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¡Viva la huelga!

Posted on 2026-08-242026-08-24 by L. Hdez

¡VIVA LA HUELGA!
Escrito por Jaime Núñez Garcés

“Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
Y a veces lloro sin querer.”

Historia basada en un hecho real, surgido de puro chiripazo por broma y las consabidas ocurrencias juveniles. Existen ocasiones donde mi pluma también suele navegar embarcada en otro estilo, de manera un tanto informal, hasta con cierta gracia diría, para muestra… este pequeño botón.

Ocurrió mientras el año lectivo 1967-1968 seguía su curso normal, cuando Otavalo era –tiempo pasado– una ciudad totalmente diferente, de quietud franciscana, apacible, encantadora, con callecitas uniformemente empedradas, libre del tráfico y ruido asfixiantes en boga. Lar entrañable donde todos nos conocíamos, antes de que la inmigración desde Viena (bienadentro) y del resto de parroquias circundantes hiciera presencia.

Mirar perplejos las dos pantallas cinematográficas de los cines Bolívar y Apolo, constituía el mejor entretenimiento al finalizar cada semana. Ventajosamente, la fastidiosa cantaleta de interculturalidad con sus pros y contras (más contras que pros), no acababa de aterrizar y perder el año por dos insignificantes puntos, constituía una espada de Damocles, latente en tiempos de las jornadas matinal y vespertina cuando la disciplina, hoy tan resquebrajada, se implantaba con mano dura, marcando una diferencia abismal porque en estos días (según conozco), un llamado de atención puede derivar en una denuncia disparatada o antes de rendir un examen, basta con encomendarse a santa Pierina mártir, patrona de la suerte y de los hoteleros galapagueños y si de perder el año se trata, la “víctima”, tan solo tiene que hacer solicitud.

Época única y maravillosa. De Palito Ortega, Los Iracundos, Adamo, el Dúo Dinámico, Raphael, los Hermanos Arriagada entre otros, escuchábamos sus voces afinadas, del lado guapachoso, Eduardo Zurita o Juan Cavero, su conjunto y la versión de “Bartolo” nos ponían a zangolotear como trompos mientras pedaleando a pulso, los imparables ñaños Pozo: Jaime, Hipólito y Arnulfo, pregonaban durante las primeras vueltas ciclísticas al Ecuador país amazónico que, “con el Carchi no se juega”.

Los vientos veraniegos del año 67 empinaron cometas y más todavía, esparcieron las hojas volantes (de color amarillo y rosado por más señas), lanzadas desde el DC10 de la FAE, anunciando el anhelado renovar de “La fiesta más alegre en la ciudad más amable del país”, la del yamor, muy nuestra, de raigambre eminentemente mestiza, derivada de una encomiable y futurista iniciativa de Efrén Andrade Valdospinos. Hoy por hoy, cuesta abajo, tanto que su programación “mea fuera del pilche” con King boxing incluido (noveleros) e inauguraciones intrascendentes de unos cuantos metros de adoquinado o similares por alguna comunidad y otros desatinos quijotescos, donde queda reflejada la evidente pobreza de criterio.

Personal docente del Colegio Nacional Otavalo. Tiempos idos, con una ciudad apacible y encantadora como maravilloso escenario. Foto © Archivo personal, Patricio Castro Delgado.

El dictamen implementado desde la rectoría, debía ser acatado a rajatabla ¡sí señor! Transcurridos cinco minutos a partir de las horas de ingreso –8am y 2pm– el portón se cerraba y punto, impidiendo la entrada a los alumnos retrasados. Aquella sentencia escolar que pronunciada en voz alta por todo el grado condenaba: “¡atrasado cuy asado en la paila del tostado!” cuando al acusado se le permitía ingresar pasados unos minutos, en el ciclo secundario, simple y llanamente no funcionaba.

Haciendo caso omiso de tal disposición, Marcelo Bucheli, Waldo Andrade y Jaime Paltrana se toparon con la ingrata novedad, las puertas estaban cerradas. Poco a poco, fueron llegando más impuntuales, entre ellos, de otras “nacionalidades”, así, los sanpableños que casi siempre llegaban atrasados. En total, habrían sido unos veinte educandos, los cuales, empezaron a deambular por el exterior del edificio ex “Colonia Santa Rosa”. La orden fue tajante que no dio cabida a dar marcha atrás, como respuesta, el relajo y la bulla de quienes infringieron la ley de Herodes Villacís Guiassi, colgaron de sus humanidades. En su avanzada estratégica, el pelotón combativo comprobó que la retaguardia lucía descubierta y por una ventana de los servicios higiénicos ingresaron sigilosos como si se descolgaran del vientre henchido de algún caballo de Troya made in San Pablo del Lago. Ya en campo abierto, presentaron batalla, consistió en algazara y vocerío elevados a la enésima potencia, consignas repetitivas: ¡abajo los profesores! ¡abajooo! ¡ce ene o… co! Etcétera, etcétera, etcétera.

De paseo en algún rincón del oriente ecuatoriano. Marcelo Bucheli, Waldo Andrade y Jaime Paltrana integrando el grupo. Foto © Archivo particular.

De golpe y porrazo surgió el grito espontáneo, impremeditado quizás, eso sí con cierto condumio de arrocito, alverjitas y picardía, original ocurrencia del alumno Luis Marcelo Bucheli Mora ¡VIVA LA HUELGA! Y de chiste a chiste se armó el bochinche, los abajos y vivas incrementaron, alcanzando una multiplicidad sonora e inesperada. La gritería hizo que en el interior de las aulas alumnos y profesores paren la orejita, provocando satisfacción y un frotar de manos en los primeros porque el término “huelga”, equivalía a perder clases (del verbo echarse la pera). Constituyó el motivo para que los docentes entre molestos e inquietos salgan presurosos, queriendo implantar orden a esas alturas ya incontrolable. Paralizada la actividad medular de impartir en mayor, mediano o menor grado ciencia pura y conocimiento, el desbarajuste se robusteció, ni los reiterativos llamados de atención del inspector general (Vicente Larrea), lograron su cometido.

Huelguistas de antaño. Antes jóvenes y bellos, hoy, tan solo bellos y pendientes de tomar a la hora exacta el Losartán, Gemfibrocilo, la “pastilla azul”, etc. Foto © Archivo personal Patricio Proaño.

Como si hubiera sonado la campana para salir a recreo, asomó todo el estudiantado, del segundo piso bajaron en tropel los más maltoncitos y sobre esta parte de la jornada, donde no existieron ni intención, peor planificación ¡sorpresaaa!, apareció Hugo Macarthur Vaca Mosquera, presidente del consejo estudiantil quien muy agencioso se apersonó, adueñándose de este movimiento. Entabló un corto diálogo con los supuestos mentalizadores, recogiendo las piezas fundamentales para así, armar el argumento antes de dirigirse al rectorado, donde la máxima autoridad supo manifestarle que los estudiantes debían regresar a clases, pedido caído en saco roto porque el seudo dirigente, replicó que primero presentarán un pliego de peticiones.

Con una aureola de “revolucionario” en ciernes, admirador del Che Guevara y un historial de repituches de año, Vaca había llegado dos años antes, al quinto de bachillerato, estacionando su permanencia en casa de la Srta. Blanca Mosquera, su tía, educadora parvularia de grata recordación, por consiguiente, sobrino del distinguido aviador otavaleño Sixto Mosquera, fallecido trágicamente (su perfil biográfico está registrado en este enlace: https://otavalo.org/sixto-mosquera/).

Sobre la marcha, promotores, compinches y encubridores, ingresaron a un curso para redactar las demandas que los sublevados supuestamente exigían. El papel aguantó la transcripción de letra patoja además, una vez terminada, no lucía como un documento legítimo porque su aspecto real con evidentes toques de simpleza, permitía detectar una chilpe hoja, arrancada de un cuaderno (mi buen amigo Marcelo, contaba que hasta no hace mucho poseía ese expediente, digno de reposar en el Archivo Nacional de Historia del Ecuador o en el Archivo General de Indias sevillano). Sin ostentar ningún grado militar y comandando el escuadrón, Macarthur expuso el parte de lucha y la susodicha huelga quedó abiertamente declarada.

Promoción 1971. Adiós a las aulas del glorioso CNO y a la etapa más hermosa del tránsito terrenal. Foto © Archivo particular.

Una mínima porción de alumnos junto al profesorado abandonó el recinto educativo, quienes permanecieron solidarios a la causa, ocuparon a sus anchas las diversas instalaciones, verbigracia, el salón de actos, cuyo piano permitió percibir notas discordantes producidas por un irracional aporreamiento a manos libres, bárbaro e insistente. Sobre la cancha de básquet, empezaron a rodar bicicletas ATU o de otras marcas, velocípedo útil que se puso de moda a raíz del trasteo acaecido en 1965 desde el antiguo local en frecuencia FM (frente al mercado). Dejando de chupar, algunos papacitos las habrán adquirido a plazos, es decir, primero los pedales, luego la cadena, después el manubrio y así sucesivamente, para Manuel Cartagena, este útil objeto, se constituyó en su fiel, incondicional e inseparable compañera.

Recordarán que en aquella época, este instituto aparentaba estar bien distante, prácticamente en las “afueras”, razón suficiente para que a Anselmo Varela, apreciado coterráneo, se le ocurriera implementar un recorrido utilizando el bus de su propiedad para ir recogiendo a los abnegados estudiantes; pero como este vehículo era pequeño –igual al dueño– se abarrotaba en un santiamén, llegado a su destino, semejaba ser un costal de papas bien surtido. Otra alternativa de acortar la distancia, ideal para quienes vivían en el sector norte (aunque con “aromas” a fermentación por ser el único botadero de basura), era dirigirse al extremo occidental de la calle Morales, cruzar el río Tejar y así evitar la vuelta alrededor del estadio municipal alma bendita.  

Bella época de estudio, deporte y huelga. Foto © Archivo personal, Pedro Morales.

El hacer mención del atajo para llegar con más prontitud al glorioso CNO, me trajo a la memoria y en bandeja de plata, una anécdota graciosamente accidentada, susceptible de ser traída a colación, no faltaba más. Resulta que antaño, los desechos orgánicos e inorgánicos formando un todo, eran recogidos por la volqueta municipal, el repiqueteo de una campana pequeña, anunciaba a las amas de casa la aproximación del vehículo. Con seguridad, debió haber ocurrido en horas de la tarde, ya finalizado el recorrido, la reiterativa maniobra del conductor, colocó el camión-volquete de espaldas a la quebrada, puso marcha en reversa, avanzó lentamente, sin dar oído a las advertencias del ayudante.

–Hasta ahí nomás patrón ya no le des más.
–Vos ca qué sabísfsss, quitarás diai –fue su respuesta inmediata.

Y cuando jalando la palanca, levantó el cajón para descargar toda la inmundicia recolectada ¡CATAPLUM! ¡se botó con todo! Que loco. Debió ser más bien no un aparatoso volcamiento; sino una deslizada de confianza “cuesta abajo en mi rodada” como reza el tango de Gardel, amortiguada por la gran cantidad de porquería acumulada y finalizada con una volteadita final. Por suerte, no tuvo mayores consecuencias en tratándose de una víctima inmortal, salvo contusiones de menor consideración que habrían sido frotadas con salicilato, velita de cebo, manteca de oso o mentol chino que frotando alivia y para mitigar semejante espanto, un collar de tzímbalos colocado en su cuello.

Para retomar el hilo de la narración, déjenme contarles que unos ojos verdosos de algún estudiante cursando el segundo año, había derramado copiosas lágrimas, de miedo o quien sabe, quizá habrá imaginado que como represalia y desde ya, estaba o suspenso o aplazado. Casualmente, una de las personas que se quedó puertas afuera, fue la Sra. esposa del portero quien junto al personal docente y a los colegiales discrepantes, pregonaron el notición ante la ciudadanía: el principal centro educativo se declaró en huelga. La reacción de los progenitores fue inmediata, un grupo minoritario se reunió en el parque mientras la efigie de Rumiñahui permanecía indiferente al desarrollo de los acontecimientos. Medió una plática corta y casi marcando el paso se dirigieron decididos hacia el mismísimo foco de la insurrección, encabezaron este comité anti vagancia los Sres. Luis Bucheli, Hugo Andrade y Don Pedro Rueda; mas algún comedido funcionario del correo de brujas, se adelantó para advertir sobre la impulsiva intención que traía aquella reducida caravana.

Presintiendo un buen jalón de orejas con reprimenda incluida, los gestores, salieron por la misma ventana que ingresaron y por aquí es más derecho, adquirieron la condición de prófugos. Bastó un soberbio y sonoro empujón equiparable a las palabras mágicas del cuento ¡ábrete sésamo! Y el ingreso quedó tan libre como disponible ¿y la huelga? Cést fini (o sea se acabó), logrando alcanzar un record “Gines” por ser el paro con menor tiempo de duración. A diferencia de su homónimo, Macarthur no recibió ninguna medalla de honor, quedando con los churos hechos.

La razón verdadera, el motivo justificable y justificado o la causa principal, quedaron expuestos porque al tenor de los hechos suscitados, un supervisor de educación cayó en el plantel, procediendo a realizar una encuesta entre los agitadores. Quiso la divina providencia, el azar o la suerte que Marcelo Haro Bajaña (mamolechito demorándose un poquito por favor), quien cursaba el primero de bachillerato, se cruzara en el camino y al ser requerido para formularle la inevitable pregunta del porqué de su adhesión, contestó firme, con evidentes muestras de indignación y un ademán de rechazo: “El señor Carrillo me viene a decir sambito”.

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Fuente: Núñez Garcés, Jaime. Comunicación personal, 17 de agosto de 2026.

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