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¡Al agua patos!

Posted on 2026-04-042026-04-04 by L. Hdez

¡AL AGUA PATOS!
Escrito por Jaime Núñez Garcés. 2026, abril 5.

El peregrinar entusiasta de guambras escueleros hacia la piscina del Neptuno, posterior al insustituible recreo mañanero, es ya historia inmersa en aquellas vivencias pretéritas. Las insistentes campanadas para dar por finalizados los treinta minutos de sano y bullicioso esparcimiento, constituían el preámbulo del regocijo generalizado que se propagaba en el amplio patio al grito unánime de: baaaño baaaño baaaño.

Portón de la fábrica de Gaseosas “Mercedes”, testigo silente de una época inolvidable. Foto © Jaime Núñez Garcés.

Una chulla vez cada siete días, los lunes de arroz de cebada e inicio de semana, asistía impajaritablemente el alumnado de la Escuela Católica Ulpiano Pérez Quiñonez; los jueves, la chiquillada de mi escuelita Diez de Agosto y para rematar, los “martillos” de la José Martí iban los viernes.  Acudíamos en formación, aunque sin marcar el paso o en pequeños grupos de alegre camaradería, dispuestos a enjuagar nuestras humanidades infantiles en las gélidas y cristalinas aguas.

Efectos de una improvisación disparatada. Foto: Jaime Núñez Garcés. Foto © Jaime Núñez Garcés.

De tan singular caravana, formamos parte en innumerables ocasiones, hoy, arrinconadas en el preciado baúl de recuerdos evocadores. Con la pantaloneta sobre el mate a manera de gorro, provistos de maderos de balsa o las boyas  (tubos de llanta, inflados como ishpapuro), avanzábamos por la calle Morales, inmersos en amena charla, abarcando enciclopédicamente temáticas diversas, sin prescindir de las ocurrencias picarescas del famoso Juan Quevedo, los tenebrosos relatos de María Angula, tal o cual película de chullitas (con John Wayne y el mero macho Gastón Santos a la cabeza), Cantinflas, Hércules, Santo el Enmascarado de Plata y más filmografía existente. En la intersección con la Atahualpa, el frontispicio del patentemente derruido caserón (esquina nororiental), aún permitía ver en caracteres de un azul bastante descolorido “Normal Rural Alejandro Chávez”. Unos metros más abajo, en una pequeña tienda, su canosa propietaria, expendía los dulces suspiros blanquecinos, el jabón negro que reemplazaba al shampoo, según decían, útil para quitar la caspa, siendo la lejía uno de sus componentes, tengo entendido que esta descamación insana, se caía hasta con el cabello. Enfrente, donde Don Luis Ernesto Vela Montalvo, elaboraban las colas o gaseosas de efervescencia multicolor y junto a esta pequeña factoría, podíamos apreciar las ruinas de la “Pilsener Imbabura”, propiedad del alemán Albert Mittman y construida en 1924.  Desde la puerta de ingreso al Neptuno, nos dirigíamos en veloz carrera a ganar cuarto para desvestirnos.     

Antaño, antesala de ingreso a la algarabía infantil. Foto © Jaime Núñez Garcés.

En un comienzo, este higiénico episodio, nos provocaba temor o angustia en los parvulitos que de mala gana ingresamos al primer grado el año 1961, consecuentemente, algunas lágrimas de nadador aprendiz se extraviaron en la añorada alberca, entre ninfas hechizadoras y el mundo subacuático debutante. Dosificando la audacia en proporciones mínimas de valor, descendíamos una gradita, dos, otra, otra más, la última y con el agua al cuello concluía la hazaña para salir victoriosos hechos un volador, tiritando de frío a tender chirisiquis nuestra inocencia juntando brazos y canillas que más bien semejaban ser unos carricitos tendidos sobre el embaldosado abrigadito cuando el astro rey lucía refulgente.  

Esta fotografía, debió ser captada durante la década de los treintas. Al fondo (parte superior de la imagen), podemos apreciar la techumbre del “baño largo” aún en pie. Foto © Archivo personal Jaime Núñez Garcés.

Los chapoteos posteriores, las zambullidas (bien cortas desde luego), constituyeron la antesala de “estilachos” refinados cuyo punto de partida fue el perrito, hasta llegar a duras penas (en mi caso concreto) al libre, pecho casi nada, espalda muy poco; impresionaban los vistosos saltos desde la tabla, muy bien ejecutados por mis compañeros Edmundo Carrillo, buenazo para un canguro y Byron Pinto (el más pequeño del grado), a quien le sobraba valentía para clavarse de cabeza desde el Neptuno.

Vista panorámica del Neptuno. Foto © Castro Jr. Foto Estudio.

Recinto paradisíaco que allá, a finales de los años treinta, acogió a los clubes de natación pioneros: el anfitrión “Nautin Club”, integrado por Gonzalo Chávez, Segundo Plazas, César Moreano, Lizardo Aguilar, Oswaldo Garcés, Francisco Hernández, Alfredo “mocora” Jaramillo, Jorge Ordóñez, Oswaldo Donoso y César Zambrano. Carlos Solines, guayaco de cepa (con un subcampeonato bolivariano logrado en Venezuela a sus espaldas), oficiaba de entrenador. Entre los clubes foráneos destacaban el “Club Victoria” con José Madera Salvador, Galo Larrea, Wilson Larrea, Angel Simbaña, Elio e Ider Rivadeneira quienes con garra ibarreña dieron dura pelea a nuestros coterráneos. De la capital, llegaban Juan Sevilla Salgado, Julio Acevedo, Honorato Chávez, Manuel Tobar, Rubén Carbo y Jorge Sáenz, integrantes del “Club de Natación Quito”, formado el año 1936 en la fría piscina del Sena.

Habiendo retomado las visitas al hoy denominado Centro Cultural y Recreativo Neptuno, puedo dar brazadas de ilustración, navegando sobre las páginas de un buen libro y ubicándome en este rincón arrullador. Foto: Jaime Núñez Garcés.

Los “festivales náuticos” así denominados, surgieron sobre la marcha, en principio, constituyendo el preámbulo a la travesía del lago, posteriormente, efectuados al día siguiente de esta única y exigente competencia. Reñidos certámenes deportivos que por aquella época alcanzaron también las categorías interescolar e intercolegial con los colegios de Ibarra incluidos. Del torneo entre escuelas, paso a referirles la siguiente anécdota: yo –inocente criaturita– que a regañadientes había empezado la formación primaria, asistía por primera ocasión a uno de estos concursos. Antes de dar inicio a una de las pruebas (atravesar sumergido todo el largo de la piscina en sentido sur-norte), los participantes se ubicaron en sus respectivos andariveles, esperando el pitazo inicial mientras la porra libertaria vitoreaba:

 – ¡Chochos tostado mote! ¡la Diez de Agosto es mucholote!

De los tres participantes, dos de ellos no cubrieron ni medio recorrido, el buceador restante, avanzaba lentamente, como persiguiendo a una risueña sirenita embrujadora. Estando cerca a la meta, su compañero de grado Oswaldo Araujo exclamó desde la orilla ¡Albán! Y el más acuerpado del sexto grado, Fabián Albán, llegó al final para exhausto aspirar una gran bocanada de aire. Hurras, vivas, felicitaciones de sus compañeros: Aquiles Jarrín, Wilson Lema, Angel Ruiz, Marcelo Bucheli (no recuerdo si Carlos era su compañero de aula), Waldo Andrade, Livio y Gianni Hidalgo, Muñoz, Villalba, Almeida, Orbe (apodado “pajuelita”), Rosero, Encalada, Guerra, Padilla, de quienes recuerdo; el palmoteo sincero del director de la diez, Prof. Hugo Andrade como premio. Con seguridad, algunos ya habrán marcado calavera ñata.

–¡Que sí! ¡que no! ¡Albán se pasó! –nuevamente la barra brava.

–¡Uta uta uta! ¡comienza la gran piza! –esta no porque aún no estaba patentada.

Hasta qué año habrá perdurado el reconfortante hábito de los pequeños educandos concurriendo al Neptuno para darse una remojadita de confianza, quien sabe, pues, ya habíamos estrenado la edad ineludible del burro, ocupando pupitres unipersonales en el colegio. Están distantes aquellos soleados días veraniegos cuando por un precio módico de veinte centavos, disfrutábamos mañanas enteras del ambiente confortable mientras las sístoles y diástoles de nuestros corazones quinceañeros, medio intentaban tornarse románticas.

Cual ave fénix, resurgiendo de sus propias cenizas. Foto © Jaime Núñez Garcés.

Hasta que, de la mano de una estupidez flagrante, llegó el descalabro ignominioso, imputable exclusivamente al presidente del concejo de aquel entonces, quien con ínfulas “innovadoras” y novelería adicional, tuvo la ingrata ocurrencia de emprender en el desatinado cometido de “remodelar” este entorno intocable, proyectando una muestra evidente de planificación a más de desplanificada… fuera del pilche. A partir de aquella atrevida decisión, el entorno fue deteriorándose, la inveterada costumbre desapareció y el encanto resultó seriamente averiado, debido a las descabelladas innovaciones en sus bien definidos elementos arquitectónicos.

El abandono posterior era indiscutiblemente notorio, un charco de agua estancada y turbia con desperdicios flotando a la deriva. Del “toilette” solo quedó un cuarto oscuro refundido, allí, tras el baño vivificante, acicalaban vanidades frente al espejo: caras bonitas, rostros feos, adolescentes barbilampiños, politiqueros en gestación, oportunistas, chulqueros y algunas hierbitas más. Por arte de magia desaparecieron bancas, duchas, tubería y demás accesorios mientras iban apareciendo huellas de envejecimiento prematuro. Al parecer, si hubo intentos de rehabilitación, aunque esporádicos.

Transcurrieron algunos años para que la municipalidad (“a grandes males grandes remedios”) fuera oportuna y providencialmente ocupada por el alcalde indicado, quien poniendo fin a semejante debacle le dio matanga. Así, a mediados del 2005 empezaron los trabajos de remodelación, tarea encomiable llegada a feliz conclusión a finales de octubre. Cual ave fénix, levantando un vuelo de esforzada resiliencia, sobreponiéndose a la adversidad para salir fortalecida y tomando el nombre del dios romano del mar, los océanos y el agua dulce, la piscina retornó para seguir cumpliendo su rol de ícono citadino idílico e irrebatible.

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Fuente: Núñez Garcés, Jaime. Comunicación personal, 5 de abril de 2026.

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