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A Peguche, Ilumán

Posted on 2026-02-242026-02-24 by L. Hdez

“¡A PEGUCHE ILUMÁN!”
Escrito por Jaime Núñez Garcés

Tal cual. Exclamación resonante, pronunciada de buena gana e ímpetu juvenil por quienes cumplían a cabalidad con su oficio tempranero de “controladores” así denominados, anunciando la próxima salida del bus que cubriría el imprescindible servicio mediante un pausado rodar hasta las parroquias rurales mencionadas y lugares intermedios.

Haber sido uno de los protagonistas que tuvo cabida en esta película real, registrada a vivos colores de una existencia personal y conservada intacta sobre las estanterías del archivo fílmico íntimo, me permite desenrollar el hilo narrativo de un papel desempeñado con infantil soltura.

Fue hasta la temporada vacacional del año 1964 que, junto a mis hermanos, utilizamos esta modalidad de transporte, nos permitía trasladarnos como escueleros cumplidos desde San Miguel hasta Otavalo, asistir los domingos a misa, al cine (matiné) cuando el buen comportamiento era premiado o por alguna otra razón salir a la ciudad, dirigirnos al parque infantil cada sábado, por ejemplo, si es que no había que hacerlo “a pata”.

Cuando se inició el año lectivo 64-65, ya habíamos estrenado nuevo lugar de residencia, la “cobija de todos” y “san sebitas”, “el barrio de los olleros”, nos acogió en su seno ensoñador, nuevos vecinos, otros rincones por descubrir, sus calles solariegas… la fragancia de su encanto. Significó un cambio radical que evitaba nuestro diario trajinar “cabalgando” sobre aquellas unidades de transportación rural, generalmente utilizadas por escolares, colegiales, otros usuarios y aquellos jóvenes ilumanenses quienes, aprendiendo el oficio de la sastrería, tras haber ingresado en la universidad de la vida, ya laboraban sobre suelo urbano. En primeros planos, aparecen patéticos los rostros de cada protagonista: el trío de las hermanas Mármol y Milton, su hermano mayor; Lupe, Oswaldo y Cristina Romero; los hermanos Domínguez y las hermanas Gavilanes; los seis hermanos Carrión, adelantándose cada mañana en el jeep Willys conducido con cariño paternal por Don Jorge; Yolanda y Magdalena, las hermanas Hinojosa, Jaime, su hermano mayor;  los ñañitos Lema que junto a mis queridos hermanos con Alfredo, Marcelo y Liliana Cisneros, formábamos una  numerosa gallada, aguaitando frente a la fábrica San Miguel al vehículo atiborrado de alumnos tan estudiosos como inteligentes (supuestamente). Amigos unos, muy conocidos otros, cercanos todos, algunos ya no están; pero permanecen retenidos en mi memoria dadivosa.

Un impulso irrefrenable me obliga a detener el avance por la plácida senda de tiempos que no volverán, maniobrando la palanca reminiscente, doy marcha atrás y torno a desempolvar otras minucias de historia colindante.

Fue el ciudadano ibarreño Alfredo Ruales –residente en estos lares– quien marcó la señal de partida, inaugurando los viajes a Peguche e ILumán, allá, cuando la década de los años cincuenta ya fenecidos, había comenzado. Poseedor de dos unidades que brindaban el práctico y útil servicio, una mala maniobra del conductor, provocó la colisión aparatosa de uno de estos buses, resultando seriamente afectado y en tales condiciones, su costo notablemente disminuido, circunstancia providencial aprovechada por mi inolvidable padre para comprar ese vehículo tal y como quedó. La vacante, producto del inesperado percance, fue cubierta a los pocos días, el mismo automotor debidamente reparado, un nuevo dueño, una intención similar. En tales circunstancias, Alfredo Ruales decidió retornar a la ciudad blanca para dar continuidad al irrenunciable propósito de servir al prójimo desde un peldaño más elevado: la Flota Imbabura.

Con total y absoluta convicción, puedo ubicar sobre esta parte del camino, a los albores del transporte interparroquial, fortalecido décadas más tarde por la Cooperativa 8 de Septiembre (a partir de su conformación, 7 de abril de 1973) cuyos recorridos empezaron a extenderse, bifurcándose por todo el sector urbano.

Para satisfacer la demanda debido al aumento progresivo de viandantes, “el maistrito Carlos”, optó por adquirir un chasis en Quito Motors, por aquel entonces concesionario de la marca Ford, el trabajo complementario, cual fue, ensamblar a la perfección una carrocería, estuvo a cargo del quiteño N. Flores, años después, los trabajos de refacción o cambio total de estas estructuras de madera, estuvieron a cargo del calificado y único carrocero de aquel Otavalo encantador: Don José Hernández. Acto seguido, se consideraron nombres de quienes conformarían el elemento imprescindible para dar continuidad y con cierta solvencia profesional a la tarea inherente. Incursionar en el mundo ambulatorio del volante, requería de preparación, asistencia que por esa época proporcionaba la Escuela de Capacitación del Sindicato de Choferes de Ibarra. 

Carlos Núñez Hernández (Ambato 1910 – Otavalo 1977) Foto © Archivo personal Jaime Núñez G.

Dice el adagio “uno sabe donde nace, pero nunca donde acaba”, sentencia que, confabulada con la casualidad, tuvo fiel cumplimiento en las juveniles existencias de mis tíos Enrique y Luis, quienes, una vez llegados del terruño florido y frutícola de los tres juanes, optaron por ingresar al instituto ibarreño para poder obtener el brevet (equivalente a la licencia de conducir). Cumplido el ciclo de instrucción donde a más de las clases prácticas, se impartían conocimientos básicos de mecánica automotriz, relaciones humanas y urbanidad, cultura general y leyes de tránsito, los hermanitos Garcés tomaron las riendas y ¡a manejar se ha dicho! Recorriendo un poético segmento de los caminos del Imbabura.

Las aguas continuaron fluyendo bajo el puente inexorable del tiempo y la flotilla de transportistas aumentó, consolidándose así, un sólido puño de servicio al sector rural conformado por: Jorge “comandante” Dávila, Rafael Hinojosa, Bolívar Hinojosa, Anselmo Varela y Rodrigo Varela. Todos ellos, al volante de sus propias máquinas devoradoras de distancias.

“Ingreso al hospital” plumilla Prof. Guillermo Castro Chávez Foto © Colección Otavalo del Ayer.

Como suele ocurrir, los cambios no están exentos en toda actividad humana, sea por el motivo o circunstancia adoptados por sus actores, la búsqueda de nuevas oportunidades u otros motivos. De allí que, en el caso concreto de las dos unidades de mi papacito, me permito citar la nómina (meritoria, por cierto) de quienes en su momento arrimaron el hombro con total entrega: José Buitrón, René Burbano, N. Cabascango, Nelson Cadena, Jorge “comandante” Dávila, Carlos Dávila, Gabino Esparza, Hernán Gavilanes, N. Martínez, Fernando Miño, Esen Mora, Jorge Rojas, Hugo Sánchez, Alfonso Varela, Telmo Valenzuela, Vicente “copetrán” Villacrés. La gratitud o el reconocimiento nunca son extemporáneos, no claudican, son eternos, vaya para todos ellos, mi sincero tributo de reconocimiento, de igual manera y con intensidad similar, para aquellos trabajadores prematuros que desempeñaron la servicial ocupación de controladores: Humberto Artieda, Alfonso “gato” Egas, René Encalada, Wilfrido Erazo, José Erazo, Alzuro Esparza, José Esparza, Manuel Flores, Oswaldo Lema, Jorge Luna, N. Melo, Virgilio Tabango. Nombres retenidos en el acogedor firmamento del recuerdo, espacio donde muchas veces pueden tener cabida omisiones involuntarias.

De alguna manera, constituyó una escuela formativa que fortaleció la vocación de conductores innatos, a posteriori –contando ya con herramienta rodante propia– inmersos en nuevas realizaciones: Flota Imbabura, Expreso Turismo, Transportes Otavalo, Transportes Santa (Ambato).

“El Recreo” plumilla Prof. Guillermo Castro Chávez Foto © Colección Otavalo del Ayer.

El otavalito embrujador de hace años con sus callecitas cariñosamente tapizadas de cantos rodados y andesitas, prestaba acogida al estacionamiento en la calle Abdón Calderón, entre Bolívar y Roca. Entorno donde reinaba el sosiego, ornamentado por los pequeños árboles de morera (enfilados por las dos aceras hasta la 31 de octubre), en cuyas frágiles rama colgábamos travesuras y nuestra párvula contextura. El historial de cada ciudad, aldea o pueblo, atesora verdaderos personajes que con su matiz pintoresco han contribuido a extender la identidad ciudadana, concepto personal que me permito traer a colación ¿el motivo? Tres representantes callejeros de este gremio icónico, solían merodear por esta zona y demás calzadas colindantes, brindando con su presencia, pinceladas de austeridad auténtica, bautizada en nombre de la santa madre ocurrencia con atinados apelativos.

Rvdo. N. Castilla y el niño Rodrigo Núñez, junto al primer bus adquirido Foto © Archivo personal Jaime Núñez G.

Como si tendido sobre una alfombra mágica multicolor, hubiera escapado del país de las mil y una noches o brincando desde alguna encantadora narración de los hermanos Grimm, el “chimbalito” sentó sus reales en terreno sarance, pequeño, algo encorvado, las arrugas de su rostro más una expresión enigmática, indescifrable, le daban un aspecto de duendecillo ambulante exhibiendo una pinta desaliñada. Coronado por un muchico añoso y apachurrado, caminaba presuroso; pero a pasos cortitos, sin importarle si estaba circulando por la calle o sobre las aceras, en infructuosa búsqueda de colillas de cigarrillos para encendiéndolas… succionar una pitadita postrera. 

El “Tobar” era dueño absoluto de un físico medio agringado ¿recuerdan? Ojos zarcos, pelirrojo, tez blanca, siempre sonriente, dispuesto a la vacilada sana, solía “congelarse”, de pie, los ojos entreabiertos, esperando que, frente a él, algún o algunos transeúntes incautos, motivados por la curiosidad, detengan su marcha habitual, instante oportuno en el cual, nuestro personaje soltaba una resonante interjección provocando sustos, risas o también alguna cara agria. En ocasiones, detenía su andar errabundo para entonar a capela, con acentuado sentimiento apagavela y melodía vernácula: “Voy a beber el agua de la fuente y el agua de la fuente se envenena”. Persiguiendo el “sueño americano”, trasladó su existencia a Ibarra (según cuentan) donde posiblemente la huesuda le habrá salido al encuentro.

Brevet de chofer profesional. Cortesía Luis Garcés Z.

Abstraído en sus cavilaciones o balbuceando monólogos íntimos, detectábamos el accionar cotidiano del “loco Emilio” (sin que haya leído un solo libro de caballería) quien, luciendo en su rostro una barba entrecana y áspera; calzando alpargatas medio deshilachadas; vistiendo un terno ceñido, afectado por la vejez y una cachucha que cubría sus pensamientos ordenados unos, dispares otros, plasmó su quijotesca huella de caballero andante, en el memorial urbano.

Las manecillas de cualquier reloj, marcaban cada treinta minutos la señal de partida, esté lleno o vacío, el bus en turno, descendía por la “calle real”, dando inicio a una lenta sucesión de rincones ya extintos: “el recreo”, así denominada la gran casona de amplios balcones; el Hospital San Luis, cuya pequeña avenida de ingreso, lucía una vistosidad y un embeleso solariego. La quinta San Sebastián, constituía prácticamente el vestíbulo o antesala de la hacienda San Vicente, limitada al sur por una quebrada incipiente y más hacia el norte, la esplendorosa arteria custodiada por eucaliptos magnificentes que concluía en la casa de hacienda de singular arquitectura, hoy en completo, torpe e injustificado abandono, consecuentemente, presa del deterioro progresivo. Cual testigo silente, el silo de torre que durante su mejor época almacenaba fanegadas de trigo, granos diversos, o semillas a granel, se mantiene erguido, indiferente al vertiginoso transcurso de los años; mas ya no están las extensas sementeras y los potreros donde la vaquería y el rebaño de ovejas pacían entre mugidos o balidos lastimeros. Salvando una pequeña pendiente, llegábamos a la fábrica San Miguel alma bendita, el fascinante crisol donde se fundió la felicidad de mis diez primeros años, percibiendo en carne y huesos propios el traqueteo que imponía la carretera empedrada: Peguche, Quinchuquí, hasta llegar “junto a las casas blancas y lindas de ILumán”. Las subidas a Quichinche, ocurrieron posteriormente, partían con igual frecuencia desde el estacionamiento fijado frente a la escuela Gabriela Mistral.

Brevet de chofer profesional. Cortesía Luis Garcés Z.

Si las remembranzas acuden, tratando de inscribir su legitimidad en esta pequeña historia porqué no citarlas.

El cine constituía la mejor, quizá única diversión sana existente, asistir un fin de semana en horario nocturno al Bolívar o al Apolo para descubrir magia proyectada desde el celuloide a la gran pantalla, para quienes emprendían el largo viaje procedentes de las parroquias nombradas, debió ser un alivio (aunque ocasional) que uno de los buses de mi papá acuda a favorecerles para no venir y regresar “partes a pie, partes andando”. Una situación similar ocurría con una mayoritaria concurrencia de fieles a la misa del gallo en navidad y de forma repetitiva, en recorrido más corto, trasladando al personal de la fábrica San Miguel, obreras que habiendo cumplido su jornada laboral entre las 2pm y 10pm, retornaban a casita. Turnos extras con “Don Carlitos” al volante mientras mis hermanos mayores “las oficiaban” de controladores (durante los seis años en que mi hermano Pedro ocupó las aulas del Vicente Solano, los dos buses estuvieron a disposición de todo el alumnado, eran ocupados gratuitamente para los paseos a distintos lugares con una vuelta al parque de yapa). 

Brevet de chofer profesional. Cortesía Luis Garcés Z.

No creo estar cometiendo un error (a las pruebas me remito), al afirmar que, en todo suceso o hecho histórico, estuvo, está o debe estar presente un otavaleño y la apoteósica inauguración del Estadio Olímpico Municipal del Batán no podía ser la excepción, no fue uno, fueron algunos y de cepa, además. Con antelación, las radiodifusoras HCJB, Quito, Nacional Espejo y Gran Colombia, daban a conocer sobre este magno acontecimiento, complementaba diario El Comercio. Llegado el grandioso día –domingo 25 de noviembre de 1951– nuestros paisanos madrugaron para alcanzar cupo en el flamante Ford del Carlitos Núñez que con lleno “hasta la bandera” partió hacia la carita de Dios. El escenario deportivo, construido “en las afueras” por la compañía Mena Atlas, lucía imponente, colosal, presto a posicionar su nombre en el historial deportivo ecuatoriano. La ceremonia dio inicio con el desfile de los equipos participantes en un cuadrangular amistoso: Club Sport Rio Guayas, Selección de Pichincha, Boca Juniors de Cali y Cúcuta Deportivo. Engalanaban la tribuna, el presidente Galo Plaza Lasso y el alcalde José Chiriboga Villagómez a quien la sal quiteña bautizó con el remoquete de “pepe parches”. Cuenta Rodrigo, mi hermano mayor, que San Pedro se mandó una gambeteada de escándalo, un dribling endemoniado y ¡golazo! Pues, les “cogió el aguacero con todito el máiz afuera”. Del partido aquel –Selección de Pichincha vs. Boca Juniors– apenas se jugaron 70 minutos, empataron a dos goles, resultando ganador de ese cuadrangular el Cúcuta Deportivo.

El Estadio Olímpico Atahualpa.

Para saciar la sed de combustible, los pocos vehículos que circulaban por las calles del Otavalo de antaño, incomparable, plácido y sereno, disponían de dos gasolineras, una ubicada en la esquina noroccidental del parque Bolívar, propiedad de Luis Gómez y atendida por un apreciado ciudadano a quien apodaban “tinaco”, la otra, pertenecía al Sr. Yamil Ariss, casi pegada a la parada de buses, por acá, el cliente era atendido de manera cordial por Guillermo Espín.

Desfile de las escuadras participantes en el cuadrangular organizado con motivo de la inauguración del Estadio Olímpico Municipal del Batán. En la gráfica Boca Juniors de Cali. Foto © Archivo Empresa Cinematográfica Equinoccial.

Si de adquirir baterías, bujías, aceite en una variedad de marcas y repuestos en general, había que acudir donde Manuel Pástor en el extremo sur de la ciudad, junto al cementerio ¿asistencia mecánica? Fácil conseguirla, bajando por la calle Sucre, hasta llegar a cuadra y media de distancia de la plaza Centenario un rótulo grande de forma circular promocionaba la “Automecánica Bucheli”, su propietario, Don Lucho Bucheli, utilizando llaves y demás herramientas, dejaba listos los carritos para que sigan recorriendo aquellos caminitos que el tiempo ha borrado.

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Fuente: Garcés Núñez, Jaime. Comunicación personal, 22 de febrero de 2026.

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