Hasta siempre, Don Alejandro!

Conocí a Don Alejandro –así acostumbraba llamarlo- hace muchos años, en una de las tantas retretas domingueras, cuando esquivando la mirada del guardaparque, presto a pitar su silbato pesquisidor al menor indicio de travesura, correteábamos toda la chiquillada, hollando con nuestras pisadas impúberes, los jardines simétricos, dejando marchitos claveles, geranios, y los rutinarios cuidados botánicos.

Foto © Jaime Núñez Garcés.

 Cruzado de brazos y luciendo su imprescindible sombrero de paño, solía permanecer de pie un tanto distanciado, atento a la perfecta ejecución de la banda municipal, vivencia propia de su fructífera existencia. Esta imagen aflora en mi memoria para quedarse fija. Entonces, el ambiente se saturaba de alegres melodías, mientras los pequeños lustrabotas, con entrega de trabajadores anticipados, daban brillo a incontables pasos otavaleños, frente a las peluquerías que solidarias, decidieron acabarse junto a sus propietarios.

El Rumiñahui central  y su inexpresión de roca, es testigo perpetuo de ese embeleso, pretérito, porque el encumbrado reloj municipal, marca la inexorable marcha del tiempo.

Inolvidables momentos de niñez candorosa, en tiempos que por “dorrealitos”, la misma viejita, enfundada en su raído vestigio de pañolón, nos contaba de igual manera los mismos cuentos. Ya adolescentes, en camino de hacernos hombres, sus sanjuanitos alegres amenizaron nuestros bailes primerizos, en los insustituibles yamores pasados, y por esas canciones me nació la predilección que perdurará siempre.

Posterior fue la oportunidad para acercarme a él y conocerlo hasta la admiración. Pequeño de estatura, grande de inspiración, afable en el trato, andar pausado e inteligencia clara y abierta. En entretenidas tertulias, “arropados” por un acogedor ambiente de evocación, “miré” al Otavalo anterior y a sus gentes, a través del testimonio fidedigno. Los recuerdos, fechas y nombres, fluían en parsimonioso lenguaje, y a su bondadosa figura de complexión medianamente robusta, concurría mi atención.

Así, entre preguntas ávidas e inmediatas respuestas vertidas en más de una ocasión pude enterarme que:

Nació un primero de diciembre en el Otavalo apacible de 1902, fueron sus padres Josefa Dávila y Manuel Plazas, realizó los primeros estudios en el Asilo de las Madres de la Caridad y en la escuela Diez de Agosto (aún vigente), cuyo Director era Luis Ulpiano de la Torre, tuvo como profesores a Paulino Garcés y a Segundo Castro. Concluido este ciclo primario, empezó a inquietarle la afición por el arte musical. La escasez de recursos económicos y la falta de planteles de segunda enseñanza impidieron que continuara estudiando, consecuentemente, estos factores fijaron su vocación.

Las primeras nociones fueron impartidas por su progenitor, hábil ejecutante del bajo, tiempo después, el maestro Luciano Morales, le enseñó a tocar el clarinete, instrumento predilecto del debutante. Fortaleció su aprendizaje, iniciándose  en la composición e instrumentación para orquesta y banda. Con estas nociones, ingresó a la “banda de pueblo”, tenía entonces 16 años.

Fortaleció su aprendizaje, recurriendo a la autoformación hasta dominar la escritura musical. “Mis primeras partituras les hacía en ocho días”, los trabajos posteriores requirieron de tan sólo uno o dos días para estar debidamente terminados, los conocimientos sobre la instrumentación para banda y orquesta se consolidaron luego. Desde 1929 utilizaba la guitarra cuando instrumentaba o componía, de esta extraía cada nota para transcribirla al papel, según decía, “es el instrumento más completo porque tiene todos los registros”.

Las bandas tienen una raigambre histórica sólida, cuyo origen militar proviene desde antes de la independencia, la primera, llegó al país en 1818 con el batallón realista “Numancia”, integrando después el ejército libertador como “Los Voltijeros”. Posteriormente, este género musical echó raíces para ser elemento imprescindible e identificatorio del alma popular ecuatoriana, dispersándose por toda nuestra geografía.

Constituyó una pasión para Alejandro Plazas, de trayectoria iniciada el 27 de febrero de 1922 cuando fue designado por los veinte integrantes, músico mayor de la banda de pueblo, siendo su primera petición no vestir ponchos ni usar alpargatas sino zapatos durante las presentaciones, así nacieron nuestras retretas, festivas y perdurables. A sus 21 años, llevó al altar a Carmen Amelia Córdova Guerra con quien procreó siete hijos.

Concluida esta etapa en 1932, al año siguiente fue Director de la Banda de la Sociedad Artística integrada por: Floresmilo Donoso, Carlos Paredes, Jorge Varela, Julio Hidrovo, Gabriel Proaño, Segundo Campos, Sergio Jaramillo, Jorge Otavalo, Alonso Montalvo, Luis Vásquez, Daniel Alvear, César Donoso, Sergio Maldonado, Manuel Males, Manuel Andrango, Gonzalo Paredes, Eladio Albuja, José Campo, Alfredo Suárez y Luis Soto. El oficio desempeñó hasta 1954, año en que se crea la banda municipal y pasa a dirigir las bandas de San Roque y Andrade Marín hasta 1961, pues al año siguiente se hizo cargo de la de Otavalo donde permaneció hasta abril de 1985. Su creciente afecto por la tierra obró para que desechara algunas propuestas procedentes de Riobamba, Latacunga y Sangolquí, obviamente, querían que dirigiera las bandas de esos lugares, desde Colombia llegó la más tentadora; pero fue mayor el llamado terrígeno.

Compositor fecundo de música popular, su talento se manifestó en una variedad de ritmos: sanjuanitos, bombas, albazos, chilenas, aires típicos, valses, pasacalles, pasodobles, tonadas, pasillos, fox incaicos, danzantes y marchas militares. De su inspiración surgió también la música sacra, las marchas fúnebres entonadas por la banda municipal en el santuario de San Luis cada jueves santo, sublimaban el sentimiento religioso. 

No hay como Otavalo
En muchos temas es evidente el amor a la patria chica o a su entorno, sobresale uno, el cual constituye un segundo himno y buena parte de nuestra identidad. Qué otavaleño, no ha vivido la experiencia grata de asistir a una contienda futbolística y cantar eufórico el gol que los anfitriones marcan al cuadro visitante, mientras en el graderío, automáticamente suena el golpe preventivo del bombo, antes de que la banda municipal interprete el “No hay como Otavalo” emblemático, así, la emoción se desborda y el orgullo de sentirnos sarances crece. A esta canción, la tarareamos párvulos, la cantamos siempre, o la hemos escuchado melancólicos estando alejados del terruño amado. Cuándo nació y qué circunstancias motivaron al autor, su testimonio  es elocuente.

“El 9 de agosto de 1927, fue una mañana en el estadio de Otavalo, en un partido que hubo entre la selección de Otavalo y el Gimnástico de Quito, en ese tiempo el mejor equipo de Quito, y ganó Otavalo, entonces, de ese gusto, de esa satisfacción dije: no hay como Otavalo, no hay como mi tierra, no hay como Otavalo, repetía ahí en el estadio, ahí se me vino y le compuse medio medio y se tocó de memoria, pero mal. Al siguiente día 10 de agosto, ya por la noche, tocamos con papeles y todo, porque les hice repasar toda la tarde, después de unos trabajos que teníamos con la banda, les llevé a la sala de repasos y salió correctamente, porque cuando una música es bonita entra enseguida, a los músicos les gustó bastante y pusieron bastante empeño en repasar y salió muy bien. Como digo, se tocó en el 10 de agosto, en el pretil, con buena luz que estaba ahí, salió perfectamente y les gustó a todo el público, nos hicieron repetir dos o tres veces, ¡la última! ¡la última! gritaba el público.

La letra le compuso, al primerito que le hice oír, mi compadre Gonzalo Gómez, a él le gustó también y le puso la letra, después sé que el sobrino Gonzalo Benítez, también le había agregado otras estrofas y yo ya no supe más cómo le arreglarían eso, porque primeramente fue el compadre Gonzalo Gómez el que le puso la letra”.

Alejandro Plazas Dávila

La selección local estuvo integrada por: Telmo Guerra, Segundo “el bermejo” Cifuentes, Humberto Rodríguez, Alfonso Pinto, Elías Cháves, Rafael Chaves, Pedro Benítez, Alberto Gómez, Humberto Castro, Rafael Moreano y Alejandro Dávila. Quienes tuvieron la satisfacción de estrenar en sus instrumentos los acordes nacientes fueron: Alejandro Plazas, Manuel Mantilla, José Mantilla, Gabriel Proaño, Paulino Maldonado, Luis Vásquez, José Vargas, Alejandro P. Chaves, Virgilio P. Chaves, José Suárez apodado “el brichi”, Marcelino Andrade, Luis Ballesteros, Jorge Mantilla, Eladio Albuja, Miguel Angel Subía, Pedro Pazmiño y Angel Pazmiño. 

Han transcurrido algunas décadas y este homenaje de cariño filial al suelo nativo, permanece incólume.

Alternó en momento determinado de su vida la actividad musical con el desempeño de cargos públicos. Al inicio del año 1935, fue nombrado Subinspector de Sanidad, percibiendo un sueldo de 50 sucres. Por disposición del Doctor Enrique Garcés, quien ejercía la Dirección de Sanidad de la Zona Central. Asistió a un curso dictado en Quito durante agosto, septiembre y octubre de 1944, el mes siguiente, fue designado Inspector Cantonal de Sanidad de Antonio Ante, la remuneración llegaba a 300 sucres. El 5 de febrero de 1945 pasó a ocupar la Inspectoría Cantonal de Higiene y Sanidad Municipal de Otavalo, concluyendo en esta dependencia su tránsito por el sector público, después de algunos años.

Obra indeleble y tarea encomiable, merecedoras del tributo sincero e impostergable por parte de los diferentes sectores ciudadanos, como efectivamente ocurrió en muchas ocasiones. Destaca la condecoración otorgada el 31 de octubre de 1971 por la municipalidad “en reconocimiento a su efectiva labor como compositor de música” según rezaba el acápite pertinente del oficio Nro. 514-P enviado al homenajeado, para notificarle sobre la resolución de la cámara edilicia. La medalla ciudadana fue impuesta en el pecho septuagenario de Don Alejandrito (así le llamaban sus conciudadanos).

La devoción por el maravilloso arte fue indeclinable, innumerables figuras musicales fijaron en pentagramas de posteridad, escritos con alma y caracteres perfectos, extraídos de su inspiración, de su amor al terruño y a sus seres queridos.

Hasta que llegó el final, desde ese amanecer del 16 de septiembre de 1991, duerme ya imperturbable un letargo de siglos, cuántas notas se quedaron rezagadas en su guitarra, confinada a la evocación nostálgica.

Pero no han muerto su recuerdo, sus canciones mucho menos, y en donde se encuentre, seguirá convencido que entre todo el Imbabura…OTAVALO ES LO MEJOR.


Autor: Núñez Garcés, Jaime. Comunicación personal, 28 de febrero de 2022.