Escrito por Jaime Núñez Garcés

José Luis, un trompetista consumado y hermano mayor de Manuel, fue quien encaminó a éste por los vericuetos del quehacer musical, debidamente asentado en el hogar que formaron José Mantilla Otero y Doña Clotilde Cerón.  A Humberto, otro de los hijos, le correspondió contribuir con su melodiosa cuota de saxofonista habilidoso. 

Desde que el décimo día de enero de 1910, Manuel Alfredo vino al mundo, transcurrieron catorce años para señalar el inicio de una existencia consagrada por entero a las notas musicales como virtuoso ejecutante y compositor reconocido. Por aquella época ya dominaba algunos instrumentos, destacando el clarinete como su preferido. El sanjuanito “Ñuca llacta”, la canción más conocida y más difundida, nació por esos años. 

Ya de músico “hecho y derecho” y por iniciativa suya, formó y dirigió la banda de la “Fábrica Industrial Algodonera” de Atuntaqui, lapso en el cual consolidó su aptitud para la composición, precisamente entre sus primeras creaciones consta la marcha que lleva el nombre de este establecimiento fabril. En 1926, sopla que sopla, integró la banda del “Batallón Pichincha” acantonada en Ambato, posteriormente y por espacio de cuatro años estuvo al frente de la Banda Municipal de Milagro.

Como en todo músico hacen mella la bohemia y los flechazos de cupido, a Don Manuel Mantilla le tocó el turno, resultado inminente: casorio. Contrajo matrimonio con su coterránea María Isabel Vásquez Arias con quien procreó cuatro hijos: Marina, Piedad, René y Fausto.

Durante una docena de años fue integrante de la Banda Municipal de Quito cuando en 1954 por pedido del Presidente Municipal Manuel Andrade Valdospinos, retornó al suelo añorado para hacerse cargo de la banda, sin duda, una  “vuelta del músico” muy oportuna y acertada. Fueron cuatro años de una tarea encomiable donde además promovió el surgimiento de la orquesta “Casino de la playa” y del conjunto “Rinimillacta” (Me voy a mi tierra) cuyas actuaciones eran difundidas en el programa “Sierra adentro” que emitía con libretos de Alvaro SanFélix la pionera Radio Otavalo “La voz del altiplano” propiedad de Hugo Cifuentes y de Don Augusto Dávila. Las retretas –como siempre- constituían el esparcimiento citadino, de calidad interpretativa muy elevada, según testimonio, ha sido la única época en que la banda ejecutó el pasillo “Reír llorando” de Carlos Amable Ortiz, tema conocido de ejecución prolija. Tras largos y exigentes ensayos realizados en el local de la Sociedad Artística, se llegó incluso a interpretar en el parque Bolívar la obra sinfónica “Centenario” autoría del compositor Virgilio Chávez Orbe, constituyendo todo un acontecimiento.

La banda del “Regimiento Quito” le recibió con los brazos abiertos el año 59, de su permanencia en ésta son destacables dos sucesos. Con la participación de casi todas las provincias (la Banda de la Zona del Canal incluida), se realizó un concurso de bandas en la Plaza de la Independencia, la ganadora, con sobra de méritos la que dirigía nuestro coterráneo. Por esa misma época, en el naciente coliseo Julio César Hidalgo, tuvo lugar un festival con la participación de numerosas bandas ecuatorianas, todas, bajo la dirección acertada de Manuel Mantilla Cerón. En esta institución, concluyó su ciclo como director el año 1972 tras 46 años de una amplia actividad musical, para acogerse a la jubilación.

Habiendo entregado todo un legajo de magistrales interpretaciones y creaciones a la posteridad, cerró sus ojos el 8 de octubre del 2000. Con él partieron sus vivencias, su sonrisa espontánea y su forma de ser. 

En el alma sublime de Otavalo, su tierra natal, permanecen indelebles sus dulces melodías.


Autor: Garcés Núñez, Jaime. Comunicación personal. 28 de julio de 2022.