Enma Guerra de Sánchez

EL YAMOR DE DOÑA ENMA
Escrito por Jaime Núñez Garcés

Con ánimo renovado y un resuelto propósito de permanencia, nuestra Fiesta del Yamor enfiló desde años atrás por el sendero de una nueva etapa, ahora quizá, ambiciona alcanzar sus bodas de diamante, las doradas, ya son historia, tan indeleble como dulce. Conmemorar los cincuenta años fue la ocasión para hacer un recuento nostálgico, latente, porque las evocaciones perduran irrebatibles en quienes sienten haber sido parte protagónica, aseveración respaldada por el testimonio de Enma Guerra de Sánchez, cuya ascendencia legó la costumbre y el conocimiento para elaborar la bebida tradicional.

Doña Enma alojaba sus días posteriores en el calor hogareño, su narración lúcida, hacía aflorar una añoranza contagiante por tiempos que nunca volverán. Ayudando desde niña a sus progenitores “la bermeja” Carmen Atienza y Manuel Guerra, aprendió los pormenores de la preparación, su abuela, Juana Páez, popayanense que llegó a Otavalo en 1880 y posteriormente contrajo matrimonio con Pablo Guerra, fue quien dio inicio a este quehacer culinario irrebatible, perennizado por sus descendientes.

Aún no había nacido la fiesta cuando en el barrio Monserrate celebraban cada septiembre la novena de la virgen, donde tenían cabida los regocijos populares y el expendio del yamor. Durante esos días, la familia Guerra arrendaba una casa aledaña adonde llevaban los utensilios de cocina y el mobiliario indispensable, la adecuación de chinganas permitía una mejor atención al cliente “mamita me pedía que le ayude haciéndome cernir la chicha”, recordaba, desde luego, habían ocupaciones adicionales a las cuales ella daba cabal cumplimiento. Conforme avanzaba el relato, advertí en aquella oportunidad cierta melancolía en su hablar, “en ese tiempo, iba bastante gente a Monserrate por la fiesta de la virgen, desde el Jordán salía la procesión después de la misa del domingo, llegaban reventando camaretas a la plaza donde en la tarde había ollas encantadas, palo encebado y otros juegos, era cuando más se vendía  yamor con el platito de mote, fritada, morcilla, tortillas y empanadas” como faltaban manos, se recurría a personas ayudantes quienes aprendiendo el oficio contribuyeron a la propagación posterior.

Tras el fallecimiento de su madre recogió la posta. Otavalo vio nacer a su fiesta predilecta y la venta del yamor se mudó, estableciendo morada definitiva en el barrio del Batán. De manera similar aunque independiente, vendían en sus respectivas casas su prima Tránsito y su hermana Rosana, desde luego, la calidad y el sabor  eran semejantes.

Con el verano venían los preparativos: escogimiento del maíz y las otras variedades, provisión de cinco o seis chanchos a punto de reventar y claro, la predisposición necesaria. Llegado el momento, cinco y media arrobas de harinas entremezcladas iban a parar en una enorme paila de cuatro asas u orejas “la yamorera”, la cocción hasta obtener el “ticte” duraba toda la noche. El “uchujaco” o chicha de maíz germinado llamada comúnmente de jora, debía estar lista para la cernida, así, ticte y uchujaco reunidos, daban vida al yamor substancioso. Después del consabido desposte, cual cristianos pecadores los puerquitos terminaban uno por uno en otra paila de bronce para transformarse en exquisita fritada, carne colorada auténtica, chicharrones y morcillas sabrosas. El plato típico bien despachado y la jarra con “vino ocre” del propio, provocaban lleno completo en las mesas del patio interior.

Epoca de fiestas inolvidables, de confraternidad y reencuentro con los ausentes, de ambiente totalmente diferente por acogedor e inmejorable.

El decurso irrefrenable del tiempo, hace que ciertos hechos pierdan vigencia y resta vitalidad a las personas. Los años acumulados sobre la humanidad de Enma Guerra, hicieron dificultosa su actividad específica que claudicó en 1988, la paila yamorera nunca más volvió a sentir el calor infernal del fuego, hasta cambió de dueño al asomar un coleccionista de antiguedades para proponer su compra, sin regatear, éste, entregó el millón de sucres solicitado unos meses antes de producirse la agobiadora dolarización, la paila vejancona tenía grabado un nombre: Carmen Atienza.

Esta trayectoria de características singulares, ha sido objeto de reconocimiento. Por invitación del Dr. Enrique Ayala Mora, Doña Enma asistió al congreso nacional hace algunos años, en ese acto recibió una medalla, diploma y de paso algunos “honorables” abriendo un paréntesis en su “sacrificada labor” probaron el yamorcito de mi tierra.

La ruidosa volatería de las vísperas por el novenario de la “Niña María” le causaban espanto cuando era pequeña; desvelos, las noches que pasaba vigilando la paila hasta conocer el punto; alivio, ver una clientela satisfecha; cuando las canas poblaron su cabellera, por todos aquellos momentos inolvidables sentía… una nostalgia profunda. 

Ella, alcanzó ya el final de sus días y el dulce sabor de su bebida renace en la memoria.


Autor: Núñez Garcés, Jaime. Comunicación personal, 4 de junio de 2020.