Nina Paccha, la Princesa del Lago

Ya se habían formado los ayllus y los aborígenes abrían el surco esperando la nueva cosecha; los soles recién formados poseían a la tierra en soledad de pasto oloroso, mientras los inviernos volcaban su frescura y los transportaban vestigios de edades anteriores. La vida era una comunión directa del hombre con el cielo, y el crecer del maíz, la única escala del tiempo.

Mas, un año se ausentó la lluvia, la semilla se perdió en el árido campo: los hombres se volvieron silenciosos y adquirieron el mírar cansino de las bestias. Huarcha, el brujo, invocó tutelares espíritus y buscó el maleficio en las entrañas de los cuyes; al levantar la cabeza, su mirada fue feroz:

Una virgen debe morir en el volcán para calmar a los dioses. La doncella que en la próxima luna cumpla quince años será sacrificada- condenó definitivo.

Los ancianos miraron atónitos la cumbre donde habitaban seres que solo Huarcha había visto en noches de tormenta, y callaron. El pueblo vio pasar a sus hijas ante los Curacas y a Huarcha mirarlas con su ojo de párpado caído. Cuando pasó Nina Paccha, el presentimiento de lo inevitable extinguió las palabras. Nina era hermosa, de labios suaves y pechos redondos, tenía ojos oscuros como alas de gorrión y el cabello trenzado le caía doliente, sobre su espalda. Su nombre significaba Fuente de Luz.

-¡Nina! ¡Nina!- clamaron como marea que crece. Los ancianos palidecieron hasta el color de las ubillas al comprender la sentencia, bajaron la cabeza y se retiraron temblorosos. Solo Gualtaqui se quedó mirando las sombras y a la muchacha que era para él como amplia sonrisa.

En la noche tempranera, el último huiracchuro cantó su despedida y el gemido de Gualtaquí ascendió hasta las estrellas:

-¡Nina, si tú mueres yo no quiero vivir!

El abuelo Isama quiso revocar la sentencia pero el hambre del pueblo clamaba dolorosamente y sus palabras murieron al pronunciarlas ante Huarcha, que mantenía el fuego y hacia hervir hierbas y amuletos para la ceremonia macabra.

¡ Huyamos, Nina!- suplicó Gualtaqui mientras la noche envolvía a la joven en suave mortaja.

-¡Taita lmbabura nos perseguirá para castigarnos.

¡No! ¡Huarcha miente! Taita es bueno y protegerá nuestro amor.

¡Vámonos antes de que nos encuentre la luz!

Pero ella sabía que huyendo, traicionaba a su pueblo sin lluvia, y que la muerte caería como helada en los páramos.

Isama dijo que podíamos huir si sujetábamos cada uno los extremos de tu trenza y que no te mirara al escapar porque de hacerlo te perdería para siempre.

Después de un silencio, la doncella susurró decidida:

¡Corta mi trenza antes de que la mañana trepe el monte!

Con su fachalina avanzó tras Gualtaquí por la desolada campiña, sosteniendo el cordón de su pelo. Como enanos, con sombreros hundidos hasta el cuello, quedaron atrás, las chozas envueltas en niebla donde los niños dormían arrullados por los cuyes y las mujeres escuchaban el lento caminar de la muerte. El recio mozo andaba de prisa, ansioso de que muriera un día aún no nacido para poder gozar de la presencia de su amada.

Haré choza para ti y tocaré el pingullo para que cantes.

¡ Tengo miedo! Musitó la doncella corriendo tras él; Gualtaquí cerró los ojos y se mordió los labios al recordar que hasta entonces la felicidad fue dulce caricia esperando su unión en la próxima cosecha, pero ahora la angustia los empujaba a través de los chaquiñanes empapados de amanecer.

Cuando Huarcha acudió, impaciente para prepararla para el sacrificio, había en su interior un caudal lujurioso que esperaba desatar cuando acariciara el núbil cuerpo de la víctima, pero al ver que Paccha había desaparecido, sus labios se contorsionaron en una maldición y su ojo relampagueó feroz: -¡Hay que encontrarlos! ¡Los dioses se vengarán si no aplacamos su sed! El brujo corrió con una antorcha encendida, y para los cuatro costados del monte se fueron los hombres armados de venganza; hasta las mujeres y los niños emprendieron la búsqueda, solo el abuelo Isama se quedó, estático mirando al vacío.

Nina se quejaba de que los espinos se prendieran como garras a su cuerpo en fuga, y Gualtaquí seguía corriendo adelante, soportando la tortura de no poder acariciarla con la mirada.

¡No puedo más Gualtaquí! – clamó sin aliento, mientras en la loca carrera un pedazo de fachalina se desgarraba en una rama.

Allá descansaremos ; ¡ corre, Nina, corre!

Huarcha encontró el pedazo de fachalina y ebrio de triunfo gritó enloquecido: -¡Los agarraremos! ¡Los dioses no serán burlados!

La madrugada comenzó a cantar sobre la hierba áspera. De cara al sol Gualtaquí se tambaleaba cuando el grito de Paccha desgarró el campo:

¡Allá vienen! ¡Mira!

Gualtaquí, sorprendido, giró la cabeza y al ver a Nina, el cielo se iluminó partiendo el amanecer como un hachazo. La muchacha desapareció mientras un manantial de agua limpia comenzó a extenderse sobre la planicie.

Huarcha, con sus hombres se detuvo ante el sortilegio. Gualtaquí, sosteniendo aún el cordón de cabellos, cayó al suelo, implorando:

¡Taita, castígame a mí también! ¡Nina se hizo laguna porque yo la robé ¡castígame, taita!

¡ Quédate conmigo, Gualtaquí ! Imploraba Nina, lejana y cristalina.- ¡No me abandones!

Convulsionado por el llanto, Gualtaquí extendió los brazos tratando de asirse a la voz amada que suplicaba:

¡Tengo frío, quédate conmigo!

Taita, haz que me quede junto a ella para siempre!

Un relámpago cruzó sobre Rey Loma y apareció un frondoso lechero: era Gualtaquí con su cuerpo, convertido en fibra vegetal, sus músculos hechos ramas recortando el paisaje y sus dedos, hojas en vuelo.

¡ Malditos ! ¡Están malditos! Masculló el brujo arrojando la antorcha. El y los dioses se hallaban satisfechos. Una lluvia nueva danzaba sobre el campo.

Los imbayas aman al lechero, porque fue hombre que desafió a los dioses y se quedó para siempre en el paisaje junto a la líquida doncella que fecundó la región carcomida de sequía. Los españoles la llamaron San Pablo pero su nombre es Nina Paccha: Fuente de Luz.

Eso sucedió hace tantos años que la memoria se debilita al recordarlos; allá, cuando el maíz era la única escala del tiempo y los soles surgían recién formados.


Fuente: Jaramillo Cisneros, Hernán (Compilador). “Por las calles de Otavalo. -De arriba abajo-” Revista Sarance -Serie Monografías- No. 1. Instituto Otavaleño de Antropología y Universidad de Otavalo, 2006. Web. 31 de octubre de 2016.