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Perugachy y su andinismo

Posted on 2026-08-052026-08-05 by L. Hdez

Perugachy y su andinismo
Por Marco Antonio Rodríguez. *

Jorge Perugachy (Otavalo, Ecuador, 1954) es un hombre despacible y controvertido, fogoso (defiende a ultranza su proposición artística y hace bien), escabroso y apasionado. En sus interioridades, palpitan las desventuras y carencias de su infancia y adolescencia: Perugachy creció en una familia de origen campesino pobre y aprendió, a pulso de privaciones, a mitigar sus irreprimibles arrebatos gracias a su arte y sus logros. No son pocas las veces que lo he visto conmoverse hasta las lágrimas, al sentirse inerme frente a la perversa distribución de la riqueza, el monopolio del poder, la nula participación de las naciones indígenas en los asuntos de Gobierno que galopan bajo égidas de izquierdas, centros o derechas en nuestra América. En uno de los diálogos, el artista razonaba con exaltación sobre su obra, pero se detenía más en el destino histórico inmediato de los indígenas de nuestra región. Últimamente lo he hallado menos vehemente, reflexivo, sosegado. Invoca creencias religiosas y su espíritu crispado y rebelde muestran signos de apaciguamiento.

Perugachy ha ido cultivando su arte mediante un obsesivo sentido de superación integral. Empezó dibujando en todo lo que hallaba a su paso. A mayores y más acuciantes necesidades, más dibujaba. Silencioso, retraído, aislado, taciturno, el dibujo fue algo consustancial desde sus primeros años. Perugachy se levanta como uno de los artistas pintores más notables de su generación, gracias a un estilo propio, bizarro —a ratos iterativo— siempre espéndido.

Sobre el arte y su naturaleza
¿Qué es el arte para Perugachy y en qué consiste su naturaleza? Tratándose de un pintor académico —constructor de un universo propio (su andinismo), sabio y sutil en el dibujo y el color—, conviene un breve apunte sobre asuntos tan complejos. La vida de este artista está escindida en dos, la que transcurrió en Imbabura y la que ha forjado en Quito. La primera, que comprende su niñez, adolescencia y juventud, pasó en una provincia pródiga en hermosos paisajes y colores (cielos, lagos, volcanes, ritos, ferias, vestimentas multicolores…), y la madurez de su talento, desde la cual mira las cosas mismas, las estudia con minuciosidad, las tiene ante sus ojos, y se fatiga y atormenta para expresarlas con acierto, con fidelidad escrupulosa, rayando en acopios que convulsionan su espíritu. La segunda en Quito, centro de acontecimientos históricos y culturales significativos. Perugachy continúa sus estudios. Investiga, lee, estudia. Desbroza caminos. Vence dificultades. Viaja. Alcanza su consagración definitiva. 

El dibujo —en temperamentos como el de Perugachy— es escapismo y a la vez escudo de posibles comportamientos enrevesados. Por su maña de dibujar fue al Colegio de Artes Plásticas Daniel Reyes, pero los ejercicios colegiales no le satisficieron plenamente, su avidez por arribar a realizaciones más elevadas no admitía represamiento alguno. Naturalezas muertas y esculturas en yeso dejaban en él sinsabores. Entonces empezó a plasmar paisajes. Transcripción de sus entornos, primero. Luego recreaciones de lo que veía, escuchaba, sentía. Perugachy va posesionándose de aquello que lo rodea, expresándolo en un proceso que se da en el magma de su ser para después convertirse en su lenguaje plástico. Accesión al paisaje abstracto. Si antes había reproducido el paisaje a lápiz, plumilla, carboncillo y esfumino, ahora, arribaba a la acuarela —agua y luz— y hurgaba en los trasfondos del paisaje: aire y aroma de su Otavalo natal. Las casas: adobe, maderos, pajonales, tierra, árboles, sembríos y vislumbres de figuras humanas. Boceto, pero pronto abandona esa práctica y asume el duelo entre él y el blanco abisal de la cartulina. La acuarela no admite deslices, vacilaciones, tachaduras, retoques. El pulso firme de Perugachy comenzaba a afianzarse.

El artista empieza a vender sus obras. Los turistas se detienen en el sitio donde ha levantado su tenderete. El hálito insumiso y sensunal de su temperamento se vierte ya en ellos. La eclosión de colores de Otavalo en su cotidianidad y en sus festividades, estampaciones de origen prehispánico, lineamientos y franjas bordadas por las manos índigenas, urden otra de sus series. La figura humana aparece en planos significativos. Luego apura una serie de obras denunciatorias. Rebelión y desamparo, Virulencia y orfandad. Este muestrario de su indignación pasa pronto. El discurso plástico real social sigue como referente. Se precisa una consmovisión interior del mundo y de los materiales que usa un creador para apuntalar una proposición integral. Por ventaja, Perugachy —nervioso e insatisfecho siempre— averigua ese horizonte.

Los ochenta
¿Desde cuándo pintó desnudos Perugachy? Creo que este tema lo abordó desde el colegio Daniel Reyes.Cuerpos de mujeres florecientes, el tembloroso estremecimiento de la vida, la pulpa rosada y sensible que se esparce por la superficie del ser animado; el ímpetu y el abandono del movimiento libre. El lápiz, la pluma, el bolígrafo, el pincel —como apunta la historiadora y crítica de arte Inés Flores— servían a Perugachy para sus desnudos. No se puede insinuar que el artista urde esta serie como una catarsis de conmociones personales arrastradas desde su niñez. Lo que él procura en este feísmo es seguir su sendero irreprimible de artista creador, no ser uno más, ser el mejor, con las exacciones de los ángeles caídos que pueblan los laberintos profundos de todo artista genuino.

El andinismo
Después del sopor virreinal, las artes plásticas de América asomaron renovadas por una energía edificante, hurgando en sus propias y más remotas raíces para hallar su identidad. El eje cardinal de esta cuestión —identidad— es, sin embargo, anterior a la pintura. América es un continente nuevo y confuso que gira entre la obstinación y el estupor de la pasividad. Descomunales omisiones históricas no nos han permitido cuajar en una sola región. Varios procesos vinieron con años de atraso, de viniendo meros postizajes o discursos, simulaciones frente a un espejo importado. En los países andinos, el péndulo de las artes ha oscilado, con frecuencia, entre el prototipo europeo y norteamericano y el acarreo de adobos arquetípicos propios. El camino de nuestras artes visuales está signado por este convulsivo vaivén que no es puramente estético, tampoco moral, sino, en su trasfondo esencial, ontológico. De aquí que el mayor aporte de nuestras artes plásticas al mundo son las vertientes denominadas ancestralismo y andinismo.

La obra de Perugachy es auténtica porque está habitada de su lugar de origen. Vivencia inviolable. Verdad y obsesión. Arte figurativo exonerado de sujeciones políticas el suyo, se levanta como un haz de series que articulan su inabdicable enraizamiento en lo propio, de un modo rigurosamente plástico, libre y, al mismo tiempo, estéticamente válido. Pintura que traduce y transfigura valores y no sentimentalismos; pintura experimental y no predeterminada por un código sociofolclórico; autocrítico y no autocondoliente; arte que muestra nuestra originalidad creativa y nuestro universo invisible. Luego de ‘Mujeres de la noche’ —elogio y culpa—, Perugachy aborda el acrílico y accede a lo más trascendente de su obra: ‘Mujeres andinas’ y ‘Vírgenes del Sol’.

Cosmovisión y cosmogonía
Hallo un punto de inflexión profunda en la obra de este magnífico artista. Como para exorcizarse de una caída (sus Mujeres de la noche), trama una serie titulada ‘Mujeres andinas’. Suerte de himno, con el fin de exaltar a las mujeres de su comarca. Mujeres sencillas y luminosas, campesinas laboriosas y altivas, infatigables y solidarias. Bellas y con algo de magia y soledumbre son estas ‘Mujeres andinas’. Ruralismo sin caer en el folclore o en el pastiche que han dado réditos comerciales a artistas menores. Procedimientos de ejecución adecuados, empaste, modelación y factura que avizoran su obra mayor, su excepcional serie Vírgenes del Sol.

Luego vendrá la serie ‘Ángeles andinos’. Perugachy encarna, en cierto modo, una pintura indígena. Es la sangre que brama en su ser y que solo se alivia en su creación artística. El aliento de sus ancestros que le conminan a fijarse en sus fuentes matriciales. Fuertes influencias religiosas es otro de los sedimentos de su obra. Esa simultaneidad concurre a sus Ángeles andinos. Criaturas como despojadas de un cielo andino. Hermosas y aladas. Asibles, pero distantes. Vuelos imaginativos que coadunan la imaginería colonial con reminiscencias bíblicas y otras de su cosmogonía. Exornando sus Ángeles andinos, rutinal esferas, nimbos, líneas, formas: en suma, un estatuto extraño y misterioso que integra una simbología ancestral arquetípica.

Superada esta serie, empieza la de sus ‘Vírgenes del Sol’, en la que se encuentra la cultura de la resistencia de la que nos habló Marta Traba. Perugachy arriba a esta serie con un dominio magistral del dibujo y del color, consagrando una temática étnica de significaciones, restableciendo las multivarias posibilidades de reconfigurar nuestra memoria cultural, sin demagogias o tremendismos. Glorificación de aquellas vírgenes que desbrozaron los caminos del Inca.

Para cualquier proposición visual saber dibujar entraña responsabilidad. Sí, en arte toda transgresión es bienvenida, pero un artista visual que no sabe dibujar podrá ejecutar obras de cualquier índole (en nombre del conceptualismo se han engendrado obras inverosímiles), pero la responsabilidad de saber dibujar se extinguirá con la especie humana. Y Perugachy es un maestro del dibujo; junto a esta destreza y su portentosa cromática, logra tratar la materia como solo lo hacen los grandes artistas, es decir, con un procedimiento propio, mediante el cual logra impactos visuales que refrunden esplendores ancestrales con los cánones modernos. Signos, grafías, simbologías de nuestras culturas madres fecundan rostros de sin par hermosura. Perugachy ha obrado el sortilegio de unimisnar nuestro ayer y nuestro presente, tensándolo hasta el mañana siempre insólito.

*Narrador y ensayista.

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Fuente: Rodríguez, Marco Antonio. “Perugachy y su andinismo”. lahora.ec. Diario LA HORA, 22 de marzo de 2015. Web. 6 de agosto de 2026. Foto © 2015 Diario LA HORA.

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