DOÑA TRANSITO GUERRA
Escrito por Jaime Núñez Garcés

Cuando en el devenir ciudadano hay personas que son testimonio palpable de una vida sencilla y honrada, la consideración primero, el afecto luego, llegan hasta ellas por senderos de sinceridad espontánea. Y si gran parte de esa existencia está dedicada a fortalecer las tradiciones populares, la mutación actúa haciéndolas verdaderos personajes que revistiéndose de protagonismo, dejan atrás el anonimato para ser apreciados por la comunidad entera.

Tal fue el caso de Doña Tránsito Guerra, o “mama Tránsito” como era conocida en su medio ambiente. Nombre que una revisión del yamor exige, por resultar imprescindible, la memoria otavaleña debería registrarlo con caracteres indelebles porque  además acarreó consigo la difusión, elemento vital que hace permanecer las costumbres o los hechos.

Otavalo terminaba al norte del “barrio de los olleros”, sus calles de empedrados regulares y aleros perecibles, atesoraban encanto. Monserrate, sector un tanto apartado por esos años, celebraba entre el 1 y 8 de septiembre la novena, homenajeando así a su “virgen de milagro”, hecho religioso que con carácter festivo convocaba a las familias otavaleñas. La distracción sana y el entretenimiento revivían durante este período, de los regocijos populares disfrutaban pobladores y familias romeriantes. Complemento esencial, constituía la degustación del plato típico acompañado de una bebida que cobraba vigencia: el yamor. 

Foto © Doña Tránsito Guerra. Archivo personal del licenciado Patricio Guerra.

Nicolás Guerra y sus hermanos Manuel y Rita ofrecían –como antaño sus ascendientes- las apetitosas porciones debidamente preparadas. Años más tarde, María Tránsito, hija del primero y de Doña Tránsito Orbe, habiendo conocido los pormenores de la elaboración, hizo suyo un quehacer que mantuvo mucho tiempo, legándonos el recuerdo entrañable y perenne.

Estableció su cotidianidad sobre el cruce de las calles Roca y Colón. Casa, familia y enseres, encontraron ubicación fija en la esquina nororiental. Desde entonces, todos los septiembres llegaban precedidos de vientos veraniegos demandando laboriosidad. El engorde de chanchos en un terreno pequeño situado enfrente y denominado “el corralito”, constituía la ocupación preliminar, “para septiembre tienen que salir” sentenciaba Doña Tránsito según testimonio. Llegado el momento, las diferentes tareas se asumían con predisposición. Así, una señora de nombre Alejandrina preparaba la sabrosa fritada, las empanadas tomaban forma por el amasijo de Lola Morán y a “Doña Juanita” las tortillas debían ese sabor peculiar, desde Ibarra, ella venía con un  hijo pequeño para residir durante toda la temporada en casa de su hospitalaria comadre que como jefa, tenía a su cargo: recomendar amablemente el cumplimiento, probar las diferentes sazones, vigilar tiempos de cocción y al final, dar el visto bueno. 

Trastos lavados, papas peladas y  mesas atendidas, eran posibles merced a la diligencia de personas ayudantes, completándose una comitiva de diez miembros más el apoyo irrestricto y la supervisión general del esposo Joaquín Dávila. La leña, su combustión y las sólidas pailas de bronce cumplían el cometido indirecto de proporcionar una típica exquisitez.

¿Quién no saboreó ese yamor de autenticidad ancestral? ¿A cuántas generaciones nos habrá llegado? Nombrado hasta en los cantones cercanos, circunstancia que contribuyó a consolidar un fragmento de nuestra identidad. Distinguían al menú criollo, las apetencias extras consistentes en morcillas rechonchas bien doraditas, cuero asado o cocinado y el encurtido como aperitivo especial, del “cuchicoles” usufructuaban sólo los vecinos y más allegados. Religiosamente “mamá Tatito” (así la llamaban sus sobrinos-nietos Patricio, Anita y Nicolás), hacía costumbre de ese período, levantarse a las 4 de la mañana para esperar el instante preciso y señalar “ya es hora de que ciernan”, sin demora, los dos veladores tamizaban con chicha de jora el potaje de granos cocinados y la bebida nacía substanciosa.

Transcurría una semana desde el último día de la “fiesta más alegre” y las arduas labores culinarias finalizaban, a la par, el expendio y la asiduidad de clientes satisfechos, “el corralito” perdía vigencia durante un largo año así como mesas, sillas y vajilla.

Estimada por su bondad, logró asentarse definitivamente en la añoranza, testigo fidedigno de una larga vivencia y prototipo de las personas aferradas al lar nativo. El cansancio asomó en su postrimería, afectándose la vitalidad que caracterizaba a Doña Tránsito, deterioros esporádicos de salud la acompañaron hasta que sobrevino la muerte absurdamente trágica un febrero 14 del año 1982.

En el barrio, las campanas convocadoras de El Jordán siguen repicando igual; pero…mama Tránsito y el recodito esquinero de patio terroso que albergaba a trompos, bolas, tortas o billusos ya no están; aunque ella es ahora capítulo y símbolo propio de nuestro Otavalo. 


Autor: Núñez Garcés, Jaime. Comunicación personal, 6 de mayo de 2022.