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A Quiiito a Quitooo

Posted on 2026-01-062026-01-06 by L. Hdez

Escrito por Jaime Núñez Garcés

Para dar cabal cumplimiento al tercer sacramento de la Santa Madre Iglesia Católica, había que prepararse concurriendo de manera impajaritable al catecismo. En mi caso particular, tal situación ocurrió en el año 1963, cuando mis nueve primaveras fluían entre las aguas circunstanciales, propias de una párvula existencia. La Iglesia de El Jordán, la plazoleta González Suárez y sus calles aledañas: Roca y Abdón Calderón, conformaban el entorno donde protagonizamos al mediar la etapa escolar, este significativo capítulo vivencial de corte religioso-anecdótico.

La pila de los caballitos, en cuya diafanidad remojábamos nuestros rostros sudorosos y saciábamos la sed de aquella feliz infancia. Foto © Archivo personal Jaime Núñez Garcés.

Llegado el momento, a eso de las tres de la tarde de los sábados y domingos, bien formalitos y fingiendo atención, escuchábamos a las señoritas Alina Garcés o Esther Encalada –catequistas titulares– participarnos sus enseñanzas repetitivas que ingresaban por el oído izquierdo para acto seguido salir por el derecho o viceversa.

Una unidad “moderna” de la Flota Imbabura, cuyas carrocerías eran de madera. Foto © Archivo personal Jaime Núñez Garcés.

–Los mandamientos de la ley de Dios son diez, el primero: Amar a Dios sobre todas las cosas.

La atmósfera reinante irradiaba una paz clerical, en los rostros de las artísticamente bien elaboradas imágenes, resultaba fácil percibir el misticismo de aquel recodo franciscano. Desde la parte exterior, llegaba el anuncio reiterativo que con voz áspera y medianamente grave pregonaba:

–A Quiiiiito a Quitooooo. 

Partía de la garganta del “papa Juan”, así conocido, adolescente carismático, servicial, pequeño, de una contextura medianamente gruesa, casi siempre vestía camiseta, ajustada a su pronunciado abdomen ¿Qué habrá sido de este simpático personaje? Ignoro si ésta, nuestra linda tierra fue su cuna. Contaba mi hermana Susana que estando en el República del Ecuador, durante un paseo final a la costa, al pasar por el terminal de Santo Domingo, escucharon una voz bastante conocida invitar en volumen subido “a Quiiito a Quitooo” ¡era el papa Juan! Debió ser, porque por un capricho irrefutable del destino, de la noche a la mañana desapareció de estos íntimos lares. En más de una ocasión sus ocurrencias, su forma de caminar y de ser dibujaron en mi rostro una sonrisa espontánea.

Añorado terminal del transporte interprovincial. En el portón de la agencia podemos distinguir a Don Segundo Manuel Jaramillo y colgada en la pared la cartelera señalando las frecuencias. Foto © Archivo personal Jaime Núñez Garcés.

Con Wilson Zambrano, Nelson Cabrera y Sergio “machín” Martínez, compartían a tiempo completo la entretenida ocupación de “enganchadores”, recibiendo a cambio unos centavos empleados para satisfacer sus irrenunciables antojos ¿ocupaciones complementarias? Subir y bajar maletas hasta y desde las parrillas de los buses interprovinciales que llegaban o partían, en aquel entonces: Flota Imbabura, las “papayas”, Correos del Ecuador, Transportes Amado Espinosa. Deambular por aquella pintoresca y encantadora circunscripción de constante movimiento, constituía otro de los “arduos esfuerzos” de este cuarteto de trabajadores prematuros. El curriculum vitae del polifacético “pishpilo” Cabrera merece una especial mención, doblando y repicando desde niño, monaguillo debidamente acreditado y subsidiado en las tres iglesias existentes, encumbrado en los campanarios, hacía sonar las campanas para convocar a los feligreses y paganos, ya de adulto le entró con ganas a las tareas de albañilería, plomería, electricista, oficios alternados con esporádicamente… pintar casas a domicilio.

–A ver niños, repitan conmigo –disponía la señorita Alina– el segundo: No jurar su santo nombre en vano.

Para nosotros, inocentes criaturitas, constituía la falta venial reiteradamente cometida en el devenir cotidiano, por citar: “empréstame dorrealitos, te juro que si te pago”. En contraposición al mandato divino, existía el “pelito al mar”, equivalente a la caballerosa “palabra de gallero”.

Entrada sur de Otavalo. Ofreciendo la anhelada bienvenida a casita. Foto © Archivo personal Jaime Núñez Garcés.

Desde afuera, llegaba tan patético como repetitivo el diversificado vocerío anunciando: “fritadaaa… paaapas… llevarán el pan” que las vendedoras ofrecían a los viajeros y transeúntes. Cariñosamente conocidas como “fritaderas”: Delia Gaibor de Paredes, Carlota Maldonado, las hermanas Vilma y Bertha Criollo, Ana Guillén de Morán, Teresa Sasi, Rosa Guamaní y Carlota Herrera, quienes expendían su producto, coloradito, exquisito, acompañado de tostado y papitas cocinadas. Según testimonio de la Vecina Delia, su mamacita, María Filotea Gaibor ofrecía costras, quesadillas, pan mestizo, buñuelo, limonada refrescante y huevos duros, alimento multivitamínico cuya oferta dependía del “marchante” (me consta). Si por el puesto de venta pasaba un grupo de muchachas o señoras encopetadas, la recomendación inmediata era “comeraaan huevito”, caso contrario, si los peatones pertenecían al género masculino, surgía ipso facto el interrogante picaresco “¿les pelo el huevito?”.

La mercancía ofrecida por Don Genaro Díaz, no necesitaba el consabido anuncio de “a voz en cuello”, artesanalmente elaborada, ocultaba su frialdad en un mediano cajón rodante estacionado en una de las esquinas. El precio (dos y seis reales), determinaba la cantidad del refrescante helado y el tamaño del cono, contenedor puntiagudo de los exquisitos sabores de naranjilla, mora, taxo y leche, cuya materia prima, proveniente de alguna hacienda circundante, era adquirida “de la vaca a la olla” a pocos metros, en casa de Don Pedro Benítez, esposo de otro rostro amable y ya pretérito, Doña Lucila Argoti. Con su gorrita marinera y la chaqueta blanca, Don Genaro, navegaba viento en popa por las aguas quietas, translúcidas y candorosas de ese terruño que ya partió. Soltó anclas en el puerto final a sus 82 años.

Enfrente, orillando la acera norte, el caserón propiedad de Don Segundo Manuel Jaramillo, daba cabida a la agencia de Flota Imbabura atendida por su Sra. hija Montalvina, las frecuencias, debidamente inscritas en una sólida cartelera, colgaban junto al portón de ingreso. En el amplio local esquinero, convertido en uno de los primeros restaurantes de la ciudad, el “Salón Ideal”, nos ponía al tanto de los últimos éxitos musicales, valiéndose de su novedosa y bien surtida rockola. Posteriormente, el “Expreso Turismo” con sus flamantes unidades de carrocerías metálicas “Thomas”, llegó para hacer competencia, ubicando su oficina, administrada por Doña Fanny Mora Buitrón justo en la esquina opuesta. 

Ensoñador rincón perennizado en mis íntimos recuerdos. Foto © Archivo personal Jaime Núñez Garcés.

Recinto maravilloso aquel, de partidas tristes y llegadas alegres, de ausencias sentidas, fortalecidas al trepar el tramo ascendente de Buenos Aires y retornos dichosos reafirmados al contemplar la torre de San Luis en el anhelado descenso a la querencia. Etapa de la “fuga de cerebros” al Normal Juan Montalvo u otros establecimientos educativos con la Universidad Central incluida.

–El tercero: Santificar las fiestas y días de guardar.

Debió transcurrir un lustro para dar cumplimiento a este precepto; pero (aclaración necesaria), desentendiéndonos de que es propio del dogma católico. Siendo aún pollos santificamos ¡y de qué forma! A la del yamor, no faltaba más, un años antes y con antelación, Efrén Andrade Valdospinos nos había entregado en bandeja de plata. El primer traguito de Paico “el rey de copas” o “Lima Dry” a escondidas, los intentos fallidos de movernos al ritmo de la “Costa Azul”. Siendo “La fiesta más alegre en la ciudad más amable del país”, no santificarla, equivalía a cometer un pecado mortal con rabo incluido.

–El cuarto: Honrar padre y madre   

Generador del sentimiento más sublime, de amor íntegro y puro, el filial, desde siempre y hasta siempre, perennizado en los recuerdos de quienes con dolor insondable contemplamos la lágrima postrera de despedida rodar por la mejilla maternal y paternal, gestora de un llanto indefinible, eterno. Mandato número cuatro, semilla germinada en el vientre materno, florecida junto a la hermandad y el calor hogareño, inclaudicable e irrebatible.

–El Quinto: No matarás.

Asistir de manera obligada al catecismo, nos concedía la bendita gracia de matar el tiempo, entablando previamente amistad con niños de otras escuelas, entre ellos, los “martillos” de la José Martí, los de la “católica apostólica romana” o con delegaciones infantiles de las diferentes barriadas locales para dar rienda suelta al juego retozón y extremadamente divertido que tenía como escenario principal el parque chiquito, donde los correteos trazaban una amplia gama de trayectorias y la sed, era aplacada con el líquido cristal del surtidor equino. De vez en cuando matábamos algún mosco, ya sea con la indiferencia, de un manotazo, con el aventador o rociándole insecticida Black Flag o Pix en plena cara, constituían las únicas contravenciones a la fervorosa quinta recomendación. Y el papa Juan que se mataba pregonando “a Quiiito a Quitooo”.

–El sexto: No cometerás actos impuros. Ese niño de la última fila deje de molestar –ordenaba con voz enérgica la señorita Esther. 

Si a nuestra corta edad pronunciar un carajo era pecado, cometer una acción indecente, equivalía a adquirir un boleto para ir directito a la quinta paila… ni imaginarnos siquiera. Tan formalito era nuestro comportamiento que hasta saludábamos con pleitesía y marcada reverencia a los sacerdotes franciscanos:

–Alabado sea Jesucristo padre.
–Alabado sea –Contestaban sea el padre Jesús Cepeda, Marcelo Uría o Vicente Peñaherrera, quienes solían asomar de manera esporádica. 

Atento a la jugada satanás, lucifer, belcebú, luzbel o como diablos quiera llamarse, aguardaba impaciente que el fruto madurase y solito (de conformidad con la ley newtoniana), se descuelgue del árbol para estrellarse contra el planeta porque una vez adentrados en la edad del burro, el reclutamiento era pan comido, los malos pensamientos ya empezaban a anidar entre ceja y ceja; las malas intenciones florecían (aunque no en todos los casos), de manera directamente proporcional a la madurez del catequizado, tanto que una vez siendo adultos, el demonio, utilizando sus malas artes iba ganando adeptos. 

Conviene hoy por hoy, pasar persignándose por la esquina del ex Banco de Fomento para no caer en pecaminosa transgresión a una regla divina. El maligno, tomando la forma de féminas regordetas como que trata de convencerle a uno pobre, utilizando guiños de ojo u otras maneras picarescas; pero no ha podido… hasta ahora. Lacra execrable que, para las autoridades, argumentando los consabidos “derechos humanos” ¿o haciendo caso omiso? Pasa desapercibida.

–El séptimo: no robarás.

Si como no. Falta cometida en mínima escala, evidentemente, con claros indicios de travesura infantil, sancionada con el rezo de padrenuestros o avemarías cuando al curita confesor le confiábamos:

–Acúsome padre que con unos amigos robamos choclos en un terreno cerquita de la tercera línea –testimoniando así que más bien era una falta venial de tercera.

Nunca llegamos a robar gallinas; pero otros compañeritos cuyos papacitos eran dueños de tiendas u otros negocios, le entraban duro al carbón, circunstancia que nos favorecía, pues, permitía el convite a saborear la fritanga, chupar helados o acudir presurosos al futbolín una cuadra más arriba, implantándose así el hoy de moda “lavado de dinero”, éste, un tanto ingenuo.

A los tres últimos mandamientos también había que prestarles atención, sus recomendaciones son bien explícitas. Levantar falsos testimonios no tenían cabida plena en las flaquezas infantiles por cometer, al contrario, mentir, sea piadosamente o quizá para salir de algún apuro, asumía la condición de un error de buena fe.

Fue justo en el catecismo donde empezamos a establecer minúsculos acertamientos (risitas furtivas, cruce de miradas, envío de papelitos) con la bancada femenina a pesar del muro berlinesco e intangible que nos separaba a niños y niñas. Estimo que con el tiempo y las aguas los infractores habrán deseado en algún momento de tentación… la mujer del prójimo.

Habiendo celebrado miles de bautizos y lamentado una cantidad similar de fallecimientos, este decálogo, acatado en mayor o menor grado, en nosotros los creyentes, no ha perdido ni perderá vigencia. Ahora, como de todo hay en la viña del Señor, existirán cristianos que anden codiciando los bienes ajenos y cuando el patrimonio es obtenido a pulso, mediante un arduo y persistente esfuerzo o deseos de superación, tal acción, es digna de reconocimiento. 

Llegado el significativo día de la comunión primera, en las primeras horas de aquella mañana de junio, con caritas de yo no fui, alzando pelito, bien peinaditos, estrenando ternito nuevo color negro, confeccionado por el maestro sastre Virgilio “Don Vilo” Chávez por más señas, formando dos filas, con la vela encendida en una mano y el misal en la otra, entonando cánticos religiosos de alabanza, recibimos la hostia una vez consagrada mientras afuera, el papa Juan ya voceaba: “a Quiiito a Quitooo”.

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Fuente: Núñez Garcés, Jaime. Comunicación personal, 3 de enero de 2026.

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