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El decreto que Bolívar ofrendó a Otavalo

Posted on 2026-10-302026-10-30 by L. Hdez

EL DECRETO QUE BOLIVAR OFRENDO A OTAVALO
Escrito por Jaime Núñez Garcés

El asiento fundado por Sebastián de Benalcázar en 1535, elevado a corregimiento por voluntad del Rey Felipe II en 1557, decretado villa por la Junta Soberana de Quito en 1811 y cantonizado el 25 de junio de 1824 al amparo de la Ley de División Territorial dictada en el Congreso Grancolombiano, creándose la provincia de Imbabura, es desde hace 197 años una ciudad que, sustentada en el esfuerzo mancomunado de sus hijos, cumple su compromiso con la historia.

Consciente de que en la villa hospitalaria era recibido con veneración y pleitesía, el General llegó satisfecho por octava y última ocasión, le acompañaban algunos oficiales, un amanuense y su fiel sirviente José Palacios, esta vez, se hospedó en casa del Jefe Político Municipal Don José Castro.

Recibió a los ediles Antonio Albuja y Miguel Narváez Guerrón, conoció del acto mediante el cual sería homenajeado al día siguiente; dialogó con Joaquín Rivadeneira Fajardo, José Villacís, José Torres, Francisco Endara, Francisco Garcés, Fernando Escobar y con los hermanos Antonio y José Jaramillo.

Aquella mañana del sábado 31 de octubre de 1829, el secretario Domingo Espinar transcribió diligente, contagiado del fervor cívico que en Bolívar vibraba al momento de dictar su resolución, afuera, la fachada del Cuartel General de Otavalo, recibía en su pálida faz a los rayos solares complacientes. Momentos después, Don José Castro, como autoridad del ayuntamiento, recibió de manos del Libertador el magno decreto, mientras el campanario cercano, pregonaba con repiques sonoros un júbilo que terminó generalizándose.

Foto: Facsímil del decreto realizado por Edwin Rivadeneira.

Después del día de difuntos, el Gobernador de la Provincia Joaquín Gómez de la Torre a quien Simón Bolívar dio título de Coronel en su primera visita a Imbabura (viernes 14 de junio de 1822), devolvió a Otavalo el decreto original debidamente sancionado para que Juan de Atiencia, escribano público y de hacienda, proceda a publicarlo por bando como era costumbre y posteriormente archivarlo.

Foto: Simón Bolívar. Autor, Antonio Salas (1784-1860), considerado el mejor retratista de fines de la época virreinal e inicios de la republicana. Oleo pintado al natural, es decir, el libertador habría posado en aquella ocasión, consecuentemente, esta pintura está considerada como la representación más fidedigna de su fisonomía. El cuadro original reposa en el Museo Bolivariano de Caracas.

Muchos años después, se extravió el manuscrito, dando origen a dudas y conjeturas no esclarecidas sobre el destino del quizá, último decreto expedido por el Libertador al dejar suelo ecuatoriano, antes de emprender el viaje hacia su ineluctable cita en San Pedro Alejandrino.

Foto: Bosquejo de Bolívar. Durante el trayecto hacia la cita inexorable con el final de su existencia en San Pedro Alejandrino, Bolívar hizo un alto en Cartagena de Indias. En algún rincón del castillo de San Felipe, José María Espinosa (1796-1883), pintor, militar y cronista colombiano, le hizo un retrato donde es fácil percibir su rostro alterado por la enfermedad y el estado anímico.

VAIVENES AMBULANTES DEL DOCUMENTO

Eulalia Barrera, hija del eximio polígrafo otavaleño Don Isaac J. Barrera y articulista de pluma lúcida, refería que por 1904 -según había narrado su padre- llegó a Otavalo el historiador carchense Don Roberto Andrade, vino acompañado de su hijo, quien trabó amistad con el entonces joven Barrera. Juntos solían deambular por las calles solariegas, abordando diversidad de temas, incluidos obligatoriamente los de carácter histórico o literario. Al notar el interés y conocimientos demostrados por su interlocutor, Roberto Andrade (hijo), le llevó un día varios papeles de su padre para que los revisara, uno de ellos, en tinta borrosa, llamó poderosamente la atención de Barrera, pues, tenía la firma del Libertador, la sorpresa fue mayúscula cuando al descifrarlo encontró que el documento contenía el siguiente decreto: “República de Colombia, Simón Bolívar, Libertador de la República de Colombia, etc., etc., etc., Considerando que la Villa de Otavalo es bastante populosa, y que por su agricultura e industrias es susceptible de adelantamiento. He venido en decretar: Artículo único. La Villa de Otavalo queda erigida en Ciudad y como tal gozará de todas las preeminencias de las demás ciudades de la misma clase…¨. Con la acuciosidad del caso, y visiblemente emocionado, copió el texto íntegro para enviarlo al periódico “La República”, que lo publicó con la deferencia especial que daba a sus envíos. “Esa publicación salvó del olvido a un documento tan precioso, pues en el éxodo perenne del Sr. Andrade parece haberse perdido irremediablemente. La suerte quiso que hiciera a mi ciudad natal la ofrenda de esa publicación”, escribió posteriormente el literato insigne (es menester señalar que, habiendo partido desde “la cobija de todos”, el “padre de la patria” hizo un alto en Ibarra y el lunes 2 de noviembre –día de difuntos– emitió un decreto idéntico, de características similares, de tan solo un artículo único, con una ligera variación al inicio: “Considerando que la Villa de Ibarra por su estructura, población, y establecimientos públicos, va progresivamente adelantándose”, difiere también la fecha de la emisión del decreto en el párrafo final. Quedan abiertas dos posibilidades, número uno, quizá desconocía que Ibarra y Riobamba ya fueron declaradas ciudad el 16 de noviembre de 1811 por la Junta Soberana de Quito –ocasión en la cual Otavalo fue declarada villa– y la subsiguiente, su intención fue ratificar la jerarquía de ciudad, aunque el contenido nos hace pensar que refleja abiertamente la primera probabilidad. El documento original de esta ordenanza, forma parte del patrimonio histórico de la región y es debidamente custodiado en el Archivo Histórico Municipal de la Alcaldía de Ibarra).

Roberto Andrade.

Otras versiones señalan que para 1909, cuando el presbítero franciscano Amable Herrera publicó la Monografía de Otavalo, el decreto reposaba en la jefatura política.

Foto: Decreto original de erección al rango de ciudad a Ibarra (Archivo Histórico Municipal de la Alcaldía de Ibarra). Es fácil deducir que el documento rubricado en Otavalo dos días antes, debió (¿o debe?) ser similar: la misma firma, el mismo tipo de papel y tamaño de hoja, la misma caligrafía.

El último día de octubre del año 1928, Otavalo conmemoraba su nonagésimo noveno aniversario de vida ciudadana. Amaneció embanderada, entre canto de gallos, aires marciales y el entusiasmo general. La ocasión, demandó vestir trajes elegantes con tufo a naftalina, para salir al encuentro de la numerosa comitiva encabezada por el entonces Presidente de la República Sr. Dr. Isidro Ayora, quien en el tren primerizo, llegó para solemnizar con su presencia, la inauguración del servicio ferroviario. Esa memorable fecha, con pitazos estridentes lanzados desde “la tercer línea”, el progreso incontenible anunció su arribo a tierra Sarance.

Con tal motivo, se publicaron copias legítimas del decreto de erección a ciudad, las cuales fueron distribuidas entre los dignatarios del gobierno, dándose fe en esa época, de la existencia real del documento.

Existen indicios sobre el posible paradero de tan valioso edicto histórico, de aparecer algún día, será como renovar la veneración de un “pueblo que está de pie” para con el genio de la guerra y de la paz.

Tan magnos acontecimientos, la visita del libertador por un lado y el habernos legado la condición de ciudad a través del decreto firmado de su puño y letra, enriquecen de manera patrióticamente honrosa la historia del idílico “valle del amanecer”. A partir de aquel 31 de octubre de 1829, fue considerada fecha clásica hasta que el Ing. Federico Páez, Encargado del Mando Supremo de la República, mediante decreto Nro. 33, en su parte pertinente Decretó: “Artículo único.- Declárase fiesta cívica para el Cantón Otavalo el 31 de octubre de todos los años.- El Señor Ministro de Gobierno encárguese de la ejecución del presente Decreto.- Dado en el Palacio Nacional, en Quito, a 17 de octubre de 1935.- (f) Federico Páez.- El Ministro de Gobierno, (f) A. A. Bayas.- Es copia.- Su Subsecretario de Gobierno.- (f) Ed. Vásconez Cubi”. Este decreto publicó por bando el primer escribano de Otavalo Don Carlos A. Torres, a las cinco de la tarde del día 30, acto solemnizado por los aires marciales interpretados por la banda de músicos de la Sociedad Artística, entidad cuyo consejo directivo presidido por el Sr. José María Chávez Pareja, solicitó mediante oficio del 1 de octubre dirigido al entonces presidente interino “se digne decretar que el 31 de octubre de todos los años sea declarada fiesta cívica para todo el cantón otavaleño”.

Ingeniero Federico Páez Chiriboga, Presidente Interino de la República del Ecuador (1935-1937). Foto © Wikipedia.

Apenas un trienio nos separa para conmemorar el bicentenario de vida ciudadana, efemérides que confiamos debe revestirse durante todo octubre de sus mejores galas, con un desfile cívico-militar como colofón magnificente de tal celebración. Debieron transcurrir algunas décadas para que este evento sea interrumpido por una desatinada decisión, adoptada después de que nuestro suelo fuera pisoteado obedeciendo intereses protervos.

Con razón suficiente, Alejandro Carrión, vigencia perennizada en prosa y verso, al transcribir al papel su pensamiento anotó: “Fue el progreso de Otavalo, la voluntad de progreso de sus moradores, su agricultura e industrias, lo que movió al Libertador a condecorarle con el título de ciudad. Y es esa misma voluntad progresista, sin lugar a duda, la fuerza que la sigue manteniendo entre las ciudades ecuatorianas que gozan clase. Nuestro país ha visto nacer y morir ciudades. Otavalo no va a morirse: la vitalidad de su pueblo la mantiene pujante, esplendorosa”.

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Fuente: Núñez Garcés, Jaime. Comunicación personal, 27 de octubre de 2026.

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