Jhosep Mier es un turista Holandés que arribó hace tres días a la ciudad de Otavalo. Ayer, a primera hora, se desplazó hacia la comunidad de Peguche. Su intención era conocer la ancestral cascada que se encuentra en el lugar.

Al ingresar al punto de acceso, en el sector de Faccha Llacta, un letrero llamó la atención del extranjero. “Aquí se encuentra el obraje de 1613, donde cientos de indígenas fueron sometidos a trabajos forzados”, reza textualmente el rótulo, ubicado en la pared frontal de la antigua fábrica.

La curiosidad de Jhosep le condujo hasta un kiosco del lugar, donde un joven indígena -Luis Lema- elaboraba manillas artesanales para comercializarlas. ¿A qué se refieren con el mensaje de ese letrero?, preguntó el turista. “En este sitio funcionó en el siglo 17 el obraje de Peguche, que era una fábrica de textiles, donde laboraban por largas jornadas nuestros antepasados, bajo el sometimiento de la corona española”, contestó Luis Lema. 

La breve respuesta del indígena concitó aún más el interés de Jhosep, quien descargó su equipaje y se acomodó en una pequeña banca del puesto de venta. “Quiero que me cuentes esa historia”, instó al indígena, quien al tiempo que tejía las prendas artesanales inició su relato…

El obraje de Peguche data de 1613, aunque hay argumentos históricos que atribuyen su creación al año 1622. Una vez que se conformaron los corregimientos y con ello las haciendas donde se generaban los tributos y beneficios para la Corona, en Otavalo se creó un gran taller donde se confeccionaban especialmente paños de colores azul, verde, morado, colorado y negro. Se conoce que entre 1666 y 1672 la producción promedio se estableció en 20 mil varas de paño anuales.

Para la fabricación de esos artículos, se empleó la mano de obra de los indígenas que habitaban en la zona. Se habla de unos 300 obreros que provenían de varios lugares, como Cotacachi, Atuntaqui y San Pablo, quienes estaban obligados a salir a las 04 de la madrugada para iniciar la jornada y desocuparse alrededor de las 18h00 para retornar a sus viviendas, luego de caminar distancias de 2 o 3 leguas.

La instalación de la fábrica tuvo un costo aproximado de tres mil pesos, bajo la responsabilidad de la Real Hacienda. El sitio donde se ubicó -en las cercanías de la cascada- fue estratégico, por cuanto se construyeron canales de agua para captar el líquido y conducirlo hacia el obraje. El propósito era disponer del recurso para el lavado de la materia prima (algodón) y los procesos de teñido de los paños.

La administración se la desarrollaba por la vía de arrendamiento. Es así que para 1626 Juan González de Marchena se hizo cargo del manejo de la fábrica, por un costo de 14 mil pesos anuales, quien se encargó de organizar aspectos como la adquisición de materia prima, control de comercialización, pago de jornales a los indios y de salarios a los funcionarios.

Las prendas que se obtenían eran de exportación, de manera especial se enviaban a países europeos y una determinada producción estaba destinada al mercado de las regiones contiguas.

La historia ha revelado que el sistema de los obrajes fue un sistema de explotación para con los indios. Por una parte las largas jornadas de trabajo sin descanso y por otra el sistema de pagos. En cuanto a las remuneraciones se hacían cada seis meses, pero luego de hacer varios descuentos, que eran denominados “rayas”.

El respectivo corregidor hacía dichos descuentos por concepto de tributos, mismos que eran destinados a las arcas reales. De plano los pagos que se les hacía no compensaban el esfuerzo y no contribuían a propiciar mejores niveles de vida. En la mayoría de casos los indios terminaban en el sistema de endeudamiento.

En estas labores participaban indígenas desde corta edad hasta los más ancianos, no existían excusas por ese motivo. El trabajo en los talleres absorbía por completo el tiempo de los obreros.

Para 1684 el dominico Antonio Coronel ofreció mil pesos para administrar el obraje. Sin embargo, el manejo pasó a manos del capitán Pedro Xavier Donoso, quien se desempeñaba como alcalde provincial de la Villa de San Miguel de Ibarra y quien fuera arrendador del obraje mayor de Otavalo, por tres mil pesos.

El funcionamiento del obraje cesó temporalmente, cuando se produjo una rebelión indígena en 1777, en la que fueron quemadas las instalaciones. Sólo 7 años después se lo rehabilitó, por iniciativa del conde de Casa Jijón, quien contrató al italiano Juan Bautista Mayneri, por un salario de 100 pesos mensuales, para capacitar a los indios en nuevas técnicas de los tejidos de algodón.

Paralelamente, el sobrino del Conde, José Manuel Jijón y Carrión innovó la fábrica con las primeras máquinas de tejidos. Pero en 1868 el terremoto que azotó a Imbabura provocó que José Jijón traslade la fábrica de Peguche al sector de Los Chillos. Con ello terminó una larga historia que se gestó en el obraje de Peguche.

El relato de José Lema dejó atónito a Jhosep, el turista, quien no cesaba de hacer preguntas para satisfacer su expectativa. 

“Debe ser por eso que Peguche es el principal centro del cantón Otavalo donde se produce una gran variedad de artesanías hasta la actualidad. Nuestros antepasados nos legaron esa habilidad, aunque para ellos la confección significó, más que un arte, una forma de explotación a la que tuvieron que enfrentar por más de dos siglos”, manifestó José.


Fuente: “Una nostálgica historia en el obraje de Peguche”. 21 de julio de 2003. lahora.com.ec. Web. 4 de enero de 2020.

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