son legibles las fechas de fundición: la grande, febrero de 1864 y la pequeña enero de 1855.

Monseñor Ulpiano Pérez Quiñonez, Obispo de la Diócesis de Ibarra (1907-1916). Foto. Archivo histórico del Ministerio de Cultura y Patrimonio.

Fecha fatídica donde tuvo cabida un cataclismo apocalíptico. Marcó una etapa definitiva tanto en la historia del templo como en la del redentor crucificado. Debieron transcurrir doce años para dar inicio a los trabajos de reedificación, ardua y encomiable labor a cargo del arquitecto Fernando Pérez Quiñónez. La nueva iglesia se construyó frente a la plaza principal, cambió su orientación en sentido oriente occidente (hacia 1883 el polifacético Higinio Muñoz de nacionalidad colombiana, elaboró el primer plano de Otavalo donde es notoria la nueva ubicación). El nuevo diseño –de influencia renacentista– plasmó en los planos una planta en cruz latina con tres naves, intervinieron maestros de obra y la comunidad mestiza e indígena, incorporando elementos más sólidos como piedra y ladrillo. El terreno que ocupaba la parte norte de la construcción anterior, fue destinado a carnicería. Con la colocación de la amplia cubierta en 1890, el esfuerzo mancomunado de un pueblo que siempre permanece de pie, llegó a feliz término.

Ibarra. Ruinas de la Compañía de Jesús despues del terremoto de 1868. En este sitio está ubicado actualmente el Banco Pichincha (esquina sur oriental del parque Pedro Moncayo). Foto. Archivo particular.

Por pedido del Reverendo Darío Martínez Orbe, la refacción de Jesús doliente, fue realizada a plenitud por el escultor Gregorio Ortega. Incluyó restauración íntegra, disminución de las proporciones (la escultura original, era más corpulenta, de miembros más vigorosos) y el brillante retoque final. La rotura de una pierna constituyó el destrozo mayor, una vez cambiado, este miembro se entregó a la familia Jaramillo Torres y posteriormente, fue guardado y conservado en casa de Don César Gómez.

Tales labores fueron realizadas en Cayambe, lugar de residencia del coterráneo, quien gozaba de cierta fama de santidad, pues, solía esculpir los santos –tal fue su especialidad– usando cilicios (ropaje utilizado para provocar deliberadamente dolor o incomodidad) y arrodillado. De su iniciativa nació en 1871, la intención de crear una escuela gratuita de escultura, no prosperó, porque a las autoridades simplemente no les interesó el proyecto, algo que es muy usual hasta en nuestros días, cuando un buen emprendimiento no concede rédito político.

Como resultado del accionar incisivo de gurbias, cinceles y formones sobre el cristo doliente, salpicaron astillas y virutas que, recolectadas cuidadosamente junto a otros fragmentos sobrantes, fueron a parar en manos de la feligresía otavaleña que atesoró estos residuos como una sagrada reliquia al trasladarse a Cayambe para traer de vuelta a casa la imagen completamente restaurada. En solemne procesión, nuestro Señor de las Angustias ingresó en 1890 a la ciudad, acompañado de cánticos hasta ser depositado en el altar mayor, hermoso retablo dorado de rasgos barrocos. Desde entonces, su conmovedora expresión, inspira una devoción única, traducida en veneración generalizada y en plegarias muy sentidas. Una composición mística característica de la escuela quiteña, fue representar fidedignamente la escena bíblica del calvario con el Nazareno crucificado al centro, la Virgen María y San Juan Evangelista, detalle conservado en este templo hasta 1913, posteriormente, las imágenes de la Madre Dolorosa y San Juan, fueron ubicadas en otros altares.

Ante la imposibilidad de detener su marcha implacable, el tiempo consumió calendarios efímeros, saturados de atardeceres lánguidos y alboradas esperanzadoras.

Con fecha 18 de abril de 1955, el Dr. César Eduardo Egas, presidente de la municipalidad, suscribió el acuerdo pertinente, consagrando al Señor de las Angustias Patrono de esta ciudad.

El Concilio Vaticano II, convocado en 1962 por el Papa Juan XXII, constituyó el sínodo universal de la iglesia cristiana. A este concilio, celebrado en la Basílica de San Pedro, asistieron más de 2000 obispos, provenientes de todo el globo para promover el desarrollo de la fe católica. Entre los presentes, estuvo Monseñor Silvio Luis Haro. Conocedor de que el Obispo de la Diócesis de Ibarra estaba invitado, el padre José Nabor Rosero, con fecha 11 de octubre de 1962, solicitó al prelado mediante oficio, interceda ante su Santidad para que la iglesia de San Luis, sea declarada santuario nacional.

Reverendo José Nabor Rosero. Retrato. F. Raimundo Mora (técnica: lápiz sobre poliester).

Cumplido el encargo, a través de una misiva fechada en Roma, “la ciudad eterna” el 23 de noviembre del mismo año, después de proceder con los trámites de rigor, el 31 de enero de 1963, el Papa Juan XXIII, Angelo Guiseppe Roncalli, “el Papa bueno” así llamado, erigía a la iglesia de San Luis en Santuario Nacional.

Su Santidad Papa Juan XXIII. Foto © Opusdei.org.

Señor de las Angustias, protector espiritual de nuestro pueblo, símbolo de identidad religiosa, local y nacional ¡Cristo de la otavaleñidad! Líbranos del mal.

Otavaleñas, otavaleños.

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Fuente: Núñez Garcés, Jaime. Comunicación persona, 26 de abril de 2026.

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