UNA EXISTENCIA GLORIOSA
Escrito por Jaime Núñez Garcés

Eligiendo un nuevo derrotero
partió para encontrar su anhelo
no existió océano que impidiera
abrazar la milicia y su bandera.
El hado inexorable marcó rumbo
hacia un puerto inmortal, posteridad plena
a la hora de anclar, arriadas velas
en el mástil flameaban dos banderas.

Año 1922, norte del continente africano en la costa mediterránea de Marruecos. El tercer grupo de las Fuerzas Regulares de Ceuta, perteneciente al ejército español, acampa en los alrededores de la cabila (tribu) Beni-Arós, zona del territorio que permanece bajo dominación española. Súbitamente, milicias rebeldes marroquíes incursionan en esta guarnición, trabándose un feroz combate. Retumban las descargas de fusilería, diseminando mortandad y ofuscación, cumpliendo con su cometido fatídico, bayonetas y alfanjes se tiñen de sangre morisca e íbera, es el preámbulo de una lucha heroica que va tomando cuerpo.

Empuñando su espada con la diestra, Francisco Suárez Veintimilla, joven oficial honorario del Ejército Español, de nacionalidad ecuatoriana, avanza resueltamente infundiendo valor y coraje a sus soldados, el peligro arrecia; pero la convicción del deber es grande.

Es el día 19 del sexto mes. Entre detonaciones, relinchos y confusión transcurre la cruenta batalla. El Teniente Coronel de Regulares Ponte pelea denodadamente, desde algún punto parte la bala asesina que atraviesa su humanidad, Suárez Veintimilla recoge el fusil del superior quien yace exánime, afina la puntería y provoca dos bajas en las filas insurgentes, en medio de la acción no logra agazaparse y cae abatido por el fuego enemigo, cumpliéndose así una lección de heroísmo.

Mientras se consume su existencia, evoca agónico los añorados rostros familiares, la patria lejana, el suelo natal arropado por lomeríos apacibles, sus callecitas solariegas donde deambuló su niñez. La expiración señala el final.

Dos días después es recogido el cadáver y trasladado a Ceuta donde recibe cristiana sepultura, dos banderas cubren el féretro: la española junto al tricolor ecuatoriano. Dianas y salvas resuenan en el entorno.

Infancia, adolescencia y migración a España
Francisco Javier Suárez Veintimilla, nació en Otavalo el 1 de septiembre del año 1895. Sus padres, Rafael Suárez España, prestigioso médico ibarreño y Matilde Veintimilla García, matrona otavaleña, bautizaron a su quinto vástago en la capilla de las Hermanas de la Caridad, correspondió al párroco de San Luis, José Carlos Jara conferir el sacramento.

Entre los años 1899-1901 asistió a la escuela “El Asilo” (hoy Inmaculada Concepción), dirigida por Sor Josefa Matheau, monja Superiora francesa de rasgos distinguidos y ojos azules hermosos que llegó con la congregación en 1889. Sor Lucía fue quien impartió las enseñanzas e inculcó valores morales en el párvulo Francisco.

En 1901 los Suárez Veintimilla se trasladaron a Ibarra, hasta ese año, seis hijos habían venido al mundo, Mariano, el sexto nació el 8 de junio de 1897. Jorge, Carmela, Carlos, Josefina y Rafael, los siguientes, vieron la primera luz en el amplio solar familiar del sector central de Ibarra. A la postre, Francisco resultó ser el hermano mayor, pues los cuatro primeros fallecieron siendo muy pequeños. Familia distinguida ciertamente, honra para Imbabura si revisamos la trayectoria brillante de Mariano Suárez quien entre otras dignidades desempeñó las de Ministro de Gobierno y Tesoro, Presidente de la Asamblea Constituyente (1946), llegando a ocupar durante un corto lapso la primera magistratura del país en 1947. Su hermana Carmela, poetisa de verso sutil, fue la primera mujer que alcanzó una curul en el Congreso. Carlos, “poeta de abril en primavera”, está considerado el mayor exponente hispanoamericano de poesía religiosa y Rafael, jurista que ocupó la Secretaría de la Cámara de Diputados.

Francisco Javier inició el período de enseñanza media ingresando en el Seminario Menor San Diego, continuó sus estudios en el Colegio San Gabriel de Quito, graduándose de Bachiller en Filosofía en el Colegio Nacional de San Alfonso de Ibarra (antecesor del Teodoro Gómez de la Torre). Ingresó a la Universidad Central como alumno de la Facultad de Ciencias, donde obtuvo el título de Bachiller en Ciencias.

Antes de emprender la partida a Europa pasó por su tierra natal el 30 de septiembre de 1917, permaneciendo unos días en la quinta de “San Sebastián”. Para establecer una ausencia que sería definitiva, se embarcó el 12 de octubre (extraña coincidencia) de ese año con rumbo a la madre patria, arribando a ésta el 12 de diciembre. Su anhelada aspiración  de iniciar la carrera militar se cumplió cuando fue admitido en la Real Academia de Caballería de Valladolid junto a un reducido número de alumnos extranjeros. Fue un cadete distinguido, estuvo siempre a la cabeza de su promoción, citado como un estudiante ejemplar por sus profesores, su apego al estudio y a la disciplina lo determinaban, el centro de estudios conserva aún la excelente hoja de calificaciones y la distinción de la Cruz del Mérito Militar. En alguna ocasión S. M. El Rey Alfonso XIII visitó la academia y satisfecho por las encomiables referencias que los oficiales superiores proporcionaron sobre este “alumno modelo”, obsequió a éste un retrato con una cortés dedicatoria. 

Francisco Suárez Veintimilla, combatiente otavaleño que murió luchando en África.

El mes de abril de 1922 terminó sus estudios, recibiéndose como Alférez Honorario del Ejército. España enfrentaba a Marruecos defendiendo su soberanía en las plazas de Ceuta y Melilla, conflicto prolongado que constituyó un problema inquietante durante el largo reinado de Alfonso XIII, produjo una considerable pérdida de vidas humanas provocando sumo descontento entre la población civil. El flamante oficial se enroló como voluntario y fue destinado al lugar de los acontecimientos bajo las órdenes del Alto Comisario, autoridad máxima de ese protectorado, luego fue ayudante del Teniente Coronel de Regulares Ponte, a su lado pereció, truncándose así un futuro promisorio dentro de la milicia; aunque en plena juventud logró un merecido ascenso a la inmortalidad.

Reconocimiento español
En el Ecuador se propagó la noticia de un combatiente imbabureño que murió luchando en Europa. España exteriorizó su gratitud al país del héroe, el acta de la Sesión de Cortes del 23 de junio de 1922, certifica que el parlamentario Rodríguez Viguri “…se refiere al Oficial ecuatoriano que ha muerto luchando en Africa como Alférez Honorario del Ejército Español; pide que el Parlamento rinda un homenaje al bravo oficial, y que el Ministro de Estado lo comunique hacia su país. El Presidente del Concejo enaltece también al bravo Oficial muerto, y se adhiere a ese deseo, como muestra de que el Parlamento Español está cada día más unido en amor a las Repúblicas americanas. Se asocia de todo corazón al ruego del Sr. Viguri, con la sola diferencia de entender que esa comunicación debe dirigirla el Presidente de la Cámara. Esto será algo que estreche más y más los lazos de cariño que unen a España y América… por ello propone se acuerde ya el homenaje de sentimiento de admiración y de pésame del Parlamento por la muerte heroica de dicho oficial americano”.

El periódico madrileño ABC en su edición Nro. 6080 (1922-07-01), publicó un artículo escrito por José Ortega Munila, uno de los más connotados periodistas españoles de aquella época, quien así opinaba: “…Peleaba él por amores ideales, entregándose a ellos como el hijo a la madre, como el novio a la amada. Sublime fuego de una raza grande, que se rinde a otra raza grande también. La sangre de Suárez Veintimilla será el rojo broche que enlace seis siglos de historia, y aquellos españoles por cuyas almas haya pasado la triste angustia del desamor, sentirán ciertamente envidia de este doncel, que ha heredado la gloria de los Helenos, que no esperaban a ser viejos para realizar el sacrificio y caían en el campo de batalla entre una canción y una sonrisa.

Cientos de discursos pronunciamos, millares de artículos escribimos para proclamar la fusión hispanoamericana. El joven Suárez Veintimilla la ha condensado en un momento de mágica excelsitud… ha entrado entre palmas de oro en el Partenón de las milicias dilectas”.

Y en la Orden del Centro correspondiente al día 10 de julio de 1922, el Coronel Pedro Gómez Medina, Director de la Academia de Caballería anotaba: “…Todo español tiene el deber ineludible de dar su vida por España, y más aún los que vestimos el honroso uniforme de su ejército porque lo juramos ante su bendito estandarte. Pero ofrendar la vida sin ese deber, como lo ha hecho el Alférez Suárez Veintimilla guiado por cariño, por amor a su segunda patria como siempre llamaba a España, propio es sólo de almas nobles y espíritus esforzados…Por mi orden de hoy, el nombre del Alférez Suárez Veintimilla figurará en el Cuadro de Honor de la Academia, en ese cuadro que es nuestro orgullo porque constituye nuestra ejecutoria de nobleza escrita con sangre de héroes y de mártires y pregona al mundo las proezas de la caballería española”.

Ya en el siglo actual (18 de mayo del 2001), los altos mandos del cuartel González Tablas de Ceuta, otorgaron a nuestro compatriota el nombramiento póstumo de Alférez de Honor durante una ceremonia castrense denominada “Viernes Regular”, efectuada en las instalaciones del recinto militar. Al acto asistieron familiares del homenajeado, quienes viajaron desde Ecuador para solemnizar con su presencia un reconocimiento justo.


Fuente: Núñez Garcés, Jaime. Comunicación personal, 18 de junio de 2022.