Wilson Pineda

Son varios los artesanos que desde hace varias décadas son parte de los comerciantes que elaboran y venden sus productos en el mercado Amazonas. Entre los hábiles artesanos encontramos a Wilson Pineda, quien tiene la habilidad para elaborar sombreros de varios tipos y de todo tamaño.

Wilson, quien es oriundo de Ilumán (Otavalo) en una entrevista con Diario EL NORTE, mencionó que es uno de los pocos artesanos que aún se dedican a este oficio y que dentro del mercado Amazonas prácticamente es el único local donde exclusivamente se venden sombreros de varios colores, diseños y tamaños.

Él teme que, con el tiempo, este oficio termine de desaparecer, ya que las nuevas generaciones han perdido el interés para dedicarse a esta llamativa labor.

El artesano local únicamente cumplió con sus estudios primarios, pero el talento que posee para elaborar sombreros es innato. Prácticamente lleva toda una vida dedicado a la fabricación de este accesorio.

El romance de Wilson con la elaboración de sombreros nació hace 46 años. Explicó que vivía en San Juan de Ilumán, en la casa de don Eduardo Esparza, su padrino y quien, según Pineda, es uno de los héroes ecuatorianos que combatió en la guerra del 41.

Fue en este lugar donde se interesó por aprender este oficio.

Tenía 10 años de edad, pero el talento lo llevaba en la sangre, ya que nació en la “tierra de los sombreros”. Son más de cuatro décadas que está vinculado con esta llamativa labor, pero no recuerda con exactitud cuántos sombreros son los que, hasta el momento, ha elaborado con sus hábiles manos.

Su trabajo lo llevó a recorrer varias naciones del continente americano y de Europa.

Wilson vivió la mayoría de su vida en Otavalo. Y, como un gran número de artesanos otavaleños, también tuvo la oportunidad de salir a ofrecer su producto fuera de las fronteras ecuatorianas. “Fue complicado por los trámites y papeles que se necesita hacer y también porque hay que buscar clientes. Sin embargo, siempre hay que luchar”, dijo el artesano otavaleño.

Como decenas de artesanos a nivel del país, él también fue afectado por la parte más dura (confinamiento) debido a la crisis producto de la emergencia sanitaria por el Covid-19. Sin embargo, con la ayuda de su esposa (Emilia Vallejos) y su hijo (Wilson Pineda Vallejos) diariamente sale a su puesto del mercado Amazonas para ofertar su producto.

Hasta el negocio del sombrerero imbabureño llegan ciudadanos de los diferentes sectores del cantón y la provincia. Por ejemplo: La Esperanza, Zuleta, San Clemente, Yuracruz, Naranjito y Angochagua.
Mencionó que personas de Otavalo, Zuleta y Yuracruz son sus principales clientes y a cada uno le gusta identificarse con un modelo diferente.

Por ejemplo, según explicó el artesano, a los habitantes de Zuleta les gusta lucir los sombreros de copa alta, sobre todo para las épocas donde se realizan los tradicionales bailes de San Juan. A los de Yuracruz, en cambio, les gusta llevar sobre su cabeza sombreros más pequeños.

Al negocio de Wilson Pineda también llega en busca de sombreros uno que otro habitante de las comunidades que forman parte del territorio ancestral: Chota, Salinas, La Concepción y Guallupe.

“La verdad, creo que he aprendido muy bien este lindo oficio de hacer sombreros. Por ese motivo, no tengo ningún problema en elaborar desde pequeños sombreros para llaveros hasta los más grandes. Espero seguir muchos años más”, mencionó este experto en elaborar sombreros.

En un momento, el talentoso artesano tuvo que traer la materia prima del exterior, ya que en el país era mucho más costosa.


Fuente: «Wilson Pineda, más de cuatro décadas elaborando los sombreros». elnorte.ec. Diario EL NORTE, 27 de febrero de 2022. Web. 28 de febrero de 2022.

Mientras tanto en Otavalo

Si como buenos ecuatorianos, han hecho turismo en la sierra norte, imagino que han disfrutado del mercado de los ponchos, en Otavalo, con su inagotable fuente de colores, diseños y creatividad; donde los comerciantes despliegan su don de gentes, espíritu arriesgado, visión, amabilidad y capacidad de negociación que también pasean por las principales capitales del mundo, llevando sus artesanías como embajadores comerciales del Ecuador, pues para ellos no existen las fronteras y sus productos están por todos los países.

Estos asombrosos otavaleños, tienen un lema que dice: “cuando el primer astronauta llegó a la luna, ya había dos otavaleños vendiendo artesanías allí”.

La historia recoge que el expresidente Galo Plaza Lasso, en 1949 llevó a Estados Unidos como embajadora cultural a Rosa Lema Cotacachi, conocida como Mama Rosa, quien abrió varias posibilidades para los indígenas viajeros. Para la década de los ochenta, la mayoría de los migrantes otavaleños se dedicaban a la venta de artesanías y a la interpretación de música andina en las calles de varios países americanos y europeos y llegaron con su música y arte hasta Japón, China y Turquía, y no pararon.

¿A qué se debe el éxito de ellos? Estudios dicen que tienen una inmensa capacidad de establecer redes sociales-comerciales y que lograron construir un gran capital social.

Hoy, en la época de la polarización y violencia, es bueno traer el caso de los otavaleños como una muestra de que no todo indígena es antisistema, anticomercio, antiglobalización, pues muchas familias de las comunidades indígenas, como estos embajadores comerciales, han mostrado que han sabido innovar, adaptarse a otras culturas y a crecer.


Fuente: Luque, Lourdes. «Mientras tanto en Otavalo». expreso.ec. 5 de febrero de 2020. Web. 19 de febrero de 2020.

Las alpargatas

El uso de las alpargatas en los pueblos indígenas no puede faltar, ya que con ellas se identifica la cultura, tradición y costumbre. El sector de la Ropa Típica es un área que forma parte del mercado 24 de Mayo, aquí los ponchos, anacos, fajas y blusas bordadas están en todos los puestos.

Variedad de bordados y alpargatas se ofertan en esta zona que en su mayoría, es visitada por la comunidad indígena del cantón, aunque según las artesanas los mestizos también llegan a comprar los trajes en temporada de diciembre, cuando son utilizados para pastor en los pases del ni-ño que organizan las unidades educativas.

María Francisca Traves, una artesana que se dedica a esta labor desde hace 40 años, es decir, desde que se casó, atiende con paciencia a su clientela que fue en busca precisamente de las alpargatas.

Ella aprendió a elaborar las alpargatas con su suegro, “le ayudábamos a mi suegro y como ya estábamos casados teníamos también que aprender a hacer las alpargatas”, dijo.

Elaboración. El proceso es preparar el modelo para luego pegar y cortar. Para María Francisca aprender es difícil porque siempre toca hacer fuerza cortando, considera que siempre se necesita de un hombre para que ayude a cortar.

A la semana normalmente solían hacer unos 70 pares pero solo de caucho. Otro material que se usa es de soga, la cual debe ser tejida. María Francisca actualmente hace 20 alpargatas a diario con la ayuda de su esposo. Sin embargo, lo que más buscan las jóvenes ahora son las que tienen el taco alto. Estas alpargatas altas son las modernas.

La artesana mencionó que algunas buscan también con talonera blanca o negra. Además, señaló que las mujeres mayores son las que llevan las tradicionales alpargatas bajas. Los precios de cada par varían, van desde los USD 2,50 hasta los 18 dólares. La artesana señaló además que elaboran las alpargatas de acuerdo a lo que el cliente guste.

María Lourdes de la Torre también se dedica a la elaboración de las alpargatas desde hace 18 años. Ella aprendió de su papá y considera que aún sigue siendo difícil y duro porque se necesita fuerza y técnica.

A la semana aseguran 300 pares de las más económicas (USD 1,50), mientras que de las de cuero salen 90. María Francisca también mencionó que no sa-be si es la suerte pero a diario vende aunque sea tres pares de 17 y 18 dólares. Sin embargo, comentó que el traje más económico cuesta 65 dólares, está conformado por una camisa, anaco, chumbi (faja) y las alpargatas que no pueden faltar.

Es decir, hay de todo precio. Francisca dice que hay camisas que cuestan hasta 110 dólares porque son cocidas a mano, mientras que el anaco, que es con piel de foca tiene un precio de 70 a 80 dólares.

En cambio, para la vestimenta de los hombres lo más caro es el sombrero conocido como barbisio, que cuesta cerca de 250 dólares.

El poncho, que también es tejido a mano tiene un valor de 300 dólares. Es decir, saldría en más de 500 dólares la vestimenta para el hombre indígena.

Un año. El 12 de enero cumplirán tres años de permanecer en esta nueva edificación del mercado. Según Francisca, la venta sí se rebajó desde que vinieron a este espacio, pero considera que aquí están casi encerrados y es poca gente la que llega.


Fuente: «Las alpargatas no pasan de moda». elnorte.ec. 2 de enero de 2020. Web. 14 de enero de 2020.

Un artesano extranjero

Jonathan Jamieson, originario de Canada, llegó a Ecuador hace 4 años y medio e inmediatamente se enamoró del país. En Otavalo instaló su taller. Con cuero elaboró mochilas, billeteras y otros artículos. El mutó al diseño y producción de muebles de madera y cuero a pequeña escala, que fue creciendo hasta convertirse en fuente de empleo para más de siete familias de artesanos. El amor por la creación es el motor principal de trabajo, que dan vida a colecciones como Msela, un proyecto ecológico que cuida desde el origen de la materia (la madera cuenta con permisos de tala y comercialización), hasta el acabado estético.

FOTO © Santiago Fernández LA HORA

Fuente: Fernández, Santiago. «Un ‘gringo artesano’ en Otavalo». lahora.com.ec. 8 de febrero de 2019. Web. 3 de diciembre de 2019.

El Museo Viviente Otavalango

Otavalo es uno de los cantones más representativos en la elaboración de artesanías, reconocido a nivel mundial por su cultura ancestral viviente. Tiene variedad de atractivos naturales y manifestaciones culturales como vestimenta, idioma, tradiciones y gastronomía que son muy apreciados por turistas nacionales y extranjeros, según Diario El Tiempo.

Un potencial epicentro cultural es el ‘Museo Viviente Otavalango’ fundado en el 2011 en la antigua fábrica San Pedro que data del año 1821 y declarado patrimonio tangible e intangible por el Instituto de Patrimonio y Cultura.

En 1821 se lo conocía como la Hacienda Quinta de San Pedro. Desde 1858 fue ocupada por la antigua fábrica San Pedro, donde cientos de obreros se dedicaban a la elaboración de cobijas.

Tradiciones. En este lugar se vuelve al pasado. Se puede apreciar la elaboración de tejidos en telares artesanales y representaciones de las costumbres propias del pueblo indígena, con personajes en vivo conservando parte de su cultura. Se han acoplado piezas nativas que hablan de los antepasados.

Se han recreado sitios como el Obraje, La Casa Cruz, La Casa del Patrón o La Casa de las Artes, donde se encuentra instalada una sala de baile, canto y de exposición, un sitio en el que se puede encontrar a niños y jóvenes.

Las exposiciones incluyen demostraciones de matrimonios indígenas, fiestas y vivencias, la práctica de la agricultura según el ciclo de la luna, medicina ancestral con el Yachak y el ciclo de la vida y de la muerte según las costumbres kichwas.


Fuente: Rea, José María. «Arte, música y tradición en el Museo Otavalango». elnorte.ec. 16 de octubre de 2019. Web. 22 de noviembre de 2019.

Historia de las artesanías en Otavalo

Antes de la invasión española los indígenas tuvieron sus propias formas de producción artesanal; elaboraban productos especialmente diseñados para su vestuario; la práctica comercial se basaba en el trueque. Con la conquista llegaron los españoles ávidos de riquezas y tesoros; montaron los grandes obrajes y sometieron a los indios al esclavismo; explotaron la mano de obra y sus habilidades en agotadoras jornadas de trabajo, en la producción de telas muy codiciadas en el viejo continente.

Las experiencias adquiridas en los obrajes fueron transmitidas por generaciones y fusionadas con los conocimientos de procesos artesanales ancestrales. Esto posibilitó producir diversas artesanías con grandes alternativas de comercialización y, consecuentemente, la reivindicación de la atadura española.

A inicios de 1900 algunos indígenas de las comunidades de Agato, Quinchuquí, Peguche y otras realizaron los primeros viajes a ciudades como Quito, Latacunga y otras, para vender sus productos. Estos viajes, que duraban dos o tres días, lo hacían a pie, por los senderos o chaquiñanes.

Aunque las utilidades que generaba la comercialización eran mínimas, algo muy importante se lograba: promocionar los productos manufacturados y la apertura de mercados en otras ciudades del país.

Los productos artesanales tuvieron gran acogida en las ciudades del sur del país, lo cual despertó el interés de los pobladores de algunas provincias como: Cotopaxi, Tungurahua y Chimborazo. Poco a poco llegaron a Otavalo comerciantes de Saquisilí, Guano, Guamote y de otras ciudades en busca de los productos artesanales. El espacio que hoy ocupa el inmueble de la Sociedad Artística fue el primer sitio de exhibición, donde aproximadamente una docena de artesanos provenientes: de Carabuela, Ilumán y de otras comunidades anteriormente nombradas desarrollaron el comercio de artesanías.

Luego de un corto período, el «pequeño mercado» fue trasladado al actual parque «González Suárez», donde funcionó con un mayor número de expositores que ofrecían: cobijas, lienzo, bayetas, casimires, chales, chalinas, ponchos, sombreros, etc.

Para fines de 1940 el comercio de las artesanías constituía una actividad importante, con grandes perspectivas, lo que obligó a la reubicación final, en 1950, en la parte sur de la actual Plaza Centenario o también conocida como Plaza de Ponchos. La construcción de la infraestructura, en 1972, permitió mejorar la imagen del mercado y el comercio artesanal.


Fuente: Maldonado, Segundo. «Historia y realidad comercial de las artesanías de Otavalo»lahora.com.ec. 31 de agosto de 2018. Web. 28 de enero de 2020.