Era mal augurio que la luna danzara en un cielo solo y triste; mal presagio que el búho volara melancólico a ras de tierra, temiendo llorar su desolación en la alta nube; mal vaticinio que el volcán, oscuro y paternal, permaneciera envuelto en niebla, sordo a los lamentos de sus hijos, cuando el rey Huagrahurco agonizaba.

Poderoso cacique fue el anciano monarca; fuerte su brazo y clara su inteligencia para sojuzgar y gobernar; pero ahora, lánguidas antorchas iluminaban las grises paredes del aposento real donde sus cinco hijos se mantenían silenciosos en espera del dictamen final.

¡Taita Imbabura elegirá mejor que yo a quien de vosotros merezca ser rey! – 1nurmuró como sordo caudal que encuentra un abra y se escapa; y no dijo más porque el Sol aferró su arrugada mano y lo transportó a la región de los eternos pastos y sosegados rebaños.

La cámara mortuoria preparada para recibir el cuerpo del rey se llenó de plañideras extendiendo su llanto sobre el llano, mientras los herederos ocultaban el rencoroso sentimiento que los ensoberbecía: Chulpiñán, el mayor, se levantó bruscamente dando la espalda a quien descansaba más allá del odio, y miró el paisaje adormecido por la luna con ojos de afilada cólera. Jóraví erguía la cabeza con desprecio por ser el preferido y creer que el manto de púrpura le pertenecía, pero la voz del anciano se había apagado sin decidirlo, hundiéndose en la indignación. Morochurco, quien arrancaba de cuajo árboles, sostenía un venado en plena carrera o contenía las piedras descolgadas de la montaña, sentía su propia soberbia arrastrarle rencorosa; pues su padre le decía que un rey debía ser fuerte y, sin embargo, no había sido elegido.

Fue Zarahuma quien se alejó del túmulo mascullando: “Desde guambra me hiciste ambicioso, me enseñaste a codiciar vastas tierras, grandes tribus y buenos tributos, pero ahora me causas repugnancia al verte vencido sin haberme entregado el cetro de las cinco tribus”. Canguilpí, fruto de otoñales ardores con una ñusta, quien le llenó de ternura el corazón de Huagrahurco, era el último: creyó adivinar en la postrer mirada del padre la promesa de convertirlo en rey, pero en vano esperó el designio; y allí estaba sintiendo que la dura serpiente del odio le abrazaba.

Siete días duraron las ceremonias luctuosas.
Siete veces el sol tocó el rostro terroso del muerto y el viento reco­rrió los fríos párpados del rey cuando lo transportaban a donde había combatido, sembrado y amado; cumpliendo el ritual que le evitaría vagar eternamente clamando venganza.
Al séptimo día creció el golpe del tambor y el llanto del pueblo le cubrió para siempre.

Más, si había paz en la tumba del monarca, en el corazón de sus hijos sólo existía odio; por eso lo augures callaron lo que el viento marcaba sobre la ceniza de totora y prefirieron ascender al Imbabura para conjurar el desastre.

Las muchachas entristecieron como sementera bajo la helada, los hombres trabajaban en silencio y en silencio se entregaban al gozo del amor. Por su parte, los príncipes herederos se mantenían en el cubil de su ambición; Joraví humillaba a los súbditos de Cotama con ináudita crueldad cuando consideraba que faltaban a su dignidad; en árboles calcinados por el rayo ahorcaba a quienes se oponían a su satánico orgullo y dejaba por mucho tiempo a sus cuerpos insepultos. Zarahuma usurpaba, ambiioso, todo lo que la gente labraba o tejía. El poder de Morochurco era castigo y condena para Agato, donde todos lo odiaban hasta el asco. Chulpiñán, a quien los años le encorbaron el alma y las espaldas, poseía malicia y hasta su sombra causaba daño: varios niños enmudecieron para siempre a la vista de sus acerados ojos. En Azama sabían que Canguilpí era todo rencor para sus hermanos y lucharía hasta morir por conseguir lo negado por la voluntad paterna.

Después de una noche de lluvia desmadejada sobre el campo, Chulpiñán visitó a sus hermanos y sutilmente aconsejó:

Aunque la muerte del padre nos acongoja, debemos reunirnos para venerar su memona.

¡Antes, necesitamos un rey! Afirmaron indiferentes.

Mañana resolveremos lo que convenga al reino -repuso sin vacilar.

Ofrecieron ir a su casa cuando el sol estuviera alto y, sin perder tiempo, prepararon sus mejores galas y afilaron los cuchillos.

Chulpiñán vivía en Imbabuela rodeado por altos muros cubiertos de musgo; su casa, como su alma, tenía siete puertas y era oscura y tenebrosa. A la hora fijada los esperó en el umbral, con una malévola sonrisa y su más ·pulcro vestido, y aunque los abrazó al recibirlos, todos se mantuvieron alertas.

La mesa rebosaba alimentos condimentados y frutas en sazón, y el licor fermentado hizo que pronto la sangre cargada de temores, corriera libre y veloz. Llegado el momento, Chulpiñán, levantó su pilche brindando:

¡Cacé un venado en el Fuya _ Fuya para este día; os invito a que lo comáis!

Recibieron raciones del apetitoso y humeante guiso mezclando bromas alegres y malintencionadas; más, cuando se disponían a comer, el fuerte graznido de un buitre que entró en la habitación, les detuvo. El ave se posó sobre el aderezado venado, hundió su pico en la provocativa carne y cayó muerto.

Canguilpí se precipitó para alzarlo y gritó enfurecido: ¡Está muerto!

Su voz fue orden de batalla contra Chulpiñán que les había tendido una trampa para eliminarles. Se aprestaron a la matanza. El jorobado se lanzó a luchar vociferando:

¡Los mataré, porque yo debo ser el rey!

Pero un sordo y prolongado estruendo les detuvo, el cielo se oscureció violentamente y una imprevista tempestad los sobrecogió de espanto; la casa de siete puertas fue sacudida como rama al viento y, al querer huir, una súbita e intensa luz invadió la estancia y les paralizó.

Majestuoso, con barba hecha de niebla y cubierto con largo manto oscuro y verdoso, un anciano se erguía en medio de la luminosidad; después de mirarles severo, habló con voz de trueno:

¡Vuestro padre me encargó velar por vosotros!

Cayeron de rodillas empujados por una fuerza desconocida y hundiendo la frente en el polvo exclamaron:

¡Taita Imbabura! ¡Taita, bendito seas!

¡ Si drramáis la sangre que proviene de un mismo cauc, Huagrahuco jamás obtendrá serenidad!

¡Taita, necesitamos un rey! ¡Mucha sangre correrá si no tenemos rey!

¡No hay rey que valga la sangre de sus hermanos! ¡El Imperio está en peligro, huestes del Inca avanzan sembrando destrucción!

¿Qué debemos hacer, Taita?

¡Ordena y lo haremos!

¡Vuestra crueldad indigna al Padre Sol; si queréis sobrevivir, apaciguad vuestros corazones, amad al pueblo y gobernad en paz! ¡ Sólo cuando seáis dignos imbayas, venid a mí!

Y desapareció dejándolos sumidos en la más pavorosa interrogación. Avergonzados regresaron a sus parcialidades mientras el volcán permanecía pétreo frente al eterno paisaje.

Desde aquel cataclismo, el pueblo notó que los herederos cambiaron radicalmente haciendo renacer la sonrisa en el trabajo y la fe en el canto y la cosecha.

El tiempo insistente empujó los días hasta cuando los hermanos salieron un amanecer con dirección al lecho donde encendieron una fogata e invocaron al Taita lmbabura. Un instante después el relámpago iluminó la penumbra y la egregia figura apareció hierática y misteriosa: 

¡Hablad! – ordenó.

Taita, he comprendido que yo tenía, como todos los hombres de Cotama, deberes y derechos, -dijo Joraví-, conviví con ellos humillándome, escuchando sus lamentos y cicatrizando las heridas que mi orgullo ocasionó. Lloré la maldad y coloqué ceniza de arrepentimiento sobre mi cabeza.

Cuando llegué a Peguchi -continuó Zarahuma – ví cómo mi ambición los había tomado miserables, y comprendí por qué sus miradas eran torvas y había cuevas de odio en sus almas. Abrí entonces mis trojes y repartí al pueblo lo que le pertenecía; establecí justicia, entregué la tierra y fue como si le quitara a mi cuello la inmensa piedra a la que estaba atado.

La voz de Morochurco irrumpió, doliente:

Siempre procedí con brutalidad, Taita; la fuerza que me dio el padre Sol sirvió para destruir lo tierno y bueno de Agato; cuando volví a mi pueblo cantando de alegría, la gente escapó horrorizada cerrando sus puertas, y, al verme solo, mi júbilo se trocó en amargura y en llanto mi alegría. Lloré hasta cuando volvió mi mujer con otras del pueblo que lloraron conmigo cuando les expliqué mi mansedumbre y les pedí perdón. Desde entonces mi fuerza edificó templos, levantó murallas y construyó puentes. Perdóname Taita, pero es lo único que he podido hacer en beneficio de mi pueblo.

Mi padre me puso Canguilpí por ser pequeño; cuando murió sin designarme para el trono, sentí que el pecho” se me endurecía como las rocas de tu cumbre; pero hace una luna descubrí en una ñusta el bálsamo generoso de la ternura, dulcificando mi corazón convirtiéndolo en suave panal. Mi corazón era duro pero ahora está lleno de amor; era fiero mas ahora es ave que trina, habitado de música, junto al Padre Sol.

Chulpiñán, a quien el remordimiento detenía la voz, sintió la mirada fría del mítico anciano y avergonzado se apresuró a decir:

Terribles fueron los días y tormentosas las vigías cuando aproveché mi poder para llenar mi casa de oro sin importarme el odio acechante; mi corazón era alimentado por malas raíces, hasta cuando en sueños escuché la voz de mi padre condenándome a las tinieblas al fin de la lunas; por eso distribuí oro entre huérfanos y viudas y habité una caverna del Mojanda hasta alcanzar el perdón del Sol.

¡La nueva mañana se recostaba sobre el filo de los cerros suspendiendo todo ante la sentencia de la cósmica deidad:

¡Ahora sois dignos y leales con vuestro pueblo y lo defenderéis de Huaynacápac! ¡Alistad armas y preparad hogueras porque amargos días medirán el sacrificio! ¡Acercaos y dadme vuestras manos, porque debéis hacerme un juramento!

Extendieron sus rudos brazos y el patriarca los hirió con afilado pedernal. La sangre brotó violenta bajo la creciente luz de la madrugada que peinaba las totoras bebiendo la última estrella y despertando a Niña Paccha con un largo bostezo de garzas:

¡Juntad los brazos para que vuestra sangre corra por un solo cauce y séais un solo rey! ¡Ahora tenéis corona y cetro de un mismo pueblo y en la tierra, donde cae vuestra sangre, brotará nuevo alimento como símbolo de alianza!

La sonrisa se multiplicó en los hijos de Huagrahurco al ver infinidad de tallos ondulantes coronados con mazorcas empenachadas de fina pelusa . Sarance – Ensayos locales Instituto Otavaleño de Antropología – Universidad de Otavalo

Este alimento ha nacido de vosotros; del orgulloso Joraví saldrá la Jora; de vos Canguilpí nacerá el canguil; de Chulpiñán, que fue terco y avaro, el menguado Chulpi.

Alegres y estremecidos besaron la tierra que, con nuevo fruto se entregaba a los imbayas, mientras el lmbabura se elevaba resplandeciente en la niebla del amanecer.

¿Y de mi Taita? Clamó ansioso, Morochurco.

¡ Por el llanto que vertisteis, el morocho será blanco y duro como tus lágrimas!

¿Y de mi sangre, Taita? – preguntó Zarahuma corriendo hacia el anciano que ascendía en la luz.

¡Os multiplicaréis incansable, en amarillas mazorcas de oro, que los saransig llamarán zara!

¡Gracias, Taita! ¡Gracias! Gritaron transidos de emoción en medio del sembrío crecido al amanecer.

Con el nuevo alimento haréis una bebida cada doce lunas y la beberéis en homenaje y gratitud al Sol como símbolo de la unidad que perdura a través de los siglos.

¿Y cómo la llamaremos, Taita?

¡YAMOR porque es alegría, amistad y amor!

Como encantados por la aparición permanecieron en éxtasis por mucho tiempo hasta que el rumor de las cañas bamboleantes los retomó a la realidad y, abrazados, bajaron cantando por entre la nueva sementera.

Los pueblos los recibieron con fiesta iniciando la celebración del verano.

Y aunque largos años de guerra asolaron la comarca y aunque el Inca derramó la sangre de los hijos de Huagrahurco cubriendo de luto la verde campiña, ésta le conquistó para siempre al entregarse en el dorado embrujo del YAMOR.


Fuente: San Félix, Alvaro. “Revista Sarance -Ensayos locales-“. Instituto Otavaleño de Antropología- Universidad de Otavalo. Primera edición. Otavalo, 2006.